Un alma implacable despierta en un cuerpo ajeno.
Tras el trágico final de la antigua Aria Thorne, un espíritu frío, astuto y deslumbrante toma el control de su vida. Decidida a vengar el humillante pasado de la chica tímida, desmantela la arrogancia de Pietro y destroza la envidia de su hermanastra Chloe.
En la élite universitaria, la nueva Aria se convierte en una pesadilla intocable y despierta el peligroso deseo de Dante Vance. Sin romanticismos ni piedad, un juego de seducción y poder comienza.
La víctima murió... hoy reina la destructora.
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CAPÍTULO 13: Sombras en el balcón
Al terminar la cena en el gran comedor, Arthur invitó a todos los presentes a pasar nuevamente al salón principal para disfrutar de unas copas de champagne y continuar la celebración con un brindis final. Los meseros circulaban de inmediato con bandejas de plata, ofreciendo copas de champagne francés y finos licores, mientras los adultos se acomodaban en torno a los sofás para seguir conversando en un ambiente refinado.
Durante todo ese tiempo en la sala, Dante intentó por todos los medios acercarse a Aria. Cada vez que daba un paso hacia ella para hablarle o confrontarla, Aria se movía con agilidad entre los invitados y lo esquivaba sin esfuerzo. Se ponía a hablar con Elena Vance o se quedaba al lado de su padre, Arthur. Para Dante, esa indiferencia era un castigo directo de Aria para dejarle claro que ella tenía el control absoluto de la situación.
Cuando la reunión estaba por terminar y todos comenzaban a congregarse cerca de la puerta principal para despedirse, los adultos se distrajeron hablando entre ellos sobre los negocios de la semana. Fue en ese momento cuando Pietro vio la oportunidad perfecta. Aprovechando que su padre, Romano, se reía de un comentario de Gabriel Vance, se acercó a Aria cerca de los grandes ventanales del jardín.
—Aria, por favor, te lo suplico, déjame hablar a solas contigo un segundo —dijo Pietro con voz desesperada—. Necesito pedirte perdón por todo lo que pasó antes. Sé que cometí errores, pero no dejo de pensar en ti. Déjame invitarte a salir mañana. Solo una cita, una oportunidad para demostrarte que he cambiado.
Aria no le respondió con rabia; solo le dedicó una pequeña sonrisa y una mirada tranquila. Pietro, sintiéndose victorioso, creyó por completo que estaba logrando ablandar el corazón de la heredera.
Sin embargo, a pocos metros de ahí, Alessia los observaba. Con el estómago revuelto y ciega de celos al ver cómo su novio le rogaba a su antigua enemiga, perdió la cabeza. Atravesó la sala a pasos rápidos y se metió a la fuerza en medio de la conversación.
—¡Eres una hipócrita, Aria! ¡Una descarada que solo busca arruinar lo que no es suyo! —gritó Alessia fuera de sí, llamando la atención de todos en la estancia—. ¡Crees que con esa carita de inocente vas a venir a quitarme a Pietro! ¡Eres una maldita zorra!
—Alessia, ¡cállate de una vez! —alcanzó a gritar Pietro, intentando frenarla.
Pero Alessia estaba fuera de control. Sin importarle quién estaba presente, levantó la mano y le dio una fuerte bofetada a Aria directamente en la cara.
El sonido del golpe resonó fuerte en toda la sala.
Pietro reaccionó de inmediato y agarró a Alessia por las muñecas para apartarla. Pero Dante fue más rápido. Cruzó el lugar en un segundo y se puso justo enfrente de Aria para protegerla con su propio cuerpo, mientras miraba a Alessia con los ojos llenos de rabia.
Todos los invitados corrieron a rodear la escena. Aria, llevándose una mano a la mejilla que comenzaba a ponerse roja, miró a Alessia con los ojos llenos de lágrimas y dijo con la voz temblorosa:
—Alessia... no entiendo por qué me golpeas, si solo estábamos hablando...
Sin decir nada más, Aria se dio la vuelta llorando de dolor y vergüenza, recogió su vestido y subió corriendo las escaleras hacia su habitación.
El caos estalló en la sala. Arthur Thorne, con el rostro rojo de la rabia, encaró a Romano Visconti.
—¡Esto es una falta de respeto inaceptable en mi casa, Romano! —gritó Arthur con voz fuerte—. ¡Llévate a esta mujer de mi propiedad ahora mismo! ¡Es una vergüenza que hayas traído a alguien así a mi hogar!
Romano, muerto de la vergüenza frente a Gabriel y Elena Vance, agarró a Alessia del brazo con fuerza. Alessia, llorando de rabia, seguía gritándole insultos a Aria mientras la sacaban a la fuerza de la mansión. Pietro intentó disculparse, pero su padre lo empujó hacia la salida sin dejarlo hablar.
En medio de todo el lío, Victoria vio el momento perfecto para tirarle veneno a Aria frente a la mamá de Dante.
—Qué espectáculo tan lamentable... —dijo Victoria suspirando con falsa tristeza—. Aunque, si somos francos, esto se pudo evitar. A veces cuando una mujer provoca o no pone límites claros, termina desatando estas locuras en gente inestable. Es una pena que la noche termine así por culpa de imprudencias.
—Tienes toda la razón, mamá —añadió Chloe en voz baja, mirando a Dante—. Hay personas que no miden lo que hacen ni las señales equivocadas que le envían a hombres comprometidos. Alessia actuó mal, pero si te pones a coquetear a la vista de todos, estas cosas pasan.
