Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 2 LOS DÍAS DE CENIZA
La palabra cayó en su cabeza como una piedra en un estanque, y las ondas se extendieron hacia atrás, hacia todos los domingos, todas las comidas familiares, todas las sonrisas de Mateo, todos los "princesa" que le había dicho.
¿Había sido todo una farsa? ¿Cuánto tiempo llevaba Mateo planeando esto? ¿Cuántas cenas había compartido con ellos mientras tejía la red que ahora ahogaba a su padre?
Maya quiso bajar las escaleras. Quiso correr hacia su padre, abrazarlo, decirle que todo iba a estar bien.
Pero sus piernas no respondían. Estaban clavadas al suelo de madera encerada, ancladas por un peso invisible que le aplastaba el pecho y le impedía respirar.
Su madre sí se movió. Renata bajó los últimos escalones de dos en dos, algo que Maya jamás la había visto hacer, y se plantó frente a los policías con las manos temblorosas pero la barbilla alta.
—Esto es un error —dijo Renata, y su voz sonaba extraña, como si no fuera la suya—. Mi esposo no ha hecho nada ilegal. Ese hombre... Mateo... es un mentiroso.
—Señora —respondió el policía, con esa paciencia infinita de quien está acostumbrado a escuchar negativas—, tendrá que discutirlo con el juez. Ahora, por favor, retírese.
Alessandro no ofreció resistencia. Dejó que le pusieran las esposas, que le leyeran sus derechos, que lo sacaran de su propia casa como si fuera un criminal.
Pero antes de traspasar la puerta, se giró hacia Maya. Sus labios formaron una palabra, una sola, que Maya leyó antes de oírla:
—Perdón.
Y entonces se fue.
La puerta se cerró con un golpe sordo. El mayordomo seguía allí, inmóvil, sin saber qué hacer. La mancha de café se extendía en el suelo de mármol.
Y Maya Velini, la niña de papá, la princesa de los Velini, se quedó mirando el espacio vacío donde su padre había estado, con la palabra "perdón" resonándole en la cabeza como una condena.
Era domingo.
Nadie abrió los bancos hasta el lunes.
Pero el lunes, cuando llegó, trajo consigo una tormenta que arrasaría con todo.
*_*
Las primeras veinticuatro horas se borran solas.
Eso dice la gente que ha perdido todo. Que la memoria hace un apagón para protegerlos, que el cerebro desconecta las cámaras de seguridad interna porque no está preparado para grabar semejante horror.
Maya no sabe si eso es cierto. Lo que sí sabe es que hay cosas que no puede olvidar, por mucho que lo intente. Fragmentos. Esquirlas de vidrio que se le clavan en la mente y se niegan a salir.
Recuerda el llanto de su madre en la comisaría. No fue un llanto bonito, de esos que salen en las películas con lágrimas perfectas que resbalan por mejillas impecables.
Fue un llanto feo, desgarrado, animal. Renata Velini, la mujer que nunca levantaba la voz, que organizaba cenas benéficas con la elegancia de una reina, se derrumbó en una silla de plástico de la sala de espera y lloró con la boca abierta y la nariz goteando, sin importarle quién la viera. Maya la abrazó. No sabía qué más hacer. Nunca había tenido que consolar a su madre.
Era siempre al revés.
Recuerda al abogado de la familia, un hombre de trajes caros y sonrisa falsa llamado Sebastián Aguirre, diciendo las palabras que sonaron a sentencia:
—No puedo hacer nada, Renata. Las pruebas son contundentes. Mateo ha presentado documentos, testigos, registros contables… Todo apunta a Alessandro. Yo no puedo luchar contra eso. Al menos no ahora.
Mateo. El nombre resonó en la cabeza de Maya como un disparo. Su tío. El hombre que le había regalado un pony cuando tenía ocho años. El que la había llevado a montar en bicicleta por el parque cuando su padre estaba fuera por negocios.
El que siempre le decía "princesa" con esa voz cálida y paterna. Todo había sido mentira. Cada sonrisa, cada abrazo, cada "te quiero, sobrina". Máscaras. Todo máscaras.
Recuerda la mirada de su padre al ser esposado. Alessandro Velini, el hombre que había construido un imperio, el patriarca, el pilar inquebrantable, reducido a un hombre esposado en el recibidor de su propia casa.
Su traje de casa arrugado. Sus manos, que habían firmado contratos millonarios, ahora inmovilizadas por el acero frío. Y luego, justo antes de que se lo llevaran, Alessandro giró la cabeza. La miró por encima del hombro. Sus ojos, los mismos ojos que Maya veía cada mañana en el espejo, estaban llenos de algo que ella nunca había visto en ellos: derrota.
Sus labios formaron una palabra. Una sola. Maya la leyó antes de oírla, porque era la palabra que más odiaba en ese momento, la que menos quería escuchar, la que sonaba a claudicación, a rendición, a adiós.
Perdón.
Maya quiso gritarle que no lo perdonaba. Que no podía perdonarlo por dejarlas solas, por no haber visto la traición que se cocinaba en su propia sangre, por haber confiado en el hombre equivocado. Pero las palabras no salieron.
Se quedaron atascadas en su garganta, como espinas, y lo único que pudo hacer fue ver cómo la puerta se cerraba detrás de él.
*_*
Esa noche durmieron en la casa. Todavía no sabían que también la perderían.
La mansión de los Velini, que de día era un monumento al éxito, de noche se convirtió en un museo de la desolación. Las luces no se encendieron.
El mayordomo, confundido y asustado, preguntó si necesitaban algo antes de irse. Renata no respondió. Maya negó con la cabeza. Y entonces se quedaron solas.
Maya no durmió. Se sentó en la cama de su madre, con la espalda apoyada en el cabecero de madera tallada, y escuchó la respiración entrecortada de Renata.
Su madre se había dormido de puro agotamiento, pero su sueño era inquieto, lleno de sobresaltos, de pequeños gemidos que escapaban de sus labios cerrados.
Maya pensó en su padre, en alguna celda, en algún calabozo. ¿Tendría frío? ¿Le habrían dado de comer? ¿Estaría solo? La palabra "perdón" seguía resonando en su cabeza como una campana rota.
Cuando el sol se filtró por las rendijas de las persianas, Maya supo que nada volvería a ser igual.