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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:680
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El té, la visita y una cercanía demasiado evidente

Beatrice Montclair había decidido que tomar té con Lord Nathaniel Ashford no debía ser considerado una actividad peligrosa.

Era té.

Una bebida civilizada.

Una institución respetable.

Una mezcla de hojas, agua caliente y la ilusión colectiva de que la sociedad era manejable si una sostenía la taza con suficiente elegancia.

Y, sin embargo, cuando Clara anunció a Lord Ashford aquella tarde, Beatrice miró la tetera como si pudiera estallar.

—No haga esa cara —dijo Lady Agatha desde su sillón.

—No estoy haciendo ninguna cara.

—Querida, pareces una mujer que sospecha que el azúcar ha tomado partido.

—El azúcar siempre toma partido. Por eso es tan popular.

Clara, desde la puerta, preguntó:

—¿Lo hago pasar, milady?

Lady Agatha miró a Beatrice.

Beatrice miró la bandeja de té.

La cinta verde estaba sobre el tocador, arriba, en su habitación. Visible. Reparada. No puesta.

No escondida.

Solo allá.

Eso, por alguna razón, la hacía sentir menos preparada.

—Sí —dijo Lady Agatha—. Hazlo pasar.

Clara desapareció.

Beatrice acomodó su falda con excesivo cuidado.

—No entiendo por qué debe venir hoy.

—Porque lo invitamos.

—Usted lo invitó.

—Tú no te opusiste.

—No oponerme no equivale a entusiasmo.

—Últimamente, en tu caso, no oponerte equivale casi a una declaración.

Beatrice la miró con horror.

—Retire eso.

—No puedo. Ya fue dicho.

Nathaniel entró antes de que Beatrice pudiera defenderse.

—Lady Agatha —saludó—. Señorita Montclair.

—Lord Ashford —respondió Lady Agatha.

—Lord Ashford —dijo Beatrice.

Él la miró un instante.

No a su cabello.

No buscando la cinta.

A ella.

Aquello era mucho peor.

—Espero no llegar en mal momento —dijo él.

—Está por verse —respondió Beatrice.

Lady Agatha carraspeó.

—Beatrice.

—Quise decir que el té aún no ha sido evaluado.

Nathaniel pareció intentar no sonreír.

—Entonces aguardaré el veredicto.

Clara entró con la bandeja y sirvió las tazas. La escena habría sido perfectamente normal si Beatrice no recordara, con una claridad inconveniente, la mano de Nathaniel en la suya dentro del invernadero.

No había sido un accidente.

No había sido rescate.

No había sido rumor.

Había sido una petición.

Y ella había dicho sí.

Ahora sus manos estaban separadas por una mesa, dos tazas, una jarra de leche y toda la prudencia de Valdoria.

Beatrice tomó su taza.

—¿Ha devuelto Sebastián el cactus?

Nathaniel bajó la mirada al té.

—No.

—¿No?

—Ha decidido que el cactus necesita “estabilidad emocional”.

Lady Agatha cerró los ojos.

Beatrice soltó una risa antes de poder detenerla.

—Naturalmente. ¿Tiene nombre ya?

—Sebastián propuso Horace.

Beatrice dejó la taza con cuidado.

—¿Como el spaniel?

—Eso señaló mi madre.

—¿Y?

—Sebastián dijo que todos los grandes nombres merecen una segunda oportunidad.

Lady Agatha murmuró:

—Ese joven necesita ocupación.

—Muchas —dijo Nathaniel.

Beatrice se apoyó un poco en el respaldo del sofá.

—¿Y usted permitió que se quedara con el cactus?

—No estaba seguro de que el cactus estuviera peor en su compañía que en la mesa de Bellhaven.

—Su criterio se está volviendo flexible.

—Me preocupa.

—Debería.

Nathaniel sonrió.

No mucho.

Lo suficiente.

Lady Agatha observó aquella sonrisa con demasiada atención y luego se levantó.

—Creo que Clara necesita ayuda con la despensa.

Beatrice giró hacia ella.

—Tía.

—La despensa es fundamental para el equilibrio doméstico.

—Usted no ha entrado en la despensa desde que yo tenía doce años.

—Por eso mismo. Debo supervisar.

Lady Agatha salió sin esperar respuesta.

Beatrice miró a Nathaniel.

—Esto se está volviendo una costumbre.

—¿Su tía abandonándonos con explicaciones débiles?

—Sí.

—Mi madre también practica ese arte.

—Deberían formar una sociedad.

—Me temo que ya lo hicieron.

