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Me casé con el padre de la amante de mi esposo

Me casé con el padre de la amante de mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Casada con el millonario / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:298.4k
Nilai: 4.5
nombre de autor: Vivi

Camila Sandoval lo dio todo por su matrimonio, hasta que encontró a Mauricio con Valeria Beltrán en su propia cama. Él esperaba lágrimas y otra oportunidad. Camila le entregó los papeles del divorcio, reclamó lo que le correspondía y se marchó sin mirar atrás.
Poco después, Gabriel Beltrán, el padre de Valeria, apareció para disculparse. Era mayor que Camila, poderoso y peligrosamente atento. Lo que comenzó como una disculpa pronto se convirtió en una atracción imposible de ocultar.
Su relación desató un escándalo. Si Camila se casaba con Gabriel, la amante de su ex se convertiría en su hijastra y el hombre que la traicionó terminaría siendo su yerno.
Pero Gabriel ocultaba algo más inquietante: no se había enamorado de Camila después del divorcio. Llevaba años observándola y esperando que fuera libre.
Camila creyó que lo había elegido. Tal vez Gabriel la había elegido mucho antes.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

El Maybach negro entró despacio al estacionamiento subterráneo de Residencial Los Encinos.

El chofer bajó, rodeó el vehículo y abrió la puerta trasera.

Camila salió primero.

Gabriel descendió detrás de ella.

Camila se detuvo, desconcertada. Él había insistido en llevarla hasta su casa, pero ¿por qué bajaba también? ¿Acaso tenía otra propiedad en el residencial?

—Camila, hoy te llevé a la subasta. ¿Ni siquiera vas a invitarme a subir a tomar un café?

La voz de Gabriel fue serena.

Camila sintió cierta incomodidad.

Era muy tarde para que un hombre quisiera subir a tomar café.

Estuvo a punto de negarse, pero recordó los aretes de esmeraldas que él le había regalado. Después de aceptar un obsequio así, echarlo de la puerta le pareció demasiado descortés.

Asintió.

Caminaron juntos hacia el elevador.

Camila lo miró de lado y sus labios se curvaron ligeramente.

—¿Estás cansado?

—No.

La voz de Gabriel se volvió muy suave.

—Tú estuviste mucho tiempo de pie. ¿Te duelen los pies?

—No demasiado.

Camila bajó la mirada hacia sus tacones.

Las puertas se abrieron y ambos entraron.

En la cabina solo se escuchaba el zumbido discreto del mecanismo. Camila se apoyó contra la pared y contempló el piso, absorta en sus pensamientos.

—¿Qué pasa? —preguntó Gabriel.

Ella levantó la vista.

—En la subasta sentí que alguien nos observaba.

—Sí. Una amiga de Valeria estaba ahí.

El rostro de Gabriel no cambió.

Camila se quedó inmóvil y después sonrió con amargura.

—Entonces seguramente nos vio.

—No importa. Tarde o temprano Valeria sabrá que eres mi asistente personal.

—¿No te preocupa que haga un escándalo?

El elevador anunció la llegada al último piso.

Cuando las puertas se abrieron, Camila buscó las llaves mientras lo escuchaba:

—Consentí demasiado a Valeria desde que era niña. Cree que el mundo entero debe girar a su alrededor. Ahora está con Mauricio y ese hombre no tiene buenas intenciones. Puedo verlo.

Camila abrió y se apartó para dejarlo pasar.

Gabriel entró y recorrió la estancia con la mirada.

—No le entregué esta casa porque quería saber cuánto tiempo sería capaz de fingir Mauricio.

Se quitó el saco.

Durante los años de matrimonio, Mauricio llegaba a casa, se despojaba del suyo y se lo extendía a Camila para que ella lo colgara.

Al ver el gesto de Gabriel, Camila tomó la prenda con la misma naturalidad y la puso en el perchero.

—Si un hombre fue capaz de calcular cada centavo para perjudicar a su exesposa, ¿qué tan sincero crees que pueda ser con Valeria?

Gabriel observó el movimiento de Camila.

Una sonrisa leve tocó sus labios y sus ojos se llenaron de una ternura imposible de ocultar.

Camila se preguntó por qué había actuado con tanta naturalidad.

Parecía que Gabriel fuera su esposo.

Sus dedos se cerraron alrededor de la tela.

Como ya lo había hecho, se obligó a conservar la calma y fingir que no significaba nada.

Fue hasta el sofá, se sentó y cruzó las manos sobre las rodillas.

Gabriel no tomó asiento de inmediato.

Permaneció en el centro de la sala y examinó cada detalle sin prisa.

—¿Vives sola?

—Sí.

Los dedos de Camila golpearon suavemente su rodilla.

—Desde el divorcio.

Gabriel se volvió hacia ella.

