Samuel lo dio todo por un matrimonio que nunca fue suyo. Durante cinco años suplicó, cedió y aguantó las humillaciones de Samantha, una mujer fría que convirtió cada amenaza de divorcio en un juego para tenerlo de rodillas. Hasta que una noche, entre las llamas de un incendio, entiende la verdad más amarga: ella jamás lo eligió. Y muere sabiéndolo.
Pero abre los ojos… meses atrás, en la audiencia de su vigésimo divorcio. Con el recuerdo intacto de su propia muerte, esta vez Samuel no ruega. Firma. Y se marcha sin mirar atrás.
Lo que Samantha no imagina es que el hombre al que despreció está a punto de convertirse en el nombre que todos susurran: el "Mago de Wall Street". Una herencia oculta, una fortuna que crece de la nada, una niña sin hogar que le devuelve las ganas de vivir y una empresaria tan poderosa como imposible de descifrar… Samuel construye, pieza por pieza, la vida que siempre soñó.
Y mientras él se eleva, quienes lo abandonaron empiezan a caer.
Pero el pasado no arde tan fácil: el hombre por el que Samantha lo dejó morir sigue moviendo los hilos en las sombras, y el fuego podría no ser solo un recuerdo.
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Capítulo 18
La mañana estaba distinta, más ligera, más silenciosa, en la mansión de Samuel.
El hombre bajó las escaleras ya listo, sin la prisa habitual de los días de negocios, pero con un foco completamente diferente.
ZOE — Papá… — la vocecita llamó desde la sala.
Él giró el rostro. Zoe estaba parada cerca del sofá, vestida con el uniforme del colegio, la mochila parecía demasiado grande para su cuerpo pequeño, y sus dedos apretaban la correa con una mezcla de ansiedad y expectativa.
Samuel se acercó, se agachó frente a ella.
SAMUEL — ¿Estás lista, mi amor?
Zoe hizo una pequeña mueca.
ZOE — Sí… — respondió, pero sin mucha convicción.
Él sonrió apenas.
SAMUEL — ¿Estás nerviosa?
Ella lo pensó un segundo.
ZOE — Un poquito…
Samuel asintió.
SAMUEL — Es normal.
Zoe alzó la mirada, dudosa.
ZOE — ¿Les voy a caer bien?
La pregunta salió simple, pero cargada. Samuel le puso las manos en los hombros.
SAMUEL — Sí, porque eres increíble, y papá te quiere muchísimo.
Ella bajó la mirada un instante y después sonrió, tímida.
ZOE — ¿Puedo jugar allá?
SAMUEL — Puedes.
ZOE — ¿Y hacer amigos?
SAMUEL — Debes.
Zoe respiró hondo, como si se estuviera preparando, y de cierta forma, así era.
El auto avanzó por las calles del condominio hasta la zona del colegio.
El espacio era amplio, moderno, con jardines bien cuidados y niños llegando acompañados de sus padres.
Zoe se quedó en silencio, observándolo todo. Samuel estacionó, bajó y le abrió la puerta.
SAMUEL — Ven.
Ella tomó su mano y juntos caminaron hasta la entrada. Al llegar, una empleada los recibió con una sonrisa.
—¿Primer día?
SAMUEL — Sí. — respondió, y Zoe se escondió un poco detrás de él. Samuel bajó la mirada—. Oye…. — Ella lo encaró—. Todo va a salir bien.
Zoe dudó, pero entonces le soltó la mano, dio unos pasos, miró hacia atrás. Él seguía ahí, y eso bastó: entró.
Samuel permaneció quieto unos segundos, observando hasta que ella desapareció por el pasillo.
Entonces respiró hondo. Había orgullo ahí, y algo más difícil de nombrar.
—¿Señor Samuel? — Él giró el rostro. Una mujer elegante se acercaba—. Soy la directora.
SAMUEL — Un gusto.
Ella sonrió.
