Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 23
Capítulo 23. Lo que Fernanda no sabe
—¿Enfrente? —Lucía bajó la copa con toda la calma que pudo fingir—. Un conocido de la casera. Un pariente, creo. Casi no está.
No era mentira. Tampoco era la verdad. Era esa zona intermedia y cobarde en la que Lucía había decidido, sin pensarlo demasiado, que no le iba a contar a Fernanda que su vecino de enfrente era, exactamente, el "cliente importante" del que ella misma le había advertido. No sabía por qué se lo callaba. O sí sabía, y por eso no quería mirarlo de frente.
—Ah. —Fernanda perdió el interés y volvió a acomodarse en el piso—. Oye, hablando de vecinos y de hombres, ¿te acuerdas del cliente ese que te dije? El de la mirada de hielo. El Alcázar.
Lucía sintió que se le tensaba el cuerpo, pero siguió sirviendo vino.
—Ajá.
—Pues me enteré de más cosas. —Fernanda bajó la voz, en modo chisme sagrado—. Dicen que ese hombre es rarísimo con las mujeres. Que estuvo casado y se divorció, y que la ex anda diciendo por ahí que tiene… no sé, algún problema. Que en dos años de matrimonio, nada. Que "el pobre no puede", así, feo. —Se encogió de hombros—. Yo no sé si sea cierto o pura maldad de la ex, tú sabes cómo son. Pero por algo lo dicen, ¿no? Y de todos modos, un hombre con esa fama y ese carácter, para qué te metes.
Lucía se quedó callada, con el vino intacto en la copa.
"El pobre no puede." Pensó en el hombre que esa mañana le había rozado los dedos y se había puesto rojo hasta las orejas. En el que le había dicho "al ver que eras tú, me tranquilicé". En el apretón de manos que la había dejado con el pulso alborotado. No le encajaba. No le encajaba nada. Pero no dijo nada. Era chisme ajeno, y ella tenía suficiente con lo suyo.
—Cambiando de tema —dijo, para huir—, cuéntame de ti. Que yo llevo media hora hablando de rentas.
Fernanda no necesitaba que le insistieran para hablar. Pero antes de soltarse, cambió el tono, más suave:
—No, a ver. Cuéntame tú de verdad. ¿Cómo estás? Con todo lo de tu familia.
Y Lucía, con el vino y la confianza y el cansancio de la mudanza, se soltó. Le contó que desde que se fue, la casa de los Reyes se había venido abajo: sin su aportación, sin su sueldo tapando huecos, de pronto no alcanzaba para nada. Que doña Rosa ya le había hablado dos veces, una llorando y otra exigiendo, para pedirle "una ayudadita". Que Gerardo había mandado mensajes hablando de la hipoteca. Que Brenda, con el embarazo cada vez más grande, seguía soltando indirectas sobre lo bien que le vendría a la familia que Lucía "sentara cabeza con alguien de posición".
—Es que no lo pueden creer —dijo Lucía, con una risa amarga—. Que me fui de verdad. Que ya no soy su cajero automático. Mi mamá me habló ayer llorando, diciéndome que su presión, que el gasto, que cómo la dejo así. Y a los cinco minutos, en el mismo llanto, ya me estaba preguntando que dónde vivía, que si el lugar era grande, que si tenía cuartos de sobra. —Negó con la cabeza—. Ni siquiera cuando lloran dejan de estar calculando.
—Por eso no les vas a decir dónde vives. —Fernanda la señaló con el dedo, muy seria—. Ni de broma. Que se queden con la duda.
—Ya lo sé. Les dije que rento un cuarto compartido carísimo. Que apenas me alcanza. —Lucía sonrió, cansada—. Mientras me crean pobre, me dejan en paz.
Fernanda dejó la copa, se acercó y la abrazó fuerte, sin decir nada un momento.
—Tú no le debes nada a esa gente —le dijo al oído—. Nada. Que se las arreglen. Ya bastante los mantuviste. Ahora te toca a ti.
Lucía cerró los ojos y se dejó abrazar. Ese abrazo, sin cuentas, sin condiciones, valía más que toda su familia junta.
—
Al otro lado del pasillo, Max no lograba concentrarse en nada.
Había intentado trabajar, revisar unos contratos, contestar correos, pero cada risa que se colaba por la pared del 22-A lo distraía. Y en una de esas risas, alcanzó a oír una voz que no era la de Lucía. Una voz de mujer, sí. Pero también —o eso creyó— un tono más grave de fondo, quizá la tele, quizá su imaginación.
Se descubrió de pie, junto a la pared, prácticamente pegando la oreja.
Y entonces se descubrió, punto. Se apartó de la pared como si quemara, se pasó una mano por la cara y se dijo, en voz alta, con la nariz todavía tapada por el resfriado:
—¿Desde cuándo espío a mi vecina como un adolescente?
Era ridículo. Él. Maximiliano Alcázar. Celoso de una risa que ni siquiera sabía de quién era. Se sirvió un vaso de agua, se lo tomó de un trago, y cuando cayó en cuenta de que probablemente esa otra voz era la amiga de Lucía —la del restaurante, la escandalosa— se sintió doblemente idiota: primero por espiar, y segundo por haber sentido, aunque fuera un segundo, esa punzada fea y ácida en el estómago ante la sola idea de que hubiera un hombre en su casa.
Sacó el teléfono. Necesitaba hablar con alguien que entendiera de esto, porque él, evidentemente, no entendía nada. Marcó al único de sus amigos que se las daba de experto en mujeres.
—Lorenzo —dijo, en cuanto contestaron—. Necesito… consejo. De algo.
Del otro lado, hubo una pausa deliciosa. Y luego la risa del zorro, lenta, encantada.
—¿Maximiliano Alcázar pidiéndome consejo de mujeres? Déjame sentarme, que esto hay que disfrutarlo. —Se oyó el crujido de un sillón—. A ver, hermano, cuéntamelo todo. ¿Cómo se llama?
—No importa cómo se llama.
—Uy, sí importa. Importa muchísimo. —Lorenzo saboreaba cada palabra—. Espérate. No me digas… ¿ya la tienes cerca? ¿Muy cerca? No me digas que compraste el departamento de enfrente para estar cerca de ella.
Max se quedó callado medio segundo de más.
Y ese medio segundo, para un zorro como Lorenzo, lo dijo absolutamente todo.
Pobre hombre 😶😬🥺
Y pues, también ella .
Es justo y necesario ..
no mas, prórrogas .
Pues la historia está buenísima.
y tantas largas la está asiendo cansona .🥺😟🤨
Una historia q te enamora./Determined/