El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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Tus ojos en mi
Evan suspiró profundamente.
Ya no tenía sentido seguir aferrándose a algo que había terminado.
—Está bien... —aceptó finalmente.
Su amigo sonrió, aliviado.
—¡Vamos, anímate! Llevas días llorando. Tienes que seguir adelante. Félix ya se casó con alguien más.
Evan tomó la almohada del sofá y se la lanzó directamente a la cara.
—¡Cállate!
Y, como si aquellas palabras hubieran abierto nuevamente la herida, rompió a llorar.
Su amigo se quedó mirándolo, desesperado.
—¡Carajo! ¡Deja de llorar!
Evan se quedó completamente quieto.
Parpadeó un par de veces y se limpió las lágrimas.
—¿Ya?
—Sí.
—Así me gusta. Ahora levántate y vamos a salir.
Evan soltó un suspiro, pero terminó obedeciendo.
Se duchó, se cambió de ropa y, poco después, ambos salieron rumbo a un bar.
Las luces del local iluminaban tenuemente las mesas mientras la música llenaba el ambiente.
Evan bebía en silencio.
De vez en cuando sacaba el teléfono y volvía a mirar las fotografías de la boda de Félix.
Una y otra vez.
Su amigo intentó quitarle el teléfono.
—Ya basta. Deja de torturarte.
—Solo estoy mirando.
—Llevas veinte minutos mirando la misma fotografía.
Evan bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.
Entonces un hombre se acercó.
—¿Quieres bailar?
—No.
Otro intentó invitarlo a beber.
—No, gracias.
Uno más se inclinó junto a él.
—¿Estás solo?
—No.
Evan rechazaba a todos con una sonrisa educada.
No tenía interés en nadie.
Sin embargo, ninguno de los presentes parecía notar que, desde una zona privada del bar, alguien llevaba varios minutos observándolo.
Un hombre sentado tranquilamente en uno de los sofás más alejados mantenía la mirada fija sobre Evan.
Caius Alfa dominante
Su expresión era imposible de descifrar.
Su amigo se inclinó hacia él.
—Oye...
—¿Qué?
—Escuché que en este bar suelen reunirse mafiosos.
Evan levantó una ceja.
—¿Mafiosos?
—Sí. Así que ten cuidado, ¿de acuerdo?
Evan asintió.
—No te preocupes.
Aunque no lo sabía, la advertencia de su amigo no era ninguna exageración.
Aquel lugar era frecuentado por personas relacionadas con el bajo mundo.
Y, entre todas ellas, había una cuyo nombre bastaba para hacer que cualquiera guardara silencio.
Caius.
Evan tomó otro trago.
Después otro.
Y otro más.
El alcohol comenzó a calentarle el cuerpo y a nublarle ligeramente los pensamientos.
Quizás aquella era la única manera de dejar de pensar en Félix.
Después de un rato, se levantó de su asiento.
—Voy al baño.
—No tardes.
Evan caminó entre las mesas.
Pero antes de llegar al pasillo, un joven que se giró apresuradamente terminó chocando con él.
La bebida que llevaba en la mano cayó directamente sobre la ropa de Evan.
El sonido del vaso contra el suelo hizo que la música pareciera desaparecer.
El club entero quedó en silencio.
Varias personas miraron hacia ellos.
El joven palideció.
Sabía perfectamente dónde estaba.
Y sabía quién estaba observando desde la zona privada.
—Lo siento —dijo rápidamente—. Fue un accidente.
Evan miró la mancha en su ropa.
Después levantó la vista.
Y, para sorpresa de todos, sonrió.
Una sonrisa dulce y cautivadora.
—Está bien. No te preocupes. Fue un accidente.
El joven se quedó inmóvil.
Y desde la zona privada, los ojos de Caius se entrecerraron.
Por primera vez aquella noche, algo había conseguido llamar realmente su atención.