Alexa solo recuerda tres cosas de aquella noche de verano: el calor sobre su piel, una voz grave susurrándole al oído y un tatuaje que nunca pudo olvidar.
Meses después, al comenzar la universidad, cree que está dejando atrás aquella noche… hasta que conoce a Clara y al hombre que la acompaña.
El padre de su nueva amiga tiene el mismo tatuaje.
Adrián es reservado, poderoso y demasiado peligroso para acercarse. También es el único que parece conocer la verdad sobre lo ocurrido aquel verano. Aunque intenta mantener las distancias, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar.
Mientras Alexa intenta reconstruir sus recuerdos, descubre que aquella noche no fue un encuentro sin consecuencias. Adrián la recuerda. La ha reconocido desde el primer momento. Y hay secretos que podrían destruir su amistad con Clara, separar a una familia y convertir el deseo en una condena.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La de Alexa comenzó con algo que no puede recordar
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La otra mirada
...Adrián...
A las seis y media de la mañana, Adrián ya estaba despierto.
No necesitaba una alarma.
Hacía años que su cuerpo había aprendido a despertarse antes de que el teléfono tuviera oportunidad de hacerlo.
La casa permanecía en silencio.
Demasiado silencio.
Adrián bajó las escaleras con una taza de café en la mano y atravesó la cocina todavía con la camisa de dormir.
Abrió las cortinas.
La luz gris de la mañana entró lentamente.
Dejó el café sobre la mesada y miró su teléfono.
Tres correos.
Dos mensajes de trabajo.
Y uno de Emma.
Emma: ¿Estás despierto?
Adrián sonrió.
Respondió:
Adrián: Desde hace una hora.
La respuesta llegó inmediatamente.
Emma: Qué aburrido.
Adrián: Buenos días para ti también.
Emma: Tengo clase a las ocho 😭
Adrián miró el reloj.
6:38.
Adrián: Entonces levántate.
Emma: No quiero.
Adrián: Emma.
Emma: Ya voy.
Adrián negó con la cabeza.
Su hija podía tener veinte años, vivir en una residencia universitaria y estar prácticamente haciendo su propia vida.
Para él, eso no cambiaba demasiado.
Seguía siendo la niña que se quedaba dormida en el asiento trasero durante los viajes largos.
La niña que había aprendido a andar en bicicleta con las rodillas llenas de raspones.
La adolescente que había comenzado a cerrar la puerta de su habitación cuando él intentaba entrar.
Y ahora era una mujer joven que podía pasar días sin verlo.
Adrián todavía estaba aprendiendo a acostumbrarse.
Después de ducharse, se vistió con la misma precisión con la que hacía prácticamente todo.
Camisa oscura.
Pantalón.
Reloj.
Un poco de perfume.
Tomó las llaves del auto.
Antes de salir, regresó a la cocina.
Había dejado preparado el desayuno.
No porque esperara que alguien lo agradeciera.
Simplemente porque siempre había sido así.
Hacer las cosas.
Resolverlas.
Continuar.
Era más fácil cuando tenía algo que hacer.
Su oficina quedaba en el centro de la ciudad.
Era un edificio moderno, de grandes ventanales y paredes de vidrio.
Adrián llevaba años trabajando allí.
Conocía perfectamente cada rincón.
Cada empleado.
Cada rutina.
A las ocho en punto ya estaba sentado detrás de su escritorio.
—Buenos días.
Levantó la mirada.
—Buenos días.
Su asistente dejó una carpeta sobre la mesa.
—La reunión de las nueve se adelantó quince minutos.
Adrián miró el reloj.
—Bien.
—Y hay una llamada pendiente.
—¿De quién?
Ella revisó sus notas.
—Del banco.
Adrián suspiró.
—Pásamela después de la reunión.
—Claro.
Cuando volvió a quedarse solo, abrió la carpeta.
Era un día normal.
Trabajo.
Reuniones.
Llamadas.
Decisiones.
Nada extraordinario.
Y, precisamente por eso, Adrián prefería aquellos días.
La rutina era sencilla.
Predecible.
Controlable.
No había demasiadas sorpresas.
Había aprendido que las sorpresas rara vez traían algo bueno.
A las once recibió otra llamada.
Esta vez de Emma.
—Hola.
—¿Estás ocupado?
Adrián miró los documentos frente a él.
—Sí.
—Entonces te llamo después.
—No.
Sonrió.
—Habla.
Emma guardó silencio unos segundos.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Qué hiciste?
—¡Nada!
—Entonces, ¿qué pasó?
—Nada.
Adrián sonrió.
—Emma.
—Bueno…
Ella respiró profundamente.
—¿Puedes venir este fin de semana?
Adrián dejó el bolígrafo.
—¿A la universidad?
—Sí.
—¿Pasó algo?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
Adrián se quedó callado.
