La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 10 — Entre la Vida y la Oscuridad
La habitación del hospital estaba sumida en tensión.
Los curanderos rodeaban la cama de Ayla.
Los frascos vacíos se acumulaban sobre una mesa.
Los hechizos de cura se lanzaban sin interrupción.
Aun así, la situación seguía siendo crítica.
Magnus permanecía al lado de la cama.
No se iba de allí.
No comía.
No dormía.
Los ojos enrojecidos delataban el cansancio acumulado.
Pero se negaba a abandonar a aquella niña.
La niña que había salvado su vida.
La niña a la que llamaba hija.
—¿Cómo está? —preguntó por décima vez.
El curandero jefe observó los monitores.
—El corazón se estabilizó.
Magnus soltó el aire lentamente.
—¿Entonces va a despertar?
El hombre vaciló.
Y aquella vacilación fue suficiente.
—¿Qué me estás ocultando?
El curandero desvió la mirada hacia Ayla.
—Su cuerpo está reaccionando a los tratamientos.
Pero la mente no.
El Alfa frunció el ceño.
—Explícate.
—Es como si se negara a volver.
El silencio se apoderó de la habitación.
Magnus sintió una opresión en el pecho.
Porque entendía exactamente lo que aquello significaba.
Ayla estaba cansada.
Cansada de sufrir.
Cansada de ser acusada.
Cansada de ser lastimada.
Y una parte de ella simplemente se había rendido.
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Dentro de su propia consciencia, Ayla caminaba por una floresta cubierta de niebla.
Todo parecía tranquilo.
Silencioso.
Distante.
El dolor había desaparecido.
Las acusaciones habían desaparecido.
El sufrimiento había desaparecido.
A su lado caminaba Luna.
Su loba.
El pelaje plateado brillaba bajo la luz de la luna.
—¿Estamos muertas? —preguntó Ayla.
—No.
—Parece que sí.
Luna se sentó sobre la hierba.
—Puedes volver.
—¿Y para qué?
La pregunta salió cargada de tristeza.
Ayla observó la luna sobre ellas.
—¿Volver para qué?
¿Para seguir siendo humillada?
¿Para seguir sufriendo?
¿Para seguir perdiendo personas importantes?
Luna no respondió de inmediato.
Porque no existía una respuesta fácil.
—Magnus te necesita.
—Magnus va a estar bien.
—¿Estás segura?
Ayla se quedó en silencio.
Entonces otra imagen surgió ante ella.
Magnus tomándole la mano.
Llorando.
Aquella visión hizo que algo doliera dentro de ella.
Pero no fue suficiente.
Todavía no.
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Pasaron tres días.
Ayla seguía inconsciente.
La noticia se difundió por toda la manada.
Muchos miembros empezaron a visitar el hospital.
Algunos dejaban flores.
Otros rezaban por su recuperación.
Mientras tanto, los cinco herederos cargaban un peso creciente.
Ninguno de ellos lograba ignorar la culpa.
Sobre todo después del descubrimiento sobre Selena.
En la habitación compartida de la mansión, Kael observaba la lluvia por la ventana.
—Necesitamos hablar con ella.
Darius levantó la cabeza.
—¿Con Selena?
—Sí.
Finn apretó los puños.
—Quiero oír su explicación.
Lucien se quedó en silencio.
Desde el incidente en el hospital, casi no hablaba.
La culpa los estaba consumiendo a todos.
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Aquella misma tarde, los cinco encontraron a Selena en el jardín.
Apenas los vio, la joven palideció.
O fingió palidecer.
—Vinieron.
Nadie respondió.
El silencio era pesado.
Incómodo.
Selena apretó las manos.
—Sé que están decepcionados de mí.
Kael cruzó los brazos.
—El médico confesó.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
Rápidamente.
Como siempre.
—Yo no quería que las cosas llegaran tan lejos.
—¿Entonces por qué lo hiciste? —preguntó Rowan.
Selena bajó la cabeza.
El cuerpo empezó a temblarle.
—Porque tenía miedo.
Darius frunció el ceño.
—¿Miedo de qué?
—De quedarme sola.
Las lágrimas se le derramaron.
Perfectas.
Calculadas.
Lo bastante convincentes para alcanzar a unos hombres que ya estaban emocionalmente golpeados.
—Nunca tuve a nadie.
Nunca tuve familia.
Nunca tuve amigos.
Cuando llegué aquí...
Ustedes fueron los primeros en acogerme.
Finn desvió la mirada.
Selena lo notó.
Estaba funcionando.
—Entonces vi a Ayla.
Vi lo importante que era para todos ustedes.
Vi cuánto la amaban todos.
La voz se le quebró.
—Y me asusté.
Kael se mantuvo serio.
Pero ya no parecía tan furioso como antes.
—Eso no justifica lo que hiciste.
—Lo sé.
Empezó a llorar aún más.
—Lo sé.
Pero ustedes no entienden.
Yo de verdad creía que ella me odiaba.
Lucien por fin habló.
—Ayla nunca odió a nadie.
Selena negó con la cabeza.
—Ustedes no oían la forma en que me hablaba.
—Porque desconfiaba de ti —respondió Rowan.
—Y yo desconfiaba de ella.
La joven se limpió las lágrimas.
—Todo se salió de control.
Yo solo quería protegerme.
El silencio volvió.
Porque aquella era exactamente el arma más peligrosa de Selena.
Nunca parecía una villana.
Nunca parecía cruel.
Siempre parecía frágil.
Lastimada.
Rota.
Y eso confundía a todos a su alrededor.
—Yo no quería que Ayla acabara en ese estado.
La voz le salió baja.
—Nunca lo quise.
Kael observó a la joven durante largos segundos.
Una parte de él quería creerle.
Otra parte recordaba la cama del hospital.
Los aparatos.
La piel pálida de Ayla.
La posibilidad de perderla.
—Nos mentiste.
Selena bajó los ojos.
—Sí.
—Muchas veces.
—Sí.
—Y todavía estás ocultando algo.
Por un instante, algo brilló en su mirada.
Algo sombrío.
Algo que desapareció antes de que nadie lo notara.
—No estoy ocultando nada.
Pero sí lo estaba.
Y mucho.
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Aquella noche, Magnus seguía sentado al lado de la cama de Ayla.
La habitación estaba en silencio.
Solo el sonido de los aparatos quebraba la quietud.
El Alfa sostenía una carta.
La misma carta enviada por Xavier.
La había encontrado entre las pertenencias de Ayla.
Y había releído aquellas líneas decenas de veces.
—Eres terca igual que yo.
La voz le salió baja.
—Entonces deja de huir.
Sus dedos apretaron la mano de ella.
—Vuelve.
Por favor.
En ese mismo instante, dentro de la floresta de su consciencia, Ayla oyó aquella voz.
Distante.
Pero familiar.
Luna irguió las orejas.
—Te está llamando.
Ayla cerró los ojos.
Y, desde que había entrado en aquel lugar, una lágrima le corrió por el rostro.
Tal vez todavía existía alguien esperándola.
Tal vez todavía existía una razón para volver.
Pero, afuera, nadie lo sabía.
Porque, a todos los efectos...
Ayla seguía atrapada entre la vida y la muerte.
Y cada hora que pasaba disminuía sus posibilidades de despertar.