Elena Vance las miró a las dos de reojo con cara de pocos amigos, ignorando por completo el intento de Victoria y Chloe por culpar a Aria.
Dante, que ya no aguantaba más la rabia de ver a Aria subir llorando, miró a sus padres.
—Nos vamos. Ahora —dijo con la voz helada.
Se despidieron de Arthur y Dante manejó de regreso a la mansión Vance. El viaje fue en silencio total. Tan pronto como sus padres bajaron del carro, Dante ni siquiera apagó el motor; dio la vuelta, pisó el acelerador a fondo y regresó a la casa de los Thorne.
Estacionó el carro a unas calles de distancia, bajo la sombra de unos árboles. Apagó las luces, caminó con cuidado por el jardín de atrás, buscó el balcón de la habitación de Aria y trepó por la pared con facilidad hasta llegar al segundo piso.
Abrió la puerta de vidrio con mucho cuidado y entró a la habitación a oscuras.
Al cruzar las cortinas, la vio.
Aria estaba de pie frente a su peinadora, iluminada solo por la luz tenue del espejo. Se estaba tocando con cuidado la marca roja que la bofetada le había dejado en la piel.
Al escuchar el ruido de los pasos, Aria se levantó de golpe. Se giró asustada y con el corazón acelerado; jamás esperó ver a Dante metido en su cuarto a mitad de la noche. Por primera vez en mucho tiempo, Aria estaba sorprendida de verdad y no tenía el control de la situación.
Dante no le dio tiempo de pensar ni de poner su cara de fría.
En tres pasos largos se acercó a ella. Con una mano la agarró con fuerza de la cintura y la pegó a su cuerpo. Con la otra mano, le tocó la mejilla roja con mucho cuidado.
Sin pedirle permiso y lleno de los celos y la rabia que se guardó toda la noche, Dante se inclinó y le dio un beso apasionado en la boca.
Aria se quedó paralizada durante un par de segundos, sorprendida por la calidez y la firmeza de sus labios. Sin embargo, el impulso del momento terminó venciendo su compostura. Cerró los ojos y comenzó a responderle el beso con la misma intensidad, rodeando su cuello con los brazos y dejándose llevar por la corriente de deseo que siempre amenazaba con consumirlos cuando estaban a solas.
Pero entonces, la razón regresó de golpe a la mente de Aria.
Apoyó las manos firmes contra el pecho de Dante y lo empujó con fuerza hacia atrás, rompiendo el beso mientras respiraba con dificultad.
—¡¿Se puede saber qué rayos estás haciendo aquí?! —exclamó Aria en un susurro furioso, mirando hacia la puerta por miedo a ser escuchada—. ¡Estás demente! ¡Esta es mi habitación!
Dante la miró con los ojos fijos, dando un paso más hacia ella sin dejarse intimidar por su tono.
—Me molestó todo lo que pasó abajo durante toda la maldita noche —respondió Dante en un tono bajo y firme—. Y lo que más me da rabia es que sé perfectamente que te sabes defender de sobra. Hiciste una actuación brillante frente a todos con Alessia. ¿Por qué demonios te dejaste golpear?
Aria lo miró durante un segundo y, para sorpresa de Dante, soltó una pequeña risa helada y calculadora.
—Solo quería dejar a Alessia como una salvaje frente a todos, Dante —dijo Aria cruzándose de brazos, con una mirada astuta—. Dejé que me golpeara porque eso destruye su imagen y la de su familia de inmediato. Pero descuida, no se va a quedar así. Tengo muchos más planes preparados para humillarla y dejarla por el piso. Me la va a pagar muy caro.
Al escucharla hablar con esa determinación, viendo el carácter fuerte y astuto que se escondía detrás de su fachada impecable, el deseo en Dante se encendió aún más. Verla así de poderosa y calculadora lo volvía loco.
Sin responderle una sola palabra, Dante se abalanzó sobre ella otra vez y se apoderó de sus labios con una pasión desatada. Aria intentó resistirse un segundo, pero terminó cediendo. Dante comenzó a repartir besos intensos desde su boca hasta su cuello, bajando sus manos por su espalda, mientras ella dejaba escapar breves suspiros, dejándose llevar por completo por la sensación.
En medio del manoseo y el fuego de la pasión, Dante la tomó en brazos y la llevó hacia la gran cama del cuarto. Se sentó en el borde del colchón y Aria, completamente atrapada por el deseo, se montó a horcajadas sobre él, continuando el beso desenfrenado mientras sus manos se enredaban en el cabello de Dante.
De pronto, dos golpes firmes sobre la madera de la puerta cortaron el aire como un disparo.
Toc, toc.
—Aria, hija... ¿estás despierta? —resonó la voz de Arthur Thorne desde el pasillo—. Lamento molestarte a esta hora, pero necesito hablar contigo sobre lo que pasó en la cena. ¿Puedo entrar?
El tiempo se detuvo por completo en la habitación.
Aria y Dante se quedaron paralizados en seco, con las respiraciones agitadas pegadas la una a la otra. Aria abrió los ojos de par en par, con el corazón martillándole en el pecho y el pánico reflejado en la mirada. Tenía a Dante sentado en su cama, despeinado y sobre ella a mitad de la noche, mientras la manija de la puerta comenzaba a girar lentamente. No tenía la menor idea de dónde esconderlo en cuestión de segundos.