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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:305
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 10

Capítulo 10: El Bolsillo Secreto

Su mochila estaba en la banca de metal junto a la entrada de la cancha.

Negra, gastada, con un cierre que no cerraba del todo. La misma mochila que llevaba todos los días. Sabía que tenía un bolsillo interior oculto —uno de esos compartimentos con velcro que nadie usa— porque una vez, en la otra vida, le había vaciado la mochila en el piso del salón de clases mientras mis amigos se reían, y había notado ese bolsillo.

El recuerdo me dio náuseas.

Me aseguré de que Renato seguía sentado al otro lado de la cancha, de espaldas a mí. Abrí el bolsillo con cuidado, deslicé el formulario doblado junto con la confirmación de inscripción extemporánea que me habían enviado por correo, y cerré el velcro.

Mis manos temblaban.

No era miedo. Era algo peor que el miedo. Era la certeza de que nada de lo que hiciera sería suficiente para compensar lo que le había hecho. Que podía mover cielo y tierra, hacer cincuenta llamadas, gastar todo el dinero de los Montiel, y aun así la balanza seguiría inclinada. Porque hay cosas que no se reparan con dinero ni con poder.

Pero eso no significaba que no iba a intentarlo.

Me alejé sin hacer ruido. No miré hacia atrás.

El estacionamiento de la universidad estaba casi vacío a las seis y media de la tarde. Mi auto —un BMW negro que algún día iba a cambiar por algo menos obsceno— era uno de los pocos que quedaban.

Me senté en el asiento del conductor. No encendí el motor. No puse música. No toqué el teléfono.

Me quedé ahí.

El volante bajo mis manos. El cuero fresco contra mis palmas. El silencio.

Hice el recuento. Necesitaba hacerlo. Necesitaba poner en orden la lista de todo lo que había movido en las últimas semanas, porque si no lo hacía, el peso de lo que faltaba me iba a aplastar.

Uno: proteger a Renato de la acusación de secuestro fabricada por Lorena. Hecho. La bofetada, la defensa pública, las cámaras de seguridad. Lorena había retrocedido, pero no había desaparecido. Las serpientes nunca desaparecen. Se esconden.

Dos: el pacto de "asistente". Establecido. Cincuenta mil créditos transferidos. Una excusa para mantenerlo cerca, para vigilar que comiera, que no colapsara bajo el peso de sus tres trabajos. Un disfraz ridículo para algo que no sabía cómo nombrar.

Tres: investigar el caso de su padre. El detective privado estaba trabajando. Las inconsistencias en los testimonios de los testigos eran cada vez más evidentes. Alguien había pagado para que mintieran. Alguien con mucho dinero.

Cuatro: el torneo. El formulario estaba en su mochila. Mañana lo encontraría. Tendría veinticuatro horas para firmarlo y entregarlo. Lo haría. Yo sabía que lo haría, porque Renato Solís no era de los que dejaban pasar una segunda oportunidad.

Pero lo que faltaba...

Necesitaba encontrarle un entrenador de verdad. Alguien que viera lo que yo había visto en esa cancha vacía y entendiera que estaba frente a algo irrepetible.

Necesitaba ayudarlo a pagar la deuda de cuatrocientos sesenta mil créditos que lo estaba ahogando. Pero no podía hacerlo directamente. Renato tenía un orgullo que funcionaba como un muro de concreto: impenetrable, inamovible, absoluto. Si se enteraba de que yo estaba detrás de cualquiera de estas cosas, lo perdería. Se cerraría. Desaparecería.

Necesitaba salvar a mi hermano Emiliano del accidente de avión que, en la otra vida, lo mató un martes de noviembre a las tres de la tarde. Para eso me quedaban meses. Meses que se sentían como minutos.

Y necesitaba descubrir quién orquestó la condena del padre de Renato. Quién pagó a los testigos. Quién se benefició de que un hombre inocente terminara en prisión.

La lista era un abismo.

Me incliné hacia adelante hasta que mi frente tocó el volante. Cerré los ojos. El cuero olía a nuevo. Todo en mi vida olía a nuevo —este cuerpo, esta oportunidad, este tiempo prestado que no sabía cuánto iba a durar—.

¿Y si un día abría los ojos y estaba de vuelta? ¿De vuelta en la cama de hospital, con cuarenta y dos años y un hígado destruido por el alcohol? ¿De vuelta en esa vida vacía donde lo único que tenía eran paredes blancas, una enfermera que no recordaba mi nombre y el eco interminable de mis propios errores?

El pensamiento me aterró tanto que me enderecé de golpe y abrí los ojos.

Estacionamiento. Auto. Manos jóvenes sobre el volante.

Seguía aquí.

Todavía estaba aquí.

Mi teléfono vibró.

Lo miré casi con desgana. Probablemente era Diego preguntando para qué había necesitado el número de su padre. O Paola mandando memes que no tenía energía para ver.

No era ninguno de los dos.

Era el detective.

Un mensaje de texto. Largo. Sin preámbulos.

