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Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Amor eterno
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: vicki hernandez

Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor

Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.

NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

2 reglas?

LUNA BIANCHI

Desde que Luna Bianchi era pequeña, había sido considerada la princesa de la familia Bianchi.

No porque ella lo hubiera pedido.

Simplemente había nacido en una familia donde cinco hermanos mayores estaban dispuestos a hacer prácticamente cualquier cosa por ella y donde sus padres, especialmente su padre, habían decidido que Luna tendría una infancia llena de amor, protección y algunos privilegios.

Aunque, siendo sinceros, también había sido demasiado consentida.

Desde niña había tenido una habitación enorme, juguetes por todas partes, hermanos dispuestos a cargarla cuando se cansaba de caminar y una familia que podía convertir cualquier pequeño problema suyo en una emergencia nacional.

Pero también había reglas.

Reglas familiares que todos los hermanos conocían.

Y Luna, por ser la única mujer entre ellos, tenía algunas reglas bastante particulares.

Había una que su padre había establecido hacía muchos años.

Y había otra que Luna misma había inventado.

La segunda, por supuesto, era bastante más absurda.

Pero nadie se atrevía a romperla.

MATEO

Eran aproximadamente las doce de la madrugada cuando Mateo Bianchi abrió los ojos de golpe.

Respiraba pesadamente.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Miró el techo de su habitación y trató de tranquilizarse mientras pasaba una mano por su rostro.

Otra vez.

La misma pesadilla.

Camila.

Su rostro.

Su voz.

Sus palabras.

«Tú nunca vas a ser lo suficiente hombre para una mujer como yo.»

Mateo cerró los ojos.

Habían pasado dos años.

Dos años desde aquella noche en la que su prometida había decidido terminar con él cuando faltaban apenas unos días para su boda.

Dos años desde que había dejado de confiar en las mujeres.

Dos años desde que había aprendido que una persona podía sonreírte mientras destruía algo dentro de ti.

Y esa noche, después de verla nuevamente en el restaurante, su mente había decidido recordarle absolutamente todo.

Mateo se sentó en la cama y respiró profundamente.

—Maldita sea...

Se levantó.

Necesitaba beber algo.

Agua.

Tal vez leche.

Cualquier cosa que pudiera ayudarlo a relajarse y conseguir dormir nuevamente.

Salió de su habitación y bajó a la cocina.

La casa estaba completamente silenciosa.

Todos dormían.

Después de servirse un vaso de agua, Mateo permaneció unos segundos apoyado contra la encimera.

Pensó en sus hermanos.

En Luna.

En la forma en que ella había tomado su mano debajo de la mesa cuando Camila comenzó a hablar.

No había dicho demasiado.

No había hecho una escena.

Pero Mateo había entendido perfectamente el mensaje.

Estoy contigo.

Y eso había significado mucho más de lo que Luna probablemente imaginaba.

Terminó su vaso y comenzó a subir las escaleras.

Cuando llegó al segundo piso, notó algo.

La puerta del dormitorio de Luna estaba abierta.

La luz estaba encendida.

Mateo frunció el ceño.

—Seguro se quedó dormida con la luz prendida otra vez.

Era algo que Luna hacía desde pequeña.

Entraba a su habitación, se acostaba un momento para revisar el teléfono y, cuando se daba cuenta, ya estaba dormida.

Mateo negó con la cabeza.

Como buen hermano mayor, decidió apagarle la luz y cerrar la puerta.

Pero cuando se acercó, escuchó voces.

Se detuvo.

Reconoció inmediatamente la voz de Luna.

Y también la de Cami.

Mateo no tenía intención de escuchar una conversación privada.

De verdad que no.

Pero entonces oyó su propio nombre.

Y se quedó quieto.

—Cami, hubieras visto su cara —decía Luna, intentando contener una risa—. Estaba tan enojada. Y más cuando le conté... Ale parecía que me quería matar.

Mateo levantó ligeramente las cejas.

¿De qué estaban hablando?

La voz de Cami se escuchó desde el teléfono.

—¿Y estás segura de que tu hermano está enamorado?

Luna soltó una pequeña risa.

—Sí. Yo creo que sí está enamorado. Y más de tu tocaya.

Mateo abrió un poco los ojos.

¿Qué?

¿Estaban hablando de él?

¿De una mujer?

¿De quién?

Luna continuó hablando, pero Mateo no alcanzó a escuchar claramente todo lo que dijo.

—Bueno, descansa, preciosa. Ya es tarde. Me cuentas mañana lo demás.

—Sí. Descansa, linda.

La llamada terminó.

Mateo permaneció frente a la puerta unos segundos.

Y entonces, para su propia sorpresa, sonrió.

No una sonrisa enorme.

Una pequeña.

Casi imperceptible.

Pero suficiente.

Por primera vez desde que había visto a Camila aquella noche, sintió que algo dentro de él se relajaba.

No sabía quién era esa mujer de la que hablaban.

No sabía si realmente estaba enamorado.

Ni siquiera sabía por qué escuchar a Luna hablar de una posible mujer en su vida le había provocado tranquilidad.

Pero había algo que sí sabía.

Su hermanita estaba de su lado.

Y eso era suficiente.

Mateo apagó la luz del pasillo y regresó a su habitación.

Esa noche, finalmente, pudo dormir.

Sin pesadillas.

AL DÍA SIGUIENTE

La mañana siguiente comenzó como cualquier otra en la casa Bianchi.

El comedor estaba lleno.

Gabriel Bianchi estaba en la cabecera de la mesa leyendo algunas noticias en su teléfono mientras desayunaba.

Allegra conversaba con los demás.

Gael discutía con Santiago por una tontería.

Leo intentaba comer tranquilamente.

Benjamin revisaba algunos mensajes.

Y Mateo estaba sentado en silencio.

Pero había algo diferente.

Tenía una pequeña sonrisa en el rostro.

Tan pequeña que probablemente nadie la habría notado si no lo conocieran tan bien.

Sin embargo, sus hermanos sí la notaron.

Gael fue el primero.

Lo observó unos segundos.

—¿Por qué estás sonriendo?

Mateo levantó la mirada.

—No estoy sonriendo.

—Sí estás sonriendo.

—No.

—Sí.

—Gael, come.

—Eso significa que definitivamente estás sonriendo.

Santiago soltó una carcajada.

—Déjalo. Tal vez finalmente encontró una razón para no parecer un cadáver.

Mateo negó con la cabeza.

—Están locos.

En ese momