La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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EL DETONANTE DEL CAOS Y LA FURIA DE LOS CIMIENTOS
El calor que desprendía la bolsa de papel estraza contrastaba de manera violenta con el frío polar que Miranda intentaba proyectar a través de su mirada. Tenía los dedos aferrados al borde del alféizar de la ventana como si fuera el ancla de un barco a punto de zozobrar en medio de una tormenta perfecta.
—No voy a recibir nada. Salgan de mi propiedad antes de que cuente hasta tres —advirtió Miranda con un hilo de voz que intentaba sonar implacable, aunque el temblor en sus labios traicionaba la fachada de acero que tanto le habíacostado levantar.
Gael no se inmutó. Al contrario, con una lentitud exasperante y una gracia felina, dio un paso más hacia el interior del estudio, cruzando la línea invisible que separaba el jardín exterior de su santuario privado. La cercanía de su metro noventa de altura, combinado con esa presencia arrolladora y el aroma a sándalo y noche, hizo que el despacho de Miranda pareciera de pronto la mitad de su tamaño real.
—Uno... dos... —comenzó a dictar Miranda con los dientes apretados, señalándolo con el índice.
—Te vas a enfriar si sigues a la intemperie con ese traje sastre tan formal, Miri —interrumpió Gael con su voz ronca, una mezcla de risa contenida y una ternura desconcertante—. Además, ignorar una ofrenda gastronómica hecha con tanto esfuerzo por mi comité de control de calidad debería considerarse un delito federal.
Zoe, que seguía de pie en el césped oscuro con la bolsa extendida, asintió con solemnidad teatral.
—Exacto, señora de concreto. Las empanadas no tienen la culpa de que estés peleada con el mundo un domingo a las ocho de la noche.
Miranda abrió la boca para replicar con una andanada de insultos legales y administrativos, pero antes de que pudiera emitir un solo sonido, Gael acortó la escasa distancia que los separaba. Con un movimiento rápido, suave y absolutamente desprovisto de malicia táctica, estiró una mano grande y cálida, le retiró con infinita delicadeza un mechón de cabello rebelde que le caía sobre la sien, y se inclinó.
No fue un abrazo, ni una formalidad corporativa. Fue un roce cálido, rápido y definitivo: los labios de Gael rozaron la comisura de la boca de Miranda en un beso de despedida tan inesperado como eléctrico.
El tiempo pareció detenerse dentro del estudio. Miranda se quedó completamente petrificada, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que una descarga de corriente pura le recorría desde la nuca hasta la punta de los dedos de los pies. El mundo de planos, reglas, simetrías y control absoluto se evaporó en el segundo exacto en que la piel de él rozó la suya.
—Buenas noches, ingeniera Guzmán. Que descanse y piense en los radios de curvatura... o en nosotras —murmuró Gael con una sonrisa torcida, dándose la media vuelta con la misma agilidad con la que había aparecido.
—¡Papá, misión cumplida! Déjala antes de que le dé un cortocircuito cerebral —susurró Zoe entre risas contenidas, mientras ambos comenzaban a alejarse a trotecitos ligeros hacia el jardín lateral, perdiéndose entre las sombras de los arbustos con la misma complicidad con la que habían entrado.
Durante varios segundos, Miranda se quedó estática, mirando fijamente el punto vacío donde un segundo antes había estado la silueta de Gael. Su respiración era un huracán descontrolado y sus dedos se elevaron lentamente para rozar la comisura de sus labios, donde todavía parecía arder el eco fantasmal de aquel contacto.
El estupor duró exactamente lo que tardó su cerebro en reiniciar el sistema operativo de la furia.
De golpe, la sangre le hirvió en las sienes con una temperatura volcánica. El desconcierto se transformó en una rabia ciega, pura y desatada que hizo que sus ojos brillaran en la oscuridad del estudio.
—¡Estúpido! ¡Insoportable! ¡Cínico de alcantarilla! —estalló Miranda en un grito ahogado, golpeando con la palma de la mano abierta contra el marco de la ventana hasta que le dolió la piel.
Cerró el ventanal de un solo golpe seco que hizo temblar los cristales, corrió el cerrojo de seguridad con tanta fuerza que casi arranca la manilla, y se giró hacia su escritorio con el rostro desencajado por la indignación.
¿Un beso? ¿A ella? ¿A la CEO de Guzmán & Asociados, la mujer que había blindado su existencia bajo capas de hormigón armado y distancia profesional? ¡Aquel hombre acababa de cruzar todas las líneas rojas del código penal, de la decencia corporativa y del sentido común!
—¡Me besó! ¡Me besó en mi propia casa como si fuera una colegiala distraída! —se enfurecía Miranda caminando de un lado a otro de la habitación, tirando un bolígrafo al suelo de la pura impotencia—. ¡Se acabó! ¡Mañana mismo, a primera hora, redactaré una adenda al contrato donde se prohíba cualquier tipo de interacción física que supere el metro y medio de distancia! ¡Voy a solicitar una orden de restricción perimetral para él y para su cómplice de coletas!
Sin embargo, a pesar de los gritos que lanzaba al aire y de la furia que la hacía tiritar de pies a cabeza, había una verdad aplastante y terrorífica que ni siquiera sus mejores muros de concreto podían ocultar: el corazón que llevaba más de diez años enterrado bajo capas de hielo acababa de dar un salto tan violento en su pecho que amenazaba con derrumbar toda su estructura desde los cimientos.