Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo V Carga insoportable
Punto de vista de Alberto
Haberme divorciado de Elena fue la mejor decisión de mi vida. Para empezar, nunca debí enredarme con ella. No puedo negar que, cuando la conocí, me deslumbró su belleza e inteligencia; me dejé llevar por un deseo carnal que terminó siendo mi ruina.
Elena se convirtió en una carga insoportable. Cuando quedó embarazada y tuve que casarme con ella, dejé ir al verdadero amor de mi vida. En ese momento, yo era solo un joven abogado impulsando su carrera; dejar sola y embarazada a una estudiante universitaria, que además era mi alumna habría destruido mi futuro profesional. Esa fue la decisión más difícil que he tomado. Camila, la mujer a la que realmente amaba, se marchó lejos obligada por su padre, mientras yo me hundía en un matrimonio infeliz con unos hijos a los que no quería, pero que terminaron sirviéndome para atormentar a mi esposa.
Sin embargo, todo cambió dos años antes de divorciarme, con el regreso de Camila al país. Lucía más hermosa que nunca y su carrera como diseñadora había sido un rotundo éxito. Ella todavía me amaba, así que decidimos darnos otra oportunidad. Aun así, la sombra de Elena no me dejaba vivir esa relación a plenitud. Pero me dije a mí mismo que, si soportaba un par de años más, al fin podría ponerle punto final a ese matrimonio de mentiras para casarme con la mujer correcta.
Mi gran sorpresa fue cuando, por iniciativa de la propia Elena, ya cansada de mis maltratos, acordamos el divorcio. Al principio me preocupaba que quisiera reclamar parte de la fortuna que tanto me costó amasar, pero la muy tonta no pidió nada más que llevarse a sus dos hijos. Por supuesto, no podía desperdiciar semejante oportunidad: sin pensarlo mucho firmé el dichoso documento y finalmente quedé libre.
Hoy, a un año de haberme separado, estoy a solo un paso de casarme con el amor de mi vida.
—Osito, necesito comprar algunas cosas para la boda. ¿Será que vamos juntos? —preguntó Camila, usando ese tono dulce que tanto me gustaba.
—Por supuesto que sí, amor mío. Sabes que lo que pidas, lo tienes —respondí mientras la tomaba por la cintura y la pegaba a mi cuerpo.
—Solo falta una semana para convertirme finalmente en la señora de Fábregas. Estoy tan emocionada por presumirte con mis amigas...
No la dejé terminar de hablar; la silencié con un beso apasionado, cargado de todo el deseo que mantuve contenido durante años. Camila era la mujer más hermosa del mundo y por ella era capaz de bajar las estrellas.
Esa tarde gasté una pequeña fortuna dándole cada capricho que pedía, aunque el dinero no me preocupaba demasiado: al final, cuando nos casáramos, lo de ella sería mío y lo mío, suyo.
Llegamos a casa, donde mi madre y mi hermana nos esperaban con una amplia sonrisa. Miranda siempre quiso a Camila a mi lado, jamás a la inútil de Elena.
—Al fin llegan, justo a tiempo para la cena —nos recibió mi madre con entusiasmo.
—Cuñada, veo que la pasaste de maravilla hoy. Me caes excelente, así que presiento que seremos grandes cómplices en esto de ir de compras —intervino Melissa, tomando a Camila del brazo para guiarla hacia la mesa.
—Por supuesto que sí, cuñada. Haremos un gran equipo gastando dinero —respondió Camila entre risas.
Sentir la paz que Camila traía a mi hogar me hacía sentir pleno. Al fin las discusiones constantes de mi madre y mi hermana con mi esposa habían quedado en el pasado. El ambiente en la casa era totalmente diferente.
Una semana después me encontraba al final del pasillo principal, esperando a mi prometida. Ya nos habíamos casado por el civil y ahora nos uniríamos ante Dios. Toda la alta sociedad de la ciudad estaba allí reunida; en ese instante me sentía un hombre poderoso, importante y con un futuro envidiable.
La iglesia quedó en absoluto silencio cuando las grandes puertas de madera se abrieron de par en par. Por ellas apareció la mujer más hermosa que jamás había conocido.
Camila llevaba un majestuoso vestido de novia que se ajustaba a la perfección a su figura, un diseño exclusivo de su propia marca. Caminaba hacia mí tomada del brazo de su arrogante padre quien, en cuestión de días y ante la inminente boda, había cambiado su actitud distante hacia mí.
—Te entrego mi mayor tesoro. Espero que la cuides y la respetes —dijo Fabriccio Moncada al llegar al altar, con ese tono sutilmente amenazador que siempre lo caracterizaba.
—La recibo con honor, señor Moncada, y le prometo que a mi lado jamás le faltará nada —respondí con firmeza.
La ceremonia comenzó envuelta en un ambiente cargado de emoción, sellando la promesa de que, a partir de ese momento, mi vida cambiaría para siempre.