Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.
Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.
Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.
Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.
Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.
Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.
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Dieciocho
Muchos años antes
Victoria tenía dieciocho años y llevaba tres semanas convencida de que entrar a la universidad la había convertido en adulta.
No era verdad.
Su mamá todavía quería saber a qué hora terminaban sus clases. Su papá todavía preguntaba quién la iba a llevar cuando salía tarde. Y ella todavía tenía que calcular si le alcanzaba el dinero para almorzar y sacar las fotocopias de la semana.
Pero tenía un horario doblado dentro del bolso, un carné nuevo y la sensación de que, por fin, algo empezaba a pertenecerle solo a ella.
Aquella tarde salió más tarde de lo previsto.
El sol caía de frente sobre la calle y Victoria caminaba pegada a la sombra de los edificios, cargando una carpeta contra el pecho. Había cometido el error de ponerse zapatos nuevos y ya sentía una ampolla formándose en el talón.
—Excelente decisión —murmuró—. Primer mes de universidad y ya camino como señora de ochenta.
Un carro pasó a su lado.
Victoria ni siquiera levantó la cabeza.
Escuchó el motor alejarse.
Después, el sonido disminuyó.
Unos metros más adelante se encendieron las luces de freno.
Victoria siguió caminando.
El carro permaneció detenido.
Cuando estuvo cerca, la ventana del conductor bajó.
—Disculpa.
Victoria miró hacia adentro.
El hombre al volante era joven. No de su edad, pero tampoco mucho mayor. Cabello oscuro, camiseta negra, una mano sobre el volante y una expresión que parecía debatirse entre hablar y arrepentirse.
—¿Sí?
—¿Sabes dónde queda la avenida central?
Victoria lo miró.
Después miró la calle.
Luego volvió a mirarlo a él.
—¿En serio?
El desconocido frunció el ceño.
—Sí.
—Acabas de salir de ahí.
Él giró la cabeza hacia atrás.
Victoria tuvo que apretar los labios.
—Ah.
—Ajá.
—Entonces me pasé.
—Bastante.
Él sonrió.
Fue una sonrisa breve, sin esfuerzo, y Victoria tuvo la incómoda sensación de que la pregunta quizá no había sido tan inocente como parecía.
—Gracias —dijo él.
—De nada.
Victoria continuó caminando.
Había avanzado apenas unos pasos cuando escuchó otra vez el motor.
El carro se movió despacio a su lado.
—¿Ahora qué? —preguntó ella sin detenerse.
—Nada.
—Entonces deja de seguirme.
—No te estoy siguiendo.
Victoria señaló hacia atrás con el pulgar.
—La avenida central queda en la otra dirección.
El hombre soltó una risa.
—Está bien. Me descubriste.
Victoria se detuvo.
—¿Qué quieres?
Él también frenó.
—Saber tu nombre.
Ella lo observó unos segundos.
No parecía nervioso. Tampoco arrogante. Solo demasiado seguro de que aquella conversación podía continuar.
—¿Y para eso necesitabas perderte?
—No sabía cómo hacer que te detuvieras.
—Podías decir hola.
—Hola.
Victoria puso los ojos en blanco.
—Llegaste tarde.
—Entonces déjame intentarlo otra vez.
Ella debería haber seguido caminando.
Eso pensó después muchas veces.
No porque aquella conversación tuviera algo extraordinario. Al contrario. Fue ridículamente normal.
—Soy Stefano.
—Victoria.
—Mucho gusto, Victoria.
—¿Ya encontraste la avenida?
—Creo que sí.
—Perfecto.
Empezó a caminar otra vez.
—¿Te llevo?
—No.
—¿Vas lejos?
—No.
—¿Siempre contestas con una palabra?
Victoria giró la cabeza.
—Cuando quiero que alguien entienda rápido, sí.
Stefano sonrió otra vez.
—Está bien. Me voy.
—Excelente.
El carro avanzó.
Esta vez sí se alejó.
Victoria esperó hasta que dobló la esquina.
Entonces se dio cuenta de que estaba sonriendo.
—Qué ridículo.
Continuó hasta la parada.
No pensó que volvería a verlo.
Dos días después, al salir de clases, el mismo carro estaba estacionado al otro lado de la calle.