La luz amarilla y cálida suavizaba su silueta.

Su mirada recorrió el rostro de Camila, bajó por el cuello y terminó en sus tobillos. Ella aún llevaba puestos los tacones. La forma estrecha del calzado hacía que sus piernas parecieran todavía más largas.

—Quítate los zapatos —dijo él con la voz un poco más grave—. ¿No te duelen los pies?

Camila apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Gabriel se acercó y se arrodilló frente a ella.

Todo su cuerpo se tensó.

Él sujetó el talón del zapato derecho y lo deslizó con delicadeza. Después hizo lo mismo con el izquierdo.

Los pies desnudos de Camila tocaron la alfombra.

Los dedos se le encogieron por reflejo. El roce de Gabriel contra su piel le provocó un escalofrío ligero.

—Señor Beltrán…

La voz se le tensó.

Gabriel se levantó y la contempló desde arriba.

—Fuera del trabajo no me llames señor Beltrán.

La comisura de sus labios se elevó.

—Hace un momento tomaste mi saco como si fuera lo más natural del mundo. ¿Por qué vuelves a tratarme como a un extraño?

El rostro de Camila ardió.

Bajó los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.

Intentó moverse para crear cierta distancia, pero Gabriel estaba frente a ella, con las rodillas casi pegadas a las suyas. No tenía adónde ir.

—Voy a prepararte el café.

Quiso levantarse.

Gabriel le puso una mano en el hombro.

No usó demasiada fuerza, pero bastó para hacerla caer otra vez sobre el sofá.

Se sentó a su lado y apoyó un brazo en el respaldo, detrás de ella, como si la rodeara a medias.

Su aroma la envolvió.

Camila se apartó unos centímetros y chocó con el brazo del sofá.

Ya no podía retroceder.

—¿Me tienes miedo? —preguntó Gabriel.

Ella negó con la cabeza.

Mantuvo las pestañas bajas y la mirada fija en sus manos entrelazadas.

Sentía los ojos de Gabriel sobre su perfil. No quemaban; eran una capa tenue de calor que la hacía perder el control de su propio cuerpo.

—Entonces, ¿por qué no me miras?

Camila levantó la cabeza.

Gabriel tenía cuarenta y cinco años. Las líneas finas en las comisuras de sus ojos no reducían la dureza serena de sus facciones. Al contrario, le daban el peso de todo lo que había vivido.

—No estoy evitando mirarte —dijo ella, esforzándose por sonar tranquila—. Voy a prepararte el café.

Cuando intentó levantarse de nuevo, Gabriel la tomó de la muñeca.

Su pulgar rozó la piel con lentitud.

La nuez de su garganta subió y bajó.

—Si tomo café a esta hora, no podré dormir.

El corazón de Camila golpeaba con violencia.

Quiso retirar la mano, pero descubrió que los dedos le temblaban.

No era miedo.

Era una emoción que ni siquiera quería confesarse a sí misma.

—Entonces… ¿qué quieres tomar?

Su voz fue apenas un murmullo.

Gabriel no contestó.

Sostuvo su mirada. Después recorrió sus cejas, el puente de su nariz y se detuvo en sus labios.

—Camila.

La voz le salió ronca.

—¿Sí?

—¿Te gustaron los aretes?

—Sí. Pero son demasiado caros.

—No.

Gabriel la interrumpió.

Deslizó los dedos desde el lóbulo de su oreja hasta la mandíbula y le levantó el rostro para obligarla a mirarlo.

—Para ti, ninguna joya es demasiado cara. Las esmeraldas son hermosas, pero no se comparan contigo.

En sus veintiocho años, Camila había escuchado muchos elogios.

Ninguno la hizo arder de las orejas al pecho como aquellas palabras.

Quiso decir algo que rompiera la atmósfera peligrosa que se acumulaba entre ellos, pero todas las fórmulas corteses y las respuestas evasivas dejaron de servirle.

Su respiración se aceleró.

Bajo aquella luz cálida, las facciones de Gabriel parecían todavía más profundas. En sus ojos, siempre tranquilos, se agitaba algo que Camila comprendía demasiado bien.

No era una adolescente ingenua.

Había estado casada y sabía lo que significaba que un hombre mirara así a una mujer.

Pensó en empujarlo con fuerza.

Su cuerpo no obedeció.

Ni siquiera ella sabía si el vino de la subasta le había nublado la cabeza o si existía otro motivo, uno mucho más profundo, que aún no se atrevía a reconocer.

Desde los tobillos hasta las orejas, desde las puntas de los dedos hasta el cabello, cada lugar que Gabriel había tocado ardía.

Después del divorcio, Camila creyó haber superado la edad en la que una mirada o un roce podían trastornarla.