Con Emma nunca era fácil saber cuándo realmente no pasaba nada.
—¿Quieres que vaya?
—Sí.
La respuesta fue mucho más suave.
—Está bien.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Gracias.
—Pero tienes que comer bien.
—Papá…
—Y dormir.
—Papá.
—Y no faltar a clases.
—¡Sé cómo vivir sola!
Adrián sonrió.
—Eso dices.
—Te odio.
—No es cierto.
—Un poquito.
—Te quiero también.
Hubo un silencio.
—Yo también.
La llamada terminó.
Adrián dejó el teléfono sobre el escritorio.
Durante unos segundos se quedó mirando la pantalla.
Emma lo había invitado.
Eso significaba algo.
No necesariamente algo malo.
Pero su hija no solía pedirle que fuera a verla sin algún motivo.
Y él quería saber cuál era.
Al mediodía salió a almorzar.
No tenía demasiado tiempo.
Entró en un restaurante cercano y pidió algo rápido.
Mientras esperaba, miró por la ventana.
Parejas.
Estudiantes.
Personas caminando.
Una mujer cruzó la calle sosteniendo un café.
Adrián apartó la mirada.
No estaba buscando a nadie.
Nunca lo hacía.
Sin embargo, algunas veces su memoria tenía la mala costumbre de llevarlo hacia lugares donde no quería estar.
Una playa.
Una noche.
Una mujer joven.
Unos ojos que no había conseguido olvidar.
Adrián apretó la mandíbula.
No.
No iba a pensar en eso.
Había pasado.
Y debía permanecer allí.
En el pasado.
Por la tarde regresó a la oficina.
El trabajo consiguió ocupar su cabeza nuevamente.
Hasta que recibió un mensaje.
Emma: ¿A qué hora vienes el sábado?
Adrián respondió:
Adrián: Por la mañana.
Emma: Bien.
Adrián: ¿Por qué?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente:
Emma: Quiero presentarte a alguien.
Adrián arqueó una ceja.
Adrián: ¿Un chico?
La respuesta tardó menos de diez segundos.
Emma: JAJAJA no.
Adrián sonrió.
Adrián: Entonces está bien.
Emma: Es mi compañera de habitación.
El dedo de Adrián quedó quieto sobre la pantalla.
No había nada extraño en aquella frase.
Emma había mencionado varias veces a su compañera.
.
Adrián había escuchado el nombre alguna vez.
No le había prestado demasiada atención.
Hasta ese momento.
Sin saber por qué, sintió una pequeña incomodidad.
Quizá porque Emma parecía particularmente entusiasmada.
Adrián: ¿tu compañera ?
Emma: Sí.
Adrián miró el mensaje.
Una sensación vaga.
Lejana.
No conseguía ubicarla.
Sacudió la cabeza.
Probablemente no significaba nada.
Guardó el teléfono.
Volvió al trabajo.
Esa noche, cuando llegó a casa, la casa estaba completamente silenciosa.
Dejó las llaves sobre una mesa.
Se quitó el saco.
Caminó hasta la cocina.
Preparó algo sencillo para cenar.
No tenía hambre.
Pero comió de todas formas.
Después subió las escaleras.
Al pasar frente a una puerta cerrada, se detuvo.
La habitación de Emma.
Vacía.
Desde que se había marchado a la universidad, la casa parecía más grande.
Adrián apoyó una mano sobre el marco.
No entró.
No hacía falta.
Sabía que algunas cosas era mejor dejarlas como estaban.
Continuó caminando.
Al llegar a su habitación, se quitó el reloj.
Después la camisa.
Frente al espejo, el tatuaje que se extendía bajo sus costillas quedó parcialmente visible.
Adrián lo observó durante unos segundos.
Había aprendido a vivir con él.
Con la marca.
Con los recuerdos que podía despertar.
Con todo aquello que representaba.
Se puso una camiseta.
Y justo cuando estaba a punto de apagar la luz, su teléfono vibró.
Emma: Buenas noches, papá ❤️
Adrián sonrió.
Adrián: Buenas noches, pequeña.
Dejó el teléfono.
Apagó la lámpara.
Y se acostó.
El sábado iría a la universidad.
Conocería a la amiga de su hija.
Una chica llamada Alexa.
Para él, por ahora, no era más que eso.
Un nombre.
Una persona que todavía no conocía.
Una desconocida.
Y, sin embargo, en algún lugar de su memoria, ese nombre ya estaba unido a una noche que jamás había conseguido olvidar.
Adrián cerró los ojos.
Sin saber que, dentro de unos días, tendría que mirar nuevamente aquellos ojos.
Los mismos que había intentado olvidar.
Los mismos que ella no recordaba haber visto.
en mi país un hombre de 39 años con una menor sería pedofilia si hubo sexo