Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 3: Las Cadenas no Rótulas
Victoria se apoyó contra la pared, limpiándose la sangre de la boca con la mano. Sus ojos brillaban con un peligro dorado que hizo que los sicarios de Alexey dieran un paso atrás involuntariamente.
—Besas como un bárbaro sin modales —dijo ella, recuperando el aliento pero manteniendo la postura erecta como si llevara una corona sobre la cabeza.
Alexey se arrancó el abrecartas de bronce del hombro con un gesto seco, sin desviar la mirada de la joven. La sangre manchaba la camisa blanca de diseñador, pero el dolor era secundario frente a la tormenta de fascinación y rabia que amenazaba con destruirlo por dentro. Jamás en su vida una mujer lo había hecho sangrar, y mucho menos lo había mirado con semejante superioridad.
—Iván, bajen las armas —ordenó Alexey a sus hombres sin quitarle el ojo de encima a Victoria.
—Señor, esta mujer es un peligro... mató a más de diez hombres... —protestó el segundo al mando.
—¡He dicho que bajen las armas! —rugió el jefe mafioso, su voz haciendo retumbar las paredes de la estancia.
Los sicarios obedecieron de inmediato. Alexey avanzó despacio hacia el escritorio, tomó una botella intacta de vodka de la repisa y se la empinó directamente, derramando un poco sobre la herida de su hombro para desinfectarla.
—Tu familia me debía tres millones de dólares —comentó Alexey, limpiándose la boca con la manga—. Te entregaron para saldar la deuda. Se suponía que eras una miserable sirvienta para los caprichos de Boris.
—Mi "familia" cometió el error de vender un cuerpo que ya no les pertenece —replicó Victoria, caminando hacia la ventana que daba a la ciudad iluminada—. Esos mediocres que llevan mi misma sangre pagarán por la insolencia de ponerme un precio. Pero primero, hablemos de este lugar.
Se giró hacia Alexey, apoyando las manos en el respaldo del sillón de piel.
—Este casino ahora es mío. Tus hombres que sobrevivieron trabajarán para mí, y la mitad de las ganancias de este distrito serán mi tributo. Si intentas interponerte, la próxima vez que te clave un metal no será en el hombro, sino en el corazón.
Alexey soltó una carcajada oscura y profunda. Se acercó a ella hasta quedar a un palmo de distancia, ignorando la amenaza implícita.
—Nadie le exige tributos a Alexey Volkov en esta ciudad, preciosa —susurró él, inclinándose para que su voz grave le rozara la oreja—. Pero me gustas. Me fascina la idea de ver cómo intentas destruirme. Te dejo el casino. Considéralo un regalo para mi nueva enemiga favorita.
—No es un regalo, es una incautación —corrigió ella, clavándole los ojos con una altivez aplastante.
—Nos veremos muy pronto, Reina —concluyó Alexey. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, haciendo una señal a sus hombres para que recogieran los cadáveres—. Y prepárate, porque la próxima vez no me voy a limitar a un beso.
Victoria lo observó marchar con los brazos cruzados. Sabía que la guerra con ese magnate mafioso apenas comenzaba, pero la sangre en sus venas volvía a arder con el entusiasmo de la conquista. La ciudad pronto recordaría el nombre de la verdadera soberana.
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La mansión de la familia Silva, ubicada en el distrito residencial más exclusivo de la ciudad, olía a tabaco de corte caro, brandy envejecido y una falsa sensación de victoria. En el salón principal, decorado con molduras de yeso dorado y retratos al óleo de antepasados mediocres, Don Héctor Silva celebraba junto a su hijo mayor, Julián. Ambos levantaban sus copas de cristal pesado, brindando por la noche en que habían logrado sacudirse la deuda que amenazaba con hundir sus empresas de fachada.
—Te lo dije, hijo —comentó Don Héctor, acomodándose en el sillón de orejas con una sonrisa autosuficiente—. Las mujeres de esta casa deben servir para el progreso de la familia. Esa muchacha callada y estúpida nos estaba costando una fortuna en manutención. Entregársela a Boris fue la jugada perfecta. No solo canceló la deuda del juego, sino que el tipo prometió darnos una comisión por la exclusividad de las mesas VIP del casino.
Julián dejó escapar una risa burlona, dando un trago largo a su copa.