Gabriel necesitó unos minutos para demostrarle lo equivocada que estaba.

—Gabriel…

Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

Su voz salió ligera y suave, como una pluma al pasar junto al oído.

Los ojos de él se oscurecieron.

—¿Qué quieres de mí?

En cuanto hizo la pregunta, Camila vio cómo cambiaba su mirada.

La calma se agrietó y dejó escapar el deseo ardiente que escondía debajo.

Todo su cuerpo se puso rígido.

—¿Qué quiero?

Gabriel repitió la pregunta en voz baja y se inclinó.

Camila vio su rostro acercarse poco a poco. Sintió el aliento tibio, con un rastro de menta, rozándole los labios.

Camila cerró los ojos por instinto.

El beso llegó con una ternura casi contenida.

Gabriel atrapó primero su labio inferior y luego profundizó despacio.

Camila se aferró sin darse cuenta a la parte delantera de su camisa. Sus nudillos palidecieron por la fuerza.

Él apoyó una mano en su nuca y hundió los dedos entre su cabello.

Tiró apenas, atrayéndola para que recibiera un beso cada vez más intenso.

Su lengua separó los labios de Camila y buscó la suya con una decisión que ya no aceptaba evasivas.

Ella sintió que le arrancaba el alma.

Su cuerpo perdió la fuerza y se hundió en el sofá.

—Mmm…

El gemido escapó antes de que pudiera contenerlo.

Camila se mordió el labio. Tenía el rostro tan encendido que parecía arder.

—No quería subir por el café —murmuró Gabriel—. Quería pasar más tiempo a tu lado.

La respiración de Camila perdió el ritmo.

—Quería verte con esos aretes, pero no porque las esmeraldas sean hermosas.

Hizo una pausa.

Su mirada cayó con todo su peso sobre los labios temblorosos de ella.

—Quería mirarte a ti.

—Tú…

Otro beso se tragó el resto de la frase.

Cuando Gabriel volvió a besarla, Camila dejó de pensar.

Apoyó las manos contra su pecho con la intención de apartarlo, pero no encontró fuerza.

—No me empujes —susurró él junto a su boca—. No vas a poder.

Los dedos de Camila apretaron la tela de su camisa.

Debía negarse.

Por una razón que no lograba comprender, no lo hizo.

Esta vez el beso fue demasiado tierno.

Le recordó las noches que soportó sola. Los días de lluvia en que nadie sostuvo un paraguas para ella. Cada humillación y cada herida de su matrimonio fallido.

Por una vez quiso abandonar el control y limitarse a sentir que alguien la besaba como si fuera valiosa.

Gabriel notó que la mano apoyada contra su pecho dejaba de resistirse y se aferraba a él.

Profundizó el beso y la llevó poco a poco hacia la red que había tejido.

Camila no supo cuándo terminó recostada sobre los cojines.

Al darse cuenta, Gabriel estaba encima de ella, apoyado con los brazos a ambos lados de su cuerpo, encerrándola bajo su sombra.

Los labios de él abandonaron su boca y llegaron a su oreja. Recorrieron la línea de la mandíbula y bajaron hasta el cuello.

Sus dientes rozaron con suavidad la piel sobre la clavícula y dejaron una marca tenue.

—No… espera…

Un gemido volvió a escapar de Camila.

Se mordió el labio. Sus mejillas estaban completamente rojas.

Gabriel se detuvo.

Ella tenía los ojos húmedos, los labios hinchados por los besos y el cabello esparcido sobre los hombros. Parecía una rosa empapada por la lluvia, desordenada y deslumbrante.

La garganta de Gabriel se movió.

—¿Estás llorando?

Rozó con el pulgar el rabillo de su ojo.

Camila desvió el rostro para evitarlo.

—No.

Gabriel rio por lo bajo.

En aquella risa había ternura y un deseo contenido durante demasiado tiempo.

Besó la humedad junto a su ojo. Después la punta de su nariz y la comisura de los labios.

Camila cerró los ojos, todavía temblorosa.

Gabriel le sostuvo la nuca y masajeó la piel delicada con el pulgar. Le levantó un poco el rostro.

El siguiente beso fue más profundo.

Su lengua abrió paso entre los labios de Camila y entró sin vacilaciones.

Ella se oyó lanzar un gemido pequeño y quiso esconderse de la vergüenza.

Pero Gabriel besaba demasiado bien.

No le dejó espacio para pensar en nada más.

Las manos de Camila subieron por su pecho, llegaron a los hombros y terminaron rodeándole el cuello.

Cuando Gabriel sintió la respuesta, su respiración se hizo más pesada.

Le pasó el otro brazo alrededor de la cintura y la sacó del rincón del sofá.

Camila terminó sentada sobre sus piernas.

