Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.
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Capítulo 15 — El pacto de Elena
Elena no respondió. Permaneció frente a Valeria con el rostro cubierto de lágrimas, mientras el silencio de la casa se hacía cada vez más pesado. Vera miraba a su madre sin comprender. Samuel mantenía el arma levantada, esperando una explicación. La hermana mayor observaba a Elena con una expresión de decepción que parecía esconder muchos años de dolor.
—Dilo.
La voz de Valeria tembló.
—Dime que estoy equivocada.
Elena cerró los ojos.
—No lo estás.
Vera soltó la mano de Valeria.
—Mamá...
—Lo siento.
—¿Tú hiciste el pacto?
Elena negó lentamente.
—No fui yo quien lo comenzó.
—Pero dijiste que sí.
—Yo lo continué.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Elena respiró profundamente.
—Porque quería salvarlas.
La hermana mayor soltó una risa amarga.
—Siempre dices lo mismo.
Elena la miró.
—No tienes derecho a juzgarme.
—¿No?
La mujer avanzó.
—Tú aceptaste entregar una de tus hijas para recuperar a la otra.
Valeria sintió que el pecho se le oprimía.
—¿Qué significa eso?
Elena bajó la mirada.
—Cuando nacieron, los médicos dijeron que una de ustedes no sobreviviría.
Vera palideció.
—¿Quién?
—Tú.
—¿Yo?
Elena asintió.
—Vera nació muy débil. Gabriel estaba desesperado. Isabel apareció aquella noche y nos ofreció una solución.
Valeria miró a la hermana mayor.
—¿Isabel podía salvarla?
—Eso nos hizo creer.
Elena continuó:
—Dijo que la casa podía conservar la vida de Vera si entregábamos algo a cambio.
—¿Qué?
—Un recuerdo.
Valeria frunció el ceño.
—Eso no parece suficiente para un pacto.
Elena comenzó a llorar.
—No lo era.
Samuel bajó lentamente el arma.
—¿Qué entregaron?
Elena lo miró.
—A Valeria.
Valeria quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Isabel dijo que necesitaba la memoria de una niña para mantener viva a la otra.
—¿Y aceptaste?
—No sabía que significaba entregarte a la casa.
—Pero lo hiciste.
—Era una recién nacida. Yo estaba aterrada. Pensé que te salvaría.
La hermana mayor negó con la cabeza.
—Y cuando descubriste la verdad, ya era demasiado tarde.
Elena se acercó a Valeria.
—Intenté recuperarte.
—¿Cuántas veces?
—Tres.
—¿Y qué ocurrió?
—La casa siempre me devolvía a otra niña.
Valeria recordó el rostro de la mujer que había visto en el espejo.
—La copia.
Elena asintió.
—Cada vez que intentaba sacarte, la casa creaba una nueva versión.
Vera comenzó a llorar.
—Entonces ¿la niña que creí que era Valeria...?
—No era tu hermana.
—¿Quién era?
Elena miró hacia el pasadizo.
—Una de las copias.
Valeria sintió una punzada de dolor.
—¿Y yo?
La hermana mayor respondió:
—Tú permaneciste aquí.
Valeria miró a Elena.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Veinticinco años.
El silencio fue brutal.
Valeria negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
—La casa no funciona como el mundo exterior.
—Yo tengo veintisiete años.
—Porque tu cuerpo dejó de envejecer aquí.
Valeria miró sus manos.
Todo su cuerpo comenzó a temblar.
—Entonces ¿cuánto tiempo llevo aquí?
La hermana mayor respondió:
—Desde aquella noche.
Valeria sintió que no podía respirar.
—Pero yo recuerdo haber vivido fuera.
—La casa te dio recuerdos.
—¿Todos falsos?
—No todos.
—¿Cuáles son reales?
La mujer señaló a Vera.
—Ella.
Vera lloró.
—¿Yo?
—Ella fue el único recuerdo que la casa no pudo borrar completamente.
Valeria se acercó y abrazó a Vera.
—Por eso siempre sentí que te conocía.
Vera asintió entre lágrimas.
—Yo también.
Un fuerte golpe sacudió el túnel.
Samuel miró hacia atrás.
—Tenemos que movernos.
Elena levantó la cabeza.
—Ya viene.
—¿Quién?
—La casa.
Las paredes comenzaron a agrietarse. Una oscuridad espesa avanzó por el corredor como humo.
La hermana mayor tomó la mano de Valeria.
—Ahora debes decidir.
—¿Qué decisión?
—Puedes salir.
Valeria miró a Vera.
—¿Y ella?
—También.
—¿Y tú?
La mujer negó.
—Yo pertenezco a este lugar.
Valeria apretó su mano.
—No.
—No puedes llevarme contigo.
—Entonces encontraremos una manera.
La mujer sonrió.
—Siempre fuiste así.
—¿Así cómo?
—Incapaz de abandonar a alguien.
Una lágrima recorrió su rostro.
—Por eso aquella noche te quedaste.
La oscuridad se acercó.
Samuel gritó:
—¡Ahora!
Valeria tomó a Vera y corrieron hacia la salida. Elena fue detrás de ellas. La hermana mayor permaneció unos segundos atrás, observando cómo la oscuridad se acercaba.
Valeria se volvió.
—¡Ven!
La mujer negó.
—Corre.
—¡No voy a dejarte!
—Ya me dejaste una vez.
Valeria sintió un golpe en el pecho.
—No sabía quién eras.
—Ahora lo sabes.
La oscuridad llegó hasta los pies de la mujer.
Ella sonrió.
—Eso es suficiente.
Valeria quiso regresar, pero Samuel la sujetó.
—¡No puedes!
—¡Suéltame!
La puerta comenzó a cerrarse.
La hermana mayor levantó la mano.
—Valeria.
—¡Sí!
—Cuando salgas, no confíes en tu madre.
Valeria miró a Elena.
—¿Por qué?
La mujer respondió:
—Porque ella no te contó la última parte.
La puerta se cerró.
Valeria quedó inmóvil.
—¿Qué última parte?
Elena comenzó a llorar.
—No quería que lo supieras así.
—¿Qué hiciste después del pacto?
Elena no respondió.
—¡Mamá!
Vera se apartó de ella.
—Díselo.
Elena miró a ambas.
—Después de que la casa tomó a Valeria... yo hice otro pacto.
Samuel palideció.
—Elena...
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Con quién?
Elena levantó la mirada.
—Con Isabel.
—¿Para qué?
—Para recuperar a mi hija.
—¿Y qué entregaste?
Elena comenzó a llorar.
—Mi propia vida.
Valeria frunció el ceño.
—Pero estás viva.
Elena sonrió con tristeza.
—No.
La luz de la linterna iluminó su rostro.
Por primera vez, Valeria notó que las venas de su madre eran completamente negras.
Vera gritó.
Elena cayó de rodillas.
—Yo morí hace veinte años.
Valeria retrocedió.
—Entonces...
Una voz surgió desde el interior de la casa.
La voz de Isabel.
—Ahora ya conocen toda la verdad.
Elena levantó la cabeza.
—No.
La puerta detrás de ellos comenzó a abrirse nuevamente.
Pero esta vez no apareció la hermana mayor.
Apareció Isabel.
Y en sus manos llevaba una fotografía reciente.
Valeria la miró.
Era una imagen tomada fuera de la mansión.
En ella aparecía Gabriel.
Vivo.
Y junto a él había una mujer.
La mujer tenía exactamente el rostro de Valeria.