DIRECTORA — Solo algunos detalles administrativos. — Le entregó una carpeta—. Son las directrices del colegio y algunas exigencias.
Samuel la abrió, hojeando rápido. Una de las líneas le llamó la atención: actividades extracurriculares obligatorias. Arqueó levemente la ceja.
SAMUEL — ¿Obligatorias?
—Sí — respondió la directora —. Todos los niños deben practicar al menos una actividad.
SAMUEL — ¿Aquí en el colegio?
—No exactamente — explicó ella —. Las actividades se realizan en un club asociado.
SAMUEL — ¿Club?
—Pertenece al mismo grupo que administra el colegio — completó —, y está abierto tanto para los alumnos como para los padres.
Samuel cerró la carpeta.
SAMUEL — Entiendo.
—Es también una forma de integración familiar — agregó ella.
Él asintió.
SAMUEL — Me encargo de eso, gracias. — dijo, y ella se despidió y siguió hacia su trabajo.
Un tiempo después, la sala de espectáculos ya estaba en movimiento. Los empleados organizaban detalles, se hacían reuniones, la rutina se establecía con naturalidad.
Samuel entró, saludando a algunos en el camino, subió hasta el área administrativa. Enzo ya estaba ahí.
ENZO — Miren, el padre del año. — comentó, sonriendo—. ¿Cómo estuvo?
SAMUEL — Bien. — dijo, y arrojó la carpeta sobre la mesa—. Échale un vistazo a esto.
Enzo la abrió, empezó a leer y enseguida soltó una carcajada.
ENZO — No puede ser…
SAMUEL — Pensé lo mismo.
ENZO — "Obligatorio participar de una actividad extracurricular en un club asociado"… — sacudió la cabeza —. Qué club asociado ni qué nada, esto es una extensión del negocio.
Samuel esbozó una leve sonrisa.
SAMUEL — Básicamente.
Enzo siguió leyendo.
ENZO — Y encima dice que los padres pueden participar, mira esto.
SAMUEL — Integración familiar.
Enzo se rió.
ENZO — O una estrategia para sacar más dinero.
Samuel se encogió de hombros.
SAMUEL — Funciona.
Enzo cerró la carpeta.
ENZO — Al menos tiene cosas buenas: piscina, deporte, un ambiente decente, mejor que aquellas áreas de recreo que había cerca de donde crecimos, que solo servían para que los chicos se pusieran a fumar.
Samuel asintió.
SAMUEL — Voy a hablar con Zoe, a ver qué quiere hacer, pero me parece bien que tenga una distracción. — dijo, sentándose en su silla.
Enzo observó a su amigo un segundo.
ENZO — Y bueno, ¿qué pasó con Gabriela Marçal? Te desapareciste con ella anoche.
Samuel soltó un pequeño suspiro.
SAMUEL — Pasó.
Enzo se rió.
ENZO — ¿Solo eso?
SAMUEL — Me gustó.
Enzo se detuvo.
ENZO — ¿Te gustó?
SAMUEL — Es inteligente y atenta, no intenta agradar, no fuerza, sabe exactamente lo que quiere. — Una pausa—. No es como Samantha.
El nombre quedó flotando en el aire, pesado, pero necesario. Enzo asintió despacio.
ENZO — Eso ya dice mucho.
Samuel tomó la carpeta otra vez, distraído.
SAMUEL — La invité a cenar. Me fui antes de que despertara para llevar a Zoe y quiero compensarla.
Enzo sonrió.
ENZO — Vas avanzando rápido, ¿cuándo?
SAMUEL — Hoy.
Las cejas de Enzo se alzaron.
ENZO — ¿Hoy?
Samuel se encogió de hombros.
SAMUEL — No veo motivo para esperar.
Enzo se rió.
ENZO — El Mago no pierde el tiempo, ni fuera del mercado.
Samuel no respondió, pero la leve sonrisa en la comisura de sus labios decía lo suficiente y, esta vez, no era cálculo.
Era interés.