Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Mi pequeño inconveniente
Fabiano
Me giro en mi cama por quinta vez. Pensé que ya podría dormir bien. Lo hice las últimas dos noches.
Pero imagino que me equivoqué.
Aquí no puedo escuchar la respiración suave de Alessia.
Ni tampoco puede oler ese aroma dulce… a fruta y caramelo.
No pensé que Alessia pudiera ser un buen ansiolítico, pero lo es.
Los psiquiatras deberían embotellarla. Ganarían una fortuna.
Pateo las sábanas antes de volver a girarme y cerrar los ojos.
Un ruido en la puerta activa mis reflejos.
En menos de dos segundos estoy de pie apuntando con mi arma mientras enciendo la luz.
Alessia palidece con las manos en alto.
—Lo siento…yo…—comienza a decir, pero se calla al mismo tiempo que su mirada baja.
—¿Tú qué?
—Yo…Wow —exclama sin despegar sus ojos de mi polla.
—Alessia, concéntrate —le pido—. ¿Qué haces aquí? —pregunto mientras guardo mi arma—. ¿Alguien te atacó? ¿Uno de mis hombres te hizo sentir incomoda?
—Oh, sí —susurra con la mirada en mi entrepierna.
—¿Quién?
—Sí —repite—. Sí… Sí.
Me obligo a respirar y me acerco a ella. Tomo su barbilla y la obligo a mirarme a los ojos.
—¿Quién?
—¿Quién qué?
—¿Quién te hizo sentir incomoda?
Su ceño se arruga.
—No sé de qué estás hablando.
—Acabas de decir… Olvídalo. ¿Qué haces aquí?
Hace un mohín. —No puedo dormir.
—No soy tu canción de cuna.
—Lo sé.
—No puedes entrar a la habitación de alguien sin golpear.
—Lo sé —dice y su mirada vuelve a deslizarse hacia mi polla—. ¿Siempre duermes desnudo?
—Sí —digo mientras busco por la habitación mi pantalón.
—Solo… Wow —dice cuando le doy la espalda.
Me pongo el pantalón justo a tiempo. Mi cuerpo estaba reaccionando ante sus miradas.
—No tenías que...—susurra—, ya sabes, es tu habitación. Si quieres dormir desnudo no seré yo quien te diga que no puedes hacerlo.
—Ya quisieras —digo con una sonrisa.
—Oh, sí.
Mis ojos recorren su cuerpo envuelto en una delgada camisa de seda blanca y ahora soy yo quién no puede dejar de mirarla.
Sus pezones están tan excitados, que puedo ver su color y forma.
—¿Puedo dormir contigo?
—No creo que sea una buena idea.
—¿Por qué no? —pregunta haciendo un mohín y dando saltitos.
Gotas de sudor corren por mi frente cuando veo el movimiento de esos pechos.
—Porfis, porfis —pide mientras sigue saltando.
Tomo sus hombros y la detengo.
—Detente.
—Porfis.
—No es buena idea.
—Porfis...
—Alessia...
—Prometo no moverme.
Suspiro.
—Está bien. Solo esta noche —digo. Espero por su confirmación, pero no dice nada. Se lanza a la cama, en el lado que yo duermo y abraza mi almohada—. ¿Alessia?
—¿Sí?
—¿Es solo esta noche?
—Sí, sí. Lo que tú digas —murmura antes de que su respiración se vuelva más profunda.
Me acuesto al otro lado y la arropo antes de acostarme de espalda y mirar el cielo.
¿Por qué no puedo decirle que no?
Respiro profundamente antes de cerrar los ojos.
*****
Despierto lentamente.
Durante unos segundos no entiendo por qué he dormido tan bien, hasta que siento un peso tibio contra mi pecho.
Bajo la mirada.
Alessia.
Está completamente pegada a mí.
Su cabeza descansa bajo mi barbilla y uno de sus brazos rodea mi cintura como si hubiera dormido así toda la vida.
Su respiración cálida atraviesa la piel en mi pecho.
Permanezco inmóvil.
No quiero despertarla.
Una pequeña arruga aparece entre sus cejas antes de acomodarse todavía más cerca de mí.
Su nariz roza distraídamente mi cuello.
Exhalo despacio.
Mala idea.
Muy mala idea.
Bajo la vista sin querer.
La sábana se ha deslizado hasta sus pantorrillas y la tela casi transparente de su camisa no deja mucho a la imaginación.
Sus pechos empujan la tela dibujando su silueta con demasiada claridad.
Su camisa se ha levantado y puedo ver sus bragas blancas, su vientre bajo y ese delicado ombligo.
Aprieto la mandíbula.
Tiene dieciocho años.
Una chica que apenas está descubriendo el mundo.
Y peor aún… confía en mí.
No puedo permitir que mi cabeza olvide ninguna de esas dos cosas.
Intento apartarme con cuidado.
Ella protesta en sueños con un pequeño murmullo incomprensible y vuelve a abrazarme.
Esta vez incluso más fuerte.
Cierro los ojos un instante.
Maldita sea.
Mi cuerpo reacciona antes de que mi conciencia tenga tiempo de ponerle freno.
No.
No.
Con muchísimo cuidado aflojo sus brazos alrededor de mi cintura y deslizo una almohada en mi lugar.
Alessia la abraza de inmediato.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios dormidos. Como si esa almohada realmente fuera yo.
No sé si eso me tranquiliza o empeora las cosas.
Paso una mano por mi rostro.
Necesito pensar con claridad.
Y ahora mismo mi cuerpo está haciendo exactamente lo contrario.
Alessia se mueve dejando al descubierto su culito respingón.
Y es tan malditamente tentador que me obligo a entrar al baño y cerrar la puerta con seguro.
Mi respiración está agitada, como si hubiese corrido una pequeña maratón.
Y mi polla está preparada para jugar.
Abro la cabina de la ducha y me meto en ella.
El agua helada golpea mi espalda.
Perfecto.
Eso es exactamente lo que necesitaba.
Apoyo ambas manos contra la pared.
—Contrólate, Conti —mascullo mirando mi polla que se alza orgullosa.
Ella confía en ti, me recuerdo. Y será mejor que jamás tenga un motivo para dejar de hacerlo.
Mi polla late exigiéndome un alivio, pero la ignoro.
No soy esa clase de hombre.
Me gusta el sexo. Me gusta demasiado. Pero no cederé al impulso de tocarme con la imagen de una mujer, que no ha consentido, como un enfermo.
Alessia me agrada.
Me gusta su inocencia, su sentido del humor, y sobre todo, su torpeza.
Me gusta, pero no la deseo.
—No la deseas, Conti —mascullo.
No lo hago.
Mi polla duele, gritándome que estoy equivocado.
La ignoro.
Necesito una distracción.
Saldré a correr.
Entro en mi habitación con una toalla envuelta a mi alrededor.
Camino hasta mi walk-in closet y dejo caer la toalla mientras busco un buzo.
Necesito salir a correr. Ya mismo.
—¿Puedo usar tu…? —Me giro cuando escucho su voz. Sus ojos están mirando la orgullosa erección entre mis piernas—. Wow…—susurra mientras su cara se enciende—. Yo… tengo que irme —dice antes de salir corriendo y desaparecer.
Apoyo mi espalda contra la pared y dejo salir el aire que estaba reteniendo.
Alessia Castelli se acaba de convertir en un inconveniente para mi salud mental.
Y los inconvenientes... siempre terminan convirtiéndose en problemas.
los niños iguales a Fabiano 🥰