La postura la dejó sin control y le permitió percibir con mucha más claridad cada cambio en el cuerpo de él: el pecho firme, los brazos tensos y el calor que atravesaba la camisa.

—Gabriel…

Su voz salió rota y suave.

—Aquí estoy.

Él deslizó la boca por su mandíbula y siguió bajando.

—¿No estamos… avanzando demasiado rápido?

La voz de Camila tembló.

Gabriel la miró.

Una emoción oscura se agitaba en sus ojos.

La nuez de su garganta se movió varias veces mientras acariciaba los labios hinchados de ella.

—No.

La besó otra vez.

El beso cayó exactamente sobre su boca y le vació la mente antes de comenzar a descender.

Camila echó la cabeza hacia atrás y hundió los dedos en el cabello negro de Gabriel.

Cuando él llegó a su clavícula, un estremecimiento eléctrico le recorrió el cuerpo.

—Estás temblando mucho.

Gabriel se detuvo. Su voz era ronca.

Camila abrió los ojos y encontró la mirada profunda de él.

En sus pupilas se reflejaba una mujer con las mejillas rojas, los labios inflamados y los ojos nublados por el deseo.

—Tú empezaste —murmuró sin ninguna seguridad—. Yo… llevaba demasiado tiempo…

Gabriel contempló su esfuerzo inútil por mantenerse firme y su mirada se oscureció.

La abrazó con más fuerza.

—Sí. Yo empecé. Por eso ya no vas a escapar de mí.

Camila consiguió apartarlo y volvió a sentarse a su lado.

Apenas se acomodó, los brazos de Gabriel la rodearon como enredaderas y la arrastraron contra su pecho, como si temiera que huyera.

—¿Qué somos ahora? —preguntó ella en voz baja.

Gabriel la soltó de pronto y se puso de pie.

Camila lo miró, desconcertada.

Él alisó la camisa que ella había arrugado y acomodó con cuidado los puños.

Después se arrodilló frente a ella.

Tomó la mano de Camila y depositó un beso suave en el dorso, como si sostuviera el tesoro más valioso del mundo.

—Camila, me gustas. ¿Quieres ser mi novia?

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Miryam Garcia
Mi opinión...
una mente muy débil, es muy fuerte perder un hijo lo digo desde la experiencia, pero ahí muchas formas de salir adelante, tu decides cual tomas, nadie hobliga a nadie a nada, ella eligió el camino fácil, por su orgullo, pensó q siempre sin importar lo q hiciera ni la edad q se tuviera su papá debía estar ahí y no es así ella es adulta, viajo, conoció los 2 lados de la moneda y eligió.... Tu no puedes humillar, pordebajear, y menos preciar a tus padres y esperar q sigan ahí sin chistar y aun así el seguía asando su mensualidad, y no poca... Como no pensar en ese bb y su futuro???? No se no debió terminar así pero fue lo q ella eligió.
Gardenia Omaña
Por esa sencilla razón, Ami me gustan mayores 🥰
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣👏
Hiradia Cohen
La enfermera es Valeria se va a robar los niños
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣🤣👏👏
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣buenísima historia 😂
Nayarith Ocampo
🤣🤣🤣🤣🤣 buenísimo 🤣🤣
👏👏👏👏🤣
Mile
Gritos de emoción 🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Lala González
😂😂🤭
Nayarith Ocampo
par de víboras las dos pero una salió más víbora que la otra 🤣🤣🤭
Liliana Bonilla
🤣🤣🤣😂😂😂son geniales juntos
Paula Giaccaglia
quiero imaginar que éste machismo en la historia es muy exagerado!!! que la vergüenza de ser separada, que los padres no van a aceptar, que se va a casar con panza de embarazada, que la vergüenza, y bka bla bla, siglo 19 parece
Laura Schmal
y encima gastó en las cerezas jajajaja
Mile
Vieja babosa🤢
Mile
Vuelvo y lo repito... Definitivamente para pendeja no se estudia 🙄🙄🙄
Rita Coba
muchas felicidades esctidora exelente final dónde uvo de todo amor rencor tristeza pero el amor logro todo🌹❤️👋
Maria Solorzano
🤣🤣🤣🤣🤣🤣 no sé de dónde sacará tantas ideas chistosas autora, pero me encantan y rio mucho con tu novela 🤣🤣🤣🤣🤣👍 gracias por compartir tu hermoso talento felicidades por eso también 👍❤️
Maria Solorzano
🤣🤣🤣🤣🤣🤣 si la hubieran visto caer 🤣🤣🤣🤣🤣
Maria Solorzano
🤣🤣🤣🤣 que hombres más inmaduros 🤦🤷🤣🤣🤣🤣
Hiradia Cohen
desde que nació hablaron de niño no entiendo ahora es niña
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