Victoria lo vio de inmediato.
Stefano estaba apoyado contra la puerta, con los brazos cruzados.
Ella disminuyó el paso.
—No puede ser.
Él levantó una mano.
—Hola.
—¿Otra vez perdido?
—Hoy vine preparado.
—¿Con mapa?
—Con una mejor excusa.
Victoria se acercó lo suficiente para hablar sin gritar, pero mantuvo la carpeta pegada al pecho.
—A ver.
Stefano sacó un papel doblado del bolsillo.
—Se te cayó esto el otro día.
Victoria lo tomó.
Era una hoja de su horario.
Su nombre estaba escrito arriba.
Lo miró a él.
—¿Por eso sabías dónde encontrarme?
—Decía el nombre de la universidad.
—Eso no responde mi pregunta.
—No.
—Stefano.
—Vine a devolvértelo.
—Dos días después.
—Ayer trabajé.
Victoria abrió el papel. Era suyo. Ni siquiera había notado que faltaba.
—Podías botarlo.
—Podía.
—Pero no lo hiciste.
—No.
La respuesta quedó entre los dos.
Victoria dobló la hoja con cuidado.
—Gracias.
—De nada.
Stefano se apartó del carro.
—Ahora sí puedo decir que vine por una razón legítima.
—Más o menos.
—¿Tienes hambre?
Victoria lo miró con desconfianza.
—¿Eso también estaba escrito en mi horario?
Él se rio.
—No. Pero son casi las cuatro.
Ella tenía hambre.
Mucha.
También tenía dieciocho años, una madre que esperaba que llegara temprano y suficiente sentido común para saber que no debía subirse al carro de un hombre que había conocido en la calle.
—Hay una cafetería ahí —dijo, señalando el local de la esquina—. Si quieres, puedes invitarme un café.
Stefano miró el local.
Después a ella.
—¿Eso significa que no confías en mí?
—Significa que no soy tonta.
—Me parece justo.
Entraron.
Victoria pidió café y algo de comer. Stefano pidió lo mismo, aunque después admitió que ya había almorzado.
—Entonces ¿por qué pediste comida?
—Porque tú pediste.
—Eso no tiene sentido.
—No quería que comieras sola.
Victoria lo miró por encima de la taza.
—Hablas bonito.
—¿Eso es malo?
—Todavía no sé.
Él sonrió.
Hablaron casi una hora.
Stefano tenía veintidós.
Trabajaba. No explicó demasiado en qué y Victoria tampoco insistió. Le gustó que no intentara impresionarla con dinero, planes o historias exageradas. Le preguntó por la universidad. Se burló de sus zapatos nuevos cuando ella terminó confesando que le estaban destruyendo los pies. Le dijo que hablaba demasiado rápido.
Ella le dijo que él hablaba demasiado lento.
—Entonces estamos mal —dijo Stefano.
—Terrible.
—No hay futuro.
Victoria se rio.
La palabra pasó sin importancia.
Futuro.
A los dieciocho años, el futuro era algo enorme y lejano. Algo que empezaba después de graduarse, después de conseguir trabajo, después de aprender a tomar decisiones sin pedir permiso.
No podía saber que algunas decisiones empezaban mucho antes de que una se diera cuenta de que las estaba tomando.
Cuando salieron, Stefano no volvió a ofrecer llevarla.
Eso le gustó.
Caminaron hasta la parada.
—¿Te puedo llamar? —preguntó él.
Victoria lo miró.
—¿Para qué?
—Para no tener que volver a perderme por aquí.
Ella sonrió a pesar suyo.
Le dio el número.
Stefano lo repitió para asegurarse de haberlo anotado bien.
Llegó el bus.
Victoria subió y encontró un asiento junto a la ventana.
Stefano seguía afuera.
Cuando el bus arrancó, él levantó la mano.
Victoria respondió al gesto.
Después se acomodó en el asiento y miró hacia adelante.
No sabía que Stefano había omitido cosas.
No sabía que, mientras ella volvía a casa pensando en aquella sonrisa, existía otra casa a la que él también regresaba.
Y todavía faltaba mucho para que aprendiera que una verdad incompleta puede parecerse demasiado a una verdad entera.