El silencio que quedó no fue incómodo al principio.

Ese fue el problema.

Beatrice esperó la necesidad de decir algo brillante, de cubrir la pausa con una broma, de protegerse de la tranquilidad con algún comentario sobre teteras, cactus o hombres que parecían muebles costosos, pero habían perdido el título.

No llegó.

Solo estaba Nathaniel sentado frente a ella, sosteniendo su taza con una corrección casi ofensiva, mirándola sin exigir que la conversación avanzara.

Beatrice se sintió cómoda.

Y eso la asustó.

—No haga eso —dijo.

Nathaniel levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—Estar aquí como si no fuera peligroso.

—No sabía que lo era.

—Lo es.

—¿El té?

—La comodidad.

Nathaniel dejó la taza sobre el platillo.

No demasiado rápido.

No demasiado lento.

Como si incluso el movimiento mereciera consideración.

—Entiendo.

—No, no entiende. O tal vez sí, que es peor.

Él esperó.

Maldito hombre.

Beatrice miró hacia la ventana. Afuera, el jardín Montclair tenía un aire de tarde tranquila, de flores discretas, de senderos donde una podía caminar sin que Lady Harcourt apareciera con un pañuelo. Injusto que el mundo fingiera calma cuando ella estaba descubriendo algo tan incómodo.

—Con usted me siento… —empezó.

Se detuvo.

Nathaniel no terminó la frase por ella.

Eso también la irritó.

—Cómoda —dijo al fin, como si la palabra fuera una acusación.

Nathaniel la recibió con la seriedad de un juramento.

—Me alegra.

—No debería alegrarse demasiado.

—Intentaré no hacerlo.

—Se nota que ya falló.

—Sí.

Beatrice lo miró.

Él no estaba sonriendo, no abiertamente, pero había una luz suave en sus ojos que no necesitaba boca para traicionarlo.

—Es espantoso —dijo ella.

—¿Que se sienta cómoda?

—Que me alegre de que a usted le alegre.

Nathaniel bajó la mirada un instante.

Cuando volvió a mirarla, algo en él parecía menos contenido.

No imprudente.

Solo presente.

—No usaré eso contra usted —dijo.

Beatrice sintió que sus dedos se cerraban sobre la falda.

—¿Qué?

—Su comodidad. Su cansancio. Su silencio. Si algún día no tiene una respuesta, no la tomaré como permiso. Si un día se queda tranquila a mi lado, no lo convertiré en deuda.

Beatrice respiró despacio.

La habitación se había vuelto demasiado quieta.

—Usted tiene una manera muy inconveniente de decir cosas hermosas.

—Estoy intentando eliminar la inconveniencia.

—No lo haga.

Nathaniel la miró.

—¿No?

—No todavía.

La frase quedó entre ellos.

Más cerca que la mesa.

Más cerca que el té.

Beatrice sintió tarde que había permitido algo. No con las manos esta vez, sino con la voz.

Nathaniel no se movió.

Eso fue casi peor que si lo hubiera hecho.

—Beatrice —dijo él.

Su nombre sonó bajo.

No como pregunta.

No como reclamo.

Como presencia.

Ella miró sus manos.

—Estoy cansada.

Nathaniel se quedó completamente serio.

—Entonces no hablemos.

—Eso no era una invitación a que se marche.

—No lo tomé así.

—Bien.

—Tampoco era una obligación a que me quede.

Beatrice alzó la vista.

—Lord Ashford.

—Sí.

—Si sigue aclarando cada posibilidad, tendré que pedirle que redacte un documento.

—Podría hacerlo.

—No se atreva.

Él sonrió.

La tensión se suavizó.

No desapareció.

Solo aprendió a respirar.

Beatrice se recostó un poco más en el sofá. No de manera impropia. No dramática. Solo lo suficiente para permitir que el cansancio del día, de los rumores, de las palabras no dichas y de las cintas visibles encontrara un lugar donde sentarse.

Nathaniel no llenó el silencio.

No intentó entretenerla.

No la miró como si su quietud fuera una invitación.

Solo permaneció allí.

Cerca.

Pero no demasiado.

Presente.

Pero no encima.

Beatrice cerró los ojos un instante.

Solo un instante.

—No se ponga satisfecho —murmuró.

—No lo estoy.

—Mentira.

—Un poco.

Ella sonrió sin abrir los ojos.

—Muy deshonesto de su parte.

—Estoy aprendiendo.

La puerta se abrió con suavidad.

Beatrice abrió los ojos de inmediato.