"Srta. Montiel: Avance importante en el caso Solís. El rastreo del flujo de fondos hacia testigos clave arroja un resultado inesperado. Los pagos se canalizaron a través de una empresa fantasma registrada en Ciudad Lirial bajo el nombre Inversiones Lirial S. A. Esta empresa tiene vínculos directos con el grupo empresarial de la familia Castellón. Específicamente, con activos controlados por Héctor Castellón Paredes. Recomiendo una reunión presencial para discutir las implicaciones. No es prudente detallar más por este medio."

Leí el mensaje tres veces.

Castellón.

Héctor Castellón Paredes.

El padre de Álvaro.

Álvaro Castellón. Mi exprometido. El hombre con el que mi familia quiso casarme durante años. El hombre con el que, en mi vida anterior, me comprometí a los veinticinco y dejé a los veintiocho, cuando descubrí que me engañaba con su asistente. El hombre cuya familia siempre me pareció demasiado amable, demasiado servicial, demasiado interesada en mantenerse cerca de los Montiel.

Su padre. Conectado a la empresa fantasma que pagó a los testigos que enviaron al padre de Renato a prisión.

Sentí el frío subir desde el estómago hasta la base del cráneo. Un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del auto, que ni siquiera estaba encendido.

Porque si los Castellón estaban detrás de la condena del padre de Renato, entonces no era un caso aislado. No era un favor que le hicieron a alguien. Era un patrón. Y los patrones, cuando involucran empresas fantasma y testigos comprados, nunca se detienen en un solo crimen.

Mi hermana. Catalina. Muerta en un supuesto asalto tres años antes de que yo muriera en la otra vida. Un caso que nunca se resolvió. Un caso que mi familia dejó de investigar demasiado pronto, como si alguien les hubiera sugerido que era mejor no seguir buscando.

Álvaro ya estaba en nuestras vidas cuando Catalina murió.

El pensamiento me partió en dos.

No. No podía ir ahí todavía. No tenía pruebas. Solo una empresa fantasma y un apellido que aparecía donde no debía.

Pero el instinto —ese instinto que me traje de siete años de errores y una muerte solitaria en una cama de hospital— me decía que estaba pisando el borde de algo enorme. Algo que conectaba la cárcel del padre de Renato con la muerte de mi hermana con la familia que durante años se sentó a la mesa de los Montiel como si fueran aliados.

Guardé el teléfono. Me temblaban las manos otra vez, pero ahora no era por culpa ni por tristeza.

Era por rabia.

Y por miedo.

Un movimiento al otro lado del parabrisas me sacó de mis pensamientos.

Una figura cruzaba el estacionamiento a lo lejos. Camiseta gris, shorts desteñidos, mochila negra colgando de un solo hombro. Cabeza baja. Pasos largos y silenciosos, como alguien acostumbrado a pasar desapercibido.

Renato.

Iba caminando hacia la salida del campus. Probablemente rumbo a su siguiente trabajo. El puesto de carne a la parrilla, o la tienda de conveniencia, o el turno de limpieza en el edificio de oficinas —no sabía cuál tocaba hoy, pero sabía que tocaba alguno, porque para Renato Solís todas las noches tocaba algo—.

No me había visto. No sabía que yo estaba ahí, en este auto demasiado caro para este estacionamiento, mirándolo a través del cristal con el corazón apretado y un mensaje en el teléfono que podía incendiarlo todo.

No había encontrado el formulario todavía. Lo sabía porque caminaba igual que siempre: con esa calma pesada de quien ha aceptado que el mundo no le va a dar nada. Cuando lo encontrara —mañana, tal vez, buscando un lápiz o un cargador en el fondo de la mochila— algo cambiaría en esa caminata. Algo pequeño. Un levantamiento de la barbilla, tal vez. Un paso un poco más firme.

O tal vez no. Tal vez desconfiaría. Tal vez pensaría que era una trampa, otra crueldad disfrazada de oportunidad, porque eso era lo único que la vida le había enseñado a esperar.

Pero lo haría. Firmaría el formulario. Lo entregaría. Competiría.

Y ganaría.

No este torneo, necesariamente. Pero al final. Un día. En una cancha que no tuviera grietas, con zapatos que no tuvieran agujeros, con una raqueta digna de lo que sus manos podían hacer.

Lo vi llegar al borde del estacionamiento. Su silueta se recortó contra la luz anaranjada del atardecer un instante antes de doblar la esquina y desaparecer.

Solté el aire.

En su mochila había un papel que podía cambiarle la vida.

En mi teléfono había un mensaje que podía destruir la mía.

Y entre nosotros —entre la chica que lo destruyó y el chico que no sabía que ella estaba intentando salvarlo— había siete años de errores que deshacer, una montaña de deudas que escalar, el nombre de un padre inocente que limpiar y una verdad tan peligrosa que podía quemar a las dos familias hasta los cimientos.

Él simplemente no sabía nada de eso.

Todavía.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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