Mónica Almeida siempre fue la hija invisible. Gordita, tímida y amorosa, creció eclipsada por su hermana mayor Helena: delgada, impecable, implacable. Cuando Ricardo apareció en su vida y juró que la amaba, Mónica creyó que por fin alguien la elegía. Pero el día en que planeaba anunciar su embarazo en un almuerzo familiar, Ricardo anunció su compromiso con Helena.
Destrozada, Mónica desapareció sin revelar su secreto. Vivió meses en la calle hasta que, una noche lluviosa, colapsó en la banqueta con casi nueve meses de embarazo. Un hombre alto y atractivo corrió hacia ella antes de que todo se oscureciera. Despertó en un hospital con un bebé sano en los brazos: Eliot, su nuevo comienzo.
Un año después, con la ayuda de su mejor amiga Rosa, Mónica ha resurgido como analista brillante en una empresa financiera de prestigio, sin saber que el dueño es el padre de aquel hombre misterioso. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos en un hospital pediátrico —esta vez como el médico que atiende a Eliot por un brazo fracturado—, Mónica descubre que el Dr. Augusto Valente no solo es neurocirujano y pediatra: es el hombre más honesto, paciente y decidido que ha conocido.
Pero la felicidad nunca llega sin pelea. Ricardo, atrapado en un matrimonio forjado por chantaje, descubre que tiene un hijo y quiere recuperar lo que perdió. Helena, consumida por la envidia y un testamento que amenaza su herencia, se convierte en una fuerza destructiva. Y entre secretos familiares enterrados, confrontaciones en casas de playa, una abuela que secuestra nietos por amor y un bebé que inventa sus propias reglas para llamar a cada adulto, Mónica tendrá que defender no solo su derecho a ser feliz, sino la familia que construyó desde las cenizas.
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Capítulo 23
—Bueno, entregada, señorita, y a la hora que le dije al grandulón —anunció Augusto.
—Gracias por la noche; me divertí mucho a tu lado —dijo Mónica.
—Yo también. Una lástima que arruinaran nuestro encuentro.
—Yo quería mucho que hubiera pasado. En ese momento, yo quería.
—Yo también, pero habrá otras oportunidades. Por ahora descansa. No dejes que ese imbécil arruine nuestro viaje. Ve a dormir con tu puerto seguro, y mañana nos divertimos.
—Gracias, Augusto.
—Buenas noches —dijo, y Mónica se acercó para depositar un beso en sus labios.
Después cada uno se fue a su habitación. Mónica durmió al lado de Eliot y Augusto en el cuarto de junto. A la mañana siguiente, el hombre decidió dejar que Mónica descansara un poco más: entró al cuarto, tomó a Eliot y su ropa de playa, y luego bajó a prepararle el desayuno al bebé.
—Gutu, a hambe —dijo Eliot golpeando la cuchara contra su platito.
—¿Tienes hambre, grandulón? Espera un poquito, que tu panqueque ya sale —respondió Augusto mientras movía las sartenes. Apagó el fuego, puso dos panqueques en el plato del bebé y tomó el jarabe—. ¿Le pongo?
—Xi.
Augusto vertió el jarabe de caramelo sobre los panqueques y el pequeño se lanzó de inmediato sobre su desayuno.
—Buenos días —saludó Mónica, y le dio un beso a su hijo.
—Día, mamá —respondió Eliot.
—Buenos días —dijo Augusto sonriéndole a la mujer, y lo que pasó enseguida los tomó a todos por sorpresa.
—Mamá, besa Gutu —pidió Eliot señalando al hombre.
—¿El Gutu se lo merece?
—Xí.
Mónica se acercó y le dio un beso en la mejilla a Augusto, que le devolvió uno en el cuello.
—Hice café —dijo, y se giró hacia la estufa—. Siéntate, que la siguiente ronda de panqueques ya sale.
—¿Y tus papás?
—Mi mamá fue a visitar a una amiga y mi papá la acompañó. Querían llevarse a Eliot, pero yo quería pasar un día en familia —explicó mientras le ponía una panqueque en el plato—. Buen provecho.
—Gracias.
—¿Cuáles son los planes para hoy?
—Quisiera quedarme admirándote —confesó Mónica, con la mirada puesta en el hombre fornido que cocinaba sin camisa frente a ella.
—Más tarde puedes admirarme toda la noche.
Los tres desayunaron en un ambiente armonioso. Eliot hacía sus payasadas, lo que sacaba sonrisas a los adultos. Un rato después, la puerta de la cocina se abrió de golpe; era Ricardo. La puerta de la cocina daba hacia el exterior de la casa.
El hombre había decidido ir a hablar con Mónica desde temprano. Les había contado a sus padres sobre su hijo; Amelia y Olavo se pusieron muy contentos con la noticia. Su sueño por fin se había hecho realidad: tenían al tan anhelado heredero.
Quería hablar con Mónica, arreglar las cosas, pero al llegar a la casa se encontró con una escena que le desagradó enormemente: Mónica, Augusto y su hijo, como si ellos fueran la verdadera familia. Aquello lo llenó de rabia.
—¿Qué haces aquí, Ricardo? —preguntó Mónica.
—Vine a hablar contigo, ya que anoche no me diste oportunidad. Y mira lo que me encuentro: la familia feliz toda reunida. No perdiste el tiempo en irte detrás de otro.
—Primero: ¿quién te crees para entrar en mi casa sin autorización? Segundo: no te permito que le hables a Mónica de esa manera —advirtió Augusto.
—Tú no te metas. Esta conversación es entre Mónica, yo y nuestro hijo —replicó Ricardo con una sonrisa, y se acercó al bebé—. Hola, campeón, me moría por verte de nuevo —dijo poniéndose en cuclillas, quedando a la altura del bebé—. Yo soy tu papá.
—Ajá —contestó Eliot, y volvió a comerse su panqueque.
—No sabes lo que es un papá, ¿verdad? —preguntó Ricardo sonriendo ante la inocencia del pequeño, a quien solo le importaba su comida.
—No. Gutu, vamo playa —dijo estirando los bracitos hacia el hombre sin camisa.
—Vamos, grandulón —respondió Augusto tomando al bebé, que ya traía su ropa de baño—. Vamos a dejar que mamá hable con este señor.
—¿No te da miedo dejar a Mónica sola con el amor de su vida? —provocó Ricardo.
—Mónica no es tu mujer. Ella tiene dignidad. Yo sé que nunca volvería contigo. Y si algún día llegas a ser algo en su vida otra vez, será únicamente como padre de Eliot. Además, yo no soy un niño inseguro. Lo que Mónica y yo estamos construyendo es real. Si ella me dice que no me quiere, está bien, me voy. Pero hasta entonces, voy a luchar por ella. Solo que no voy a actuar como tú —dijo, y salió con Eliot, dejando a Mónica y Ricardo a solas.