En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 7: El Despertar del Fuego
Antes de que Jasmín pudiera procesar el cambio en el rostro de su esposo o cuestionarse por qué la magia no lo había dejado de rodillas e inerte, Dante se movió con la velocidad de un depredador.
Lanzó una mano hacia adelante, la atrapó por la cintura con la firmeza de una prensa de hierro y la arrastró bruscamente contra su pecho. Jasmín dejó escapar un ahogado grito de sorpresa que fue sofocado de inmediato cuando los labios de Dante cayeron sobre los suyos en un beso feroz, hambriento y desesperado.
No había rastro del rey distante ni del diplomático educado. Era un beso implacable que le robó el aire de los pulmones. Dante la sujetaba contra sí con una fuerza arrolladora, devorando sus labios, mordiendo con posesión su labio inferior y ahondando la caricia con una lengua experta que hizo que las piernas de Jasmín se volvieran de gelatina.
Sin romper el beso, Dante la levantó en brazos como si no pesara nada. Jasmín, instintivamente, enredó sus piernas alrededor de la cintura del monarca y envolvió su cuello con los brazos, totalmente eufórica y abrumada por la intensidad del impacto.
Dante pateó las puertas dobles que conectaban el comedor con la alcoba principal y la llevó directamente hacia el enorme lecho real cubierto de sábanas de lino negro. La depositó sobre el colchón y se posicionó sobre ella, acorralándola con su cuerpo masivo.
—Dante... —jadeó ella entre besos, sintiendo el calor abrasador que emanaba del pecho desnudo de su esposo mientras él rasgaba la seda carmesí de su vestido sin el menor miramiento.
—Dijiste que te pertenezco, ¿no es así? —le susurró Dante al oído con una voz ronca que le provocó un escalofrío de placer por toda la columna vertebral. Le aprisionó ambas muñecas por encima de la cabeza contra la almohada con una sola mano—. Gritaste que soy tuyo. Ahora sufre las consecuencias de haberme reclamado, mi reina.
Lo que siguió durante esa noche fue una tormenta adictiva de pasión desmedida. Dante no le dio tregua ni descanso. La buscó una, dos, tres veces, devorando cada rincón de su piel con una voracidad insaciable. Sus caricias eran marcas de posesión territorial; sus besos, declaraciones de guerra sensual; y sus palabras al oído, promesas oscuras de rendición eterna.
Jasmín, sumergida en la euforia y en el placer cegador que jamás había experimentado, atribuyó cada gemido de su esposo, cada mirada de adoración salvaje y cada toque desesperado al poder milagroso del Cáliz de Ceniza y Carmín.
Creyó firmemente que la brujería de su sangre había doblegado al rey indomable de Aethelgard. Se sintió victoriosa y poderosa, sin llegar a sospechar jamás que la poción solo había sido la llave que le quitó el bozal a la bestia que siempre la había acechado desde las sombras.
La luz dorada del amanecer comenzó a filtrarse entre las pesadas cortinas de Terciopelo de la alcoba real. Jasmín abrió los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo rendido, exhausto pero extrañamente pleno tras las horas de desenfreno pasional.