Lady Agatha apareció en la entrada, seguida por Clara, que llevaba un plato con pastelillos.

Ambas miraron la escena: Beatrice recostada con una confianza que no había calculado, Nathaniel sentado frente a ella con una quietud demasiado cuidadosa, el té casi intacto y una paz sospechosa en la habitación.

Lady Agatha no dijo “ah”.

Eso fue, quizá, lo más misericordioso que había hecho en semanas.

Clara, en cambio, dejó los pastelillos sobre la mesa y murmuró:

—La despensa sobrevivió, milady.

Beatrice se enderezó de inmediato.

—No había nada que sobrevivir.

Clara la miró.

—Me refería a la despensa, señorita.

—Claro.

Nathaniel tomó su taza con una compostura que Beatrice reconoció como un esfuerzo heroico por no sonreír.

Lady Agatha se sentó.

—Qué tarde tan tranquila.

Beatrice miró a su tía.

—No use ese tono.

—¿Cuál?

—El de quien acaba de encontrar pruebas y ha decidido archivarlas para usarlas más tarde.

Lady Agatha tomó un pastelillo.

—No archivo pruebas.

Nathaniel bajó la vista.

Beatrice lo señaló.

—No se ría.

—No lo estoy haciendo.

—Está acumulando risa.

—Eso no puede probarse.

—Todo puede probarse con suficientes tías.

Lady Agatha sonrió.

—Querida, eso es cierto.

La visita continuó con una normalidad casi insultante. Hablaron de la colecta benéfica, de Lady Harcourt y de la posibilidad de que Sebastián hubiera intentado alimentar al cactus con migas de pastelillo. Nathaniel confirmó que sí. Beatrice no quiso saber más.

Cuando Nathaniel se levantó para marcharse, Beatrice lo acompañó hasta la entrada del salón.

Lady Agatha no fingió no mirar.

Clara sí.

Mejor que Lady Agatha, al menos.

—Gracias por el té —dijo Nathaniel.

—Apenas lo bebió.

—Gracias por la intención del té, entonces.

—Eso suena como algo que usted escribiría en un documento.

—Estoy conteniéndome.

—Por una vez, lo apruebo.

Hubo una pausa.

Beatrice notó que la quietud entre ellos ya no le parecía una amenaza.

Solo un lugar.

—Nathaniel.

Él se quedó atento.

—Sí.

—No me molesta que se quede cuando estoy tranquila.

La frase fue torpe.

Nada elegante.

Terriblemente expuesta.

Nathaniel la recibió como si fuera algo precioso.

—Gracias por decírmelo.

—No se ponga satisfecho.

—No.

—Está muy serio.

—Lo estoy.

—Eso tampoco ayuda.

Y entonces él sonrió apenas.

—Me quedaré cuando quiera que me quede.

—No he dicho que quiera siempre.

—Lo sé.

—Ni que vaya a decirlo claramente.

—También lo sé.

—Puede que lo diga con indirectas muy razonables.

—Las escucharé con atención.

—Eso fue demasiado complaciente.

—Intentaré corregirlo.

Ella casi rio.

—Váyase antes de que lo haga peor.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—Señorita Montclair.

—Lord Ashford.

Él se marchó.

Beatrice permaneció un momento en la entrada, escuchando sus pasos alejarse.

Cuando volvió al salón, Lady Agatha bebía té con expresión inocente.

Demasiado inocente.

—No diga nada —advirtió Beatrice.

—No pensaba hacerlo.

Clara apareció para retirar la bandeja.

—El té se enfrió, señorita.

—El té fue víctima de circunstancias.

—Sí, señorita.

Lady Agatha levantó las cejas.

Beatrice suspiró.

—Fue una visita normal.

—Por supuesto —dijo Lady Agatha.

—Con té.

—Sí.

—Y conversación.

—Naturalmente.

—Y nada más.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Querida, a veces “nada más” es exactamente lo que una necesitaba.

Beatrice no respondió.

Esa noche, al subir a su habitación, encontró la cinta verde sobre el tocador.

Visible.

Reparada.

La sostuvo un momento entre los dedos.

No la había usado.

No la había necesitado.

Y, aun así, la cinta parecía entender perfectamente lo ocurrido.

Beatrice se sentó frente al espejo y se miró con seriedad.

—No estoy enamorada —dijo.

La frase sonó demasiado alta en la habitación.

Demasiado preparada.

Demasiado tarde.

La cinta, por suerte, no respondió.

Pero Beatrice la dejó visible.

Por si acaso.

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