Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 14
Capítulo 14 — Que sea justo
Valentina llegó al teatro media hora antes de la audición. Había cambiado el apósito del pie y probado dos veces el apoyo antes de salir. Todavía le molestaba, pero podía bailar.
En el teléfono seguía sin respuesta la pregunta que le había enviado a Damián. Guardó el celular al encontrar a Meli en la entrada. No quería revisar la pantalla durante el calentamiento.
El teatro olía a polvo y a madera vieja. Frente al escenario habían colocado una mesa para el jurado; las aspirantes esperaban junto a las paredes, donde quedaba espacio para estirar. Valentina buscó su número en la lista y comprobó con la encargada de producción que tenían la música correcta.
Al regresar oyó una risa a su espalda.
—Es la de la foto.
Una de las muchachas le mostró algo a otra en el teléfono. Valentina pasó de largo y dejó la mochila junto a Meli.
—¿Viste lo que subió Paola anoche? —le preguntó su amiga.
—No. Luego me dices.
Se agachó para revisar la zapatilla. Meli se sentó a su lado y empezó a calentar sin insistir.
Toño Belmonte presidía la mesa, junto al productor del restaurante y otros tres jurados. Fueron comprobando la asistencia mientras revisaban las carpetas. Valentina escuchaba cada nombre, pendiente de cuánto faltaba para el suyo. Las llamadas no eran todavía para subir al escenario; nadie había bailado.
Cuando terminaron de pasar lista, Toño se puso de pie.
—Muchachas, antes de empezar tenemos un aviso. El comité revisó las trayectorias y ya tomó una decisión sobre el papel de la bailarina del segundo acto. Será para Cristina Ríos. Las demás pueden hacer la prueba para el cuerpo de baile.
Valentina buscó a Cristina. Estaba unas filas adelante, con la mano sobre el pecho. Miró a una mujer que la acompañaba y luego hacia la mesa, esperando alguna indicación.
Gonzalo tenía razón.
La idea le llegó con tanta claridad que tardó un segundo en reaccionar. Había rechazado la llamada que le ofrecía porque quería creer que presentarse bastaba para tener una oportunidad. Toño le había confirmado su lugar apenas unos días antes.
—¿Ya lo decidieron? —preguntó—. ¿Sin hacernos la prueba?
El director la reconoció y dejó la carpeta sobre la mesa.
—Señorita Cabrera. Hay varios criterios. No solo importa el baile. La experiencia ante la cámara, la disponibilidad para el rodaje…
—Eso estaba en los requisitos. Los entregamos todas.
—Y el comité los evaluó.
Valentina avanzó hasta el extremo de las butacas. Procuró hablar despacio; si empezaba a discutir a gritos, él tendría una razón más para mandarla a sentar.
—En el restaurante me ofreció ese papel. Le dije que quería audicionar y usted aceptó. Ayer producción todavía confirmó que seguía en la lista. Si cambiaron el proceso, ¿por qué nos avisaron hasta ahora?
Toño miró hacia el fondo del teatro y volvió a ella.
—No estás fuera de la lista. Puedes hacer la prueba para el conjunto, como las demás.
—Vine por el solo.
Al decirlo se sintió expuesta de una manera distinta. Todos podían verla pedir algo que quería mucho y que estaban negándole sin dejarla intentarlo. Prefería aquella vergüenza a volver a casa fingiendo que no le importaba.
—No le pido que me lo dé. Pido que nos vea bailar antes de elegir.
El productor del reloj se inclinó hacia el micrófono.
—Se está retrasando a todo el mundo. Si no está de acuerdo, puede retirarse.
Valentina miró de reojo a las muchachas que esperaban. Una había dejado de estirar. Otra sostenía la carpeta de sus documentos abierta sobre las rodillas.
—Que sea justo —dijo—. Eso pido. Si Cristina hace la mejor prueba, que se quede con el papel. Pero que hagamos la prueba.
—Ya escuchamos su opinión —contestó Toño—. Ahora deje trabajar a los demás.
Una aspirante junto a la pared levantó la mano.
—Yo cambié un turno para venir. No me inscribí al cuerpo de baile.
—Yo tampoco —dijo otra—. En el correo venía el papel del segundo acto.
Meli se acercó a Valentina. No dijo nada, pero se quedó a su lado cuando el productor le hizo una seña a uno de los asistentes de la puerta.
—Acompañen a la señorita Cabrera a la salida —ordenó Toño—. No vamos a seguir discutiendo.
El asistente avanzó por el pasillo. Valentina vio su gafete balanceándose y sintió que le faltaba lo siguiente que decir. Si se dejaba sacar, se acababa; si se resistía, iban a quedarse con eso. Buscó la mochila. No quería que le tocaran las cosas.
Entonces oyó una silla plegable cerrarse al fondo.
Un hombre con gorra caminaba entre las butacas. Valentina lo reconoció antes de que llegara a la luz. El alivio fue inmediato, y enseguida le dio miedo lo que iba a hacer con él.
El productor se levantó.
—Señor Mondragón.
El asistente se detuvo a unos pasos de las muchachas. Meli miró a Valentina, pero ella seguía pendiente de Damián. Recordó el mensaje: "Llegará tu turno". ¿Había querido decir eso? ¿Que él iba a presentarse para resolverlo?
Toño salió de detrás de la mesa con la mano extendida.
—Damián. Justo estamos organizando la prueba. Hubo una confusión con…
—Mandaste sacar a una aspirante por pedir que cumplieras la convocatoria.
—No es tan sencillo. Tenemos acuerdos con la producción.
—Los conozco.
Damián dejó la gorra sobre la mesa. No le estrechó la mano.
Valentina dio medio paso hacia él. Quería advertirle que no pidiera el papel para ella, pero Damián ya estaba hablando, esta vez para que lo oyera la sala.
—La inversión la pone Grupo Mondragón. Y esta audición va a ser limpia.