Tras descubrir la infidelidad de su pareja, Ariana decide cumplir su sueño de ser madre soltera mediante inseminación artificial. Su única regla: nada de donantes Alfas. Sin embargo, un error en la clínica la vincula de por vida con Alexander Blackwood, el Alfa más poderoso y temido del país.
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Capítulo 11
El despacho de Alexander parecía haberse quedado sin oxígeno. Ariana sentía el peso de la mano del Alfa sobre su vientre, una presión que no solo reclamaba al cachorro, sino que parecía marcar su propia piel con un fuego invisible. Él la observaba con una mezcla de ferocidad y una curiosidad oscura, como si estuviera tratando de descifrar cómo una simple humana había terminado cargando con el destino de su linaje.
—No puedes dejarme aquí como a un objeto —susurró Ariana, con la voz quebrada pero cargada de una resistencia desesperada—. Esto fue un accidente de la clínica, no una invitación a que seas el dueño de mi vida.
Alexander soltó su barbilla, pero no se alejó. Su presencia seguía siendo un muro infranqueable.
—En el momento en que mi sangre fue transferida a ti, dejaste de ser una extraña para convertirte en una responsabilidad de la manada —sentenció él, su voz recuperando esa frialdad gélida que tanto aterraba a sus enemigos—. Mi cachorro no nacerá en un hospital público ni crecerá huyendo de mi sombra. Nacerá aquí, bajo mi protección y mis reglas.
—¿Y qué pasa conmigo? —preguntó ella, limpiándose las lágrimas con rabia—. ¿Soy solo el envase de tu heredero?
Alexander la miró fijamente, y por un segundo, el dorado de sus ojos flaqueó, dejando ver una sombra de algo humano, o quizás algo mucho más antiguo y posesivo.
—Eres la mujer que lleva lo que yo más valoro. Eso te hace intocable para el resto del mundo, pero totalmente dependiente de mí. Mañana, Martha te trasladará a una suite más amplia, cerca de la mía. Se acabó el uniforme de niñera. A partir de ahora, te alimentarás, descansarás y vivirás bajo el protocolo de la Luna, aunque no lleves el título.
—¿El protocolo de la Luna? —Ariana retrocedió un paso, horrorizada—. Ethan me dijo que ella se fue porque no pudo con este peso. ¿Quieres hacerme lo mismo a mí?
—Ella se fue porque era débil —gruñó Alexander, y el aura de poder a su alrededor se agitó de forma violenta—. Tú, en cambio, has tenido la audacia de entrar en mi casa y ocultarme la verdad en mi propia cara. Eso no es debilidad, Ariana. Es una valentía suicida que, de alguna manera, mi lobo respeta.
Se dio la vuelta, regresando a su escritorio, cortando la conexión física pero manteniendo la tensión psicológica en el aire.
—Vete a tu habitación. Martha te llevará la cena. No intentes salir de la mansión; los guardias tienen órdenes de no dejarte pasar de los jardines interiores. Y Ariana... —la llamó antes de que ella tocara el pomo de la puerta.
Ella se detuvo, sin girarse.
—No pienses ni por un segundo en volver a contactar con esa clínica. Yo me encargaré de que la Dra. Miller guarde silencio permanentemente. A partir de hoy, tu pasado ha muerto. Solo existes tú, el cachorro y lo que yo decida hacer con ambos.
Ariana salió del despacho sintiendo que el aire del pasillo estaba congelado. Caminó hacia su habitación, pero al pasar por el cuarto de Ethan, vio que la puerta estaba entreabierta. El niño estaba sentado en su cama, abrazando sus rodillas, observándola con esos ojos que ahora ella sabía que compartían el mismo código genético que el ser que crecía en su interior.
—Lo sabe, ¿verdad? —preguntó el niño en un susurro.
Ariana se detuvo, apoyándose en el marco de la puerta. No podía mentirle, no ahora que el lazo de sangre era una realidad física que los unía a los tres.
—Lo sabe, Ethan —respondió ella con tristeza.
—Papá da miedo cuando encuentra algo que ha perdido —dijo el niño, volviendo a mirar hacia la ventana—. Pero no llores, Ariana. Si te quedas, yo te protegeré de él.
Esa noche, Ariana no durmió. Se quedó sentada frente a la ventana, observando la luna llena. Sabía que la mansión ya no era su lugar de trabajo, sino su prisión de seda. Estaba atrapada entre un Alfa que la reclamaba por instinto y un niño que buscaba en ella el consuelo que su madre le había negado. Y en medio de todo, su secreto más profundo ya no le pertenecía: era la semilla de una guerra que apenas comenzaba a gestarse en las sombras del bosque Blackwood.