—Pobre infeliz —dijo el hermano, sin el menor rastro de remordimiento en la mirada—. Lloraba como una condenada cuando los hombres de Boris la subieron a la camioneta. Creía que la enviábamos a un internado en el extranjero. Supongo que a estas horas ya habrá aprendido cuál es su verdadero valor en este mundo. Para cuando Alexey Volkov se entere de la transacción, la niña ya habrá pasado por diez manos diferentes y la deuda estará saldada legalmente.
Sin embargo, la risa de los dos hombres se vio interrumpida bruscamente cuando las puertas dobles del salón se abrieron de golpe. No fue un criado abriendo paso con cortesía, sino un impacto violento que hizo temblar la carpintería de cedro.
Por el umbral no entró ninguno de los guardaespaldas de la mansión. Entró una sombra.
Victoria caminaba con la cadencia pausada de un monarca recorriendo su salón de actos. Llevaba un vestido de noche en seda negra que había tomado de la suite privada del casino, ceñido a la figura y con una abertura lateral que dejaba ver las marcas de sangre seca en sus piernas. A su lado, temblando como hojas al viento pero sosteniendo armas automáticas con manos torpes, caminaban dos de los sicarios supervivientes del casino, convertidos ahora en sus perros de caza personales por puro terror.
Don Héctor Silva se puso de pie bruscamente, derramando el brandy sobre la alfombra persa. Julián se quedó petrificado con la copa a medio camino de los labios.
—¿Qué demonios significa esto? —rugió el padre, intentando disimular el escalofrío que le recorrió la espalda al ver la mirada de la joven—. ¿Cómo entraste aquí? ¿Dónde están los guardias de la puerta? ¡Y qué hace esa criada vestida de esa manera!
Victoria no respondió de inmediato. Se acercó a la mesa de licores, tomó una copa limpia, sirvió un chorro de licor y dio un sorbo sutil, saboreándolo antes de mirar a los dos hombres con una piedad aterradora.
—Los hombres de la entrada descubrieron que las gargantas no funcionan muy bien cuando se les corta la arteria carótida —dijo Victoria. Su voz, profunda y cargada de una elegancia glacial, resonó en las paredes de la estancia con un eco que no pertenecía a este mundo—. Y en cuanto a tus preguntas, "padre"... este cuerpo sobre el que pusisteis precio ha muerto. La criatura asustada a la que vendisteis para salvar vuestros números miserables ya no existe.
—¡Estás demente! —gritó Julián, metiendo la mano bajo el saco para buscar la pistola de bolsillo—. ¡Boris te rompió la cabeza! ¡Voy a llamar a sus hombres para que te lleven de vuelta al calabozo del casino!
Victoria ni siquiera parpadeó. Con un gesto imperceptible de la mano, canalizó un pulso de gravedad comprimida. Julián no alcanzó a sacar el arma; cayó de rodillas al suelo entre alaridos cuando los huesos de sus dos rótulas se fracturaron internamente con un chasquido seco.
Don Héctor retrocedió hasta chocar contra el escritorio, con los ojos fuera de las órbitas y el rostro blanco como el papel.
—Boris está muerto —continuó Victoria, caminando hacia su hermano caído y apoyando el taconazo de su zapato sobre la mano del joven, aplastándole los dedos contra el parqué—. Sus hombres están muertos. El casino pertenece a mi corona. Y vosotros, pequeños parásitos que os creéis aristócratas de la mafia, acabáis de entrar en la lista de mis tributarios.
—¡Somos tu familia! —balbuceó el padre, temblando de terror.
—La realeza no tiene familia; tiene súbditos o cadáveres —corrigió la Reina, inclinándose para mirar a Julián a los ojos mientras el joven sollozaba de dolor—. Os dejo vivos hoy porque quiero que sintáis la agonía de ver cómo desmonto cada una de vuestras propiedades. Mañana a primera hora, todas las escrituras de esta mansión y de vuestras empresas importadoras serán transferidas a mi nombre. Si protestáis, no os romperé las piernas... os desollaré vivos frente a vuestros propios criados.
Victoria se puso de pie, dio media vuelta y caminó hacia la salida sin volver la vista atrás. Detrás de ella, los sollozos de Julián y los jadeos de terror de Don Héctor marcaron el inicio del fin de la dinastía Silva. La venganza de la antigua soberana apenas estaba desplegando sus alas.