Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo VII La verdadera cara de la maldad
Punto de vista de Camila
Por fin lo había logrado. El anillo de diamantes en mi dedo anular y el acta de matrimonio firmada eran la prueba de mi victoria: ahora era oficialmente la señora de Fábregas. Sin embargo, mi objetivo no terminaba en el altar. Ahora debía asegurarme de que Alberto viviera única y exclusivamente para complacerme a mí.
Sin embargo, para tomar el control absoluto, primero debía deshacerme de los estorbos. Miranda y Melissa siempre se creyeron las dueñas y señoras de esta mansión, aprovechándose de la debilidad de Elena. Pero conmigo se equivocaron de persona. Era mi turno de brillar y de disfrutar del estatus y la fortuna que tanto me había costado conseguir.
Tan pronto cruzamos la puerta principal al regresar de nuestra luna de miel en el Caribe, puse en marcha el plan. Le dirigí a Alberto una mirada fija, recordándole en silencio la promesa que me hizo antes de casarnos.
Él aclaró su garganta, visiblemente incómodo, y se dirigió a su madre y a su hermana, quienes nos esperaban en la sala con sonrisas ensayadas.
—Mamá, Melissa... Necesito que hablemos —comenzó Alberto con la voz un tanto apagada, sin sostenerles la mirada—. Ahora que Camila y yo estamos casados, creo que ha llegado el momento de que vuelvan a mudarse al antiguo departamento.
Miranda parpadeó, perdiendo el color en el rostro.
—¿De qué estás hablando, Alberto? —preguntó su madre, apretando el bolso contra su pecho, incrédula.
—Madre, seamos honestos —intervino Alberto, buscando justificar su cobardía—. Ustedes se vinieron a vivir conmigo en su momento porque mi matrimonio con Elena era insoportable, y su presencia hacía la casa más llevadera. Pero la situación con Camila es completamente diferente. Somos recién casados y necesitamos nuestra privacidad.
Me adelanté dos pasos, erguida, luciendo mi mejor sonrisa de victoria pulida con una falsa amabilidad.
—Por supuesto, suegra... Las puertas de esta casa siempre estarán abiertas para cuando quieran visitarnos. Un domingo para el té, tal vez —intervine con una firmeza helada, marcando la distancia, sabiendo que Alberto jamás habría tenido las agallas de echarlas por sí solo.
Melissa dio un paso al frente, con los ojos echando chispas de rabia dirigida hacia mí.
—¿Esto fue idea tuya, verdad? —me encaró directamente, señalándome con el dedo.
—Es una decisión mía —interrumpió Alberto, elevando el tono de voz para no quedar como un marioneta frente a su familia—. Quiero privacidad absoluta en mi propio hogar, Melissa. La decisión está tomada y no hay nada más que discutir. Mañana mismo las ayudará el chofer con las maletas.
Sin darles tiempo a replicar, Alberto me tomó de la mano y me guio escaleras arriba hacia la suite principal. A mis espaldas, casi podía sentir el odio hirviente de mi suegra y mi cuñada perforándome la nuca. Sonreí para mis adentros. Habían perdido el reino.
Sin embargo, al cruzar el umbral del dormitorio principal, la sonrisa se me congeló en los labios.
El ambiente olía a vainilla suave y a lavanda fresca. Era el perfume barato que Elena solía usar. A pesar de que la servidumbre había limpiado a fondo, el fantasma de esa mujer parecía impregnado en las cortinas, en el tocador y en la enorme cama matrimonial.
Sentí una punzada de asco recorrer mi estómago. No iba a dormir en la sombra de una fracasada.
—Mañana mismo quiero que tiren este colchón a la basura y remodelen toda la habitación, Alberto —ordené, pasándole una mano por el pecho mientras le sonreía con dulzura calculadora—. No pienso compartir mi vida contigo sobre las cenizas de tu pasado.
Alberto solo asintió resignado que las cosas cambiarían en esta casa a partir de ahora. Esta era mi casa y no estaba dispuesta a compartirla con nadie y muchos menos con el fantasma de la fracasada de Elena.
Punto de vista de Miranda
Camila finalmente había mostrado sus verdaderas garras. Esa mujer era una víbora venenosa, y la peor ironía de todas era que nosotros mismas le habíamos abierto las puertas de par en par. Ahora estábamos desterradas de la mansión, reducidas a simples estorbos en la vida de mi hijo, y lo peor era que no teníamos cómo revertir el daño.
— ¿Qué vamos a hacer ahora, mamá? —las quejas de Melissa resonaron en la sala, ahogadas por la desesperación mientras empacaba sus cosas—. Camila se adueñó por completo de la casa y de Alberto. Dudo mucho que deje que él nos siga pasando una mesada decente.
— Ten paciencia, hija —dije, apretando los dientes para contener la ira que me carcomía por dentro—. Las máscaras no duran para siempre. Tarde o temprano tu hermano abrirá los ojos y verá la clase de arpía con la que se casó.
— En este momento prefiero mil veces a Elena... —soltó Melissa con amargura y un hilo de voz—. Al menos ella jamás intentó alejarnos de Alberto ni nos trató como a extrañas en nuestra propia casa.
— ¡No digas estupideces! —la atajé con firmeza, mirándola fijamente—. Elena ya no existe para esta familia. No voy a permitir que te rebajes a extrañar a una mosquita muerta.
Hecha un mar de lágrimas, Melissa agarró sus maletas y subió a terminar de ordenar su equipaje. Sabía que para ella sería un golpe devastador regresar al viejo y estrecho departamento, pero al menos teníamos un techo bajo el cual caernos muertas... no como la fracasada de Elena, que seguro a estas alturas debía estar mendigando en la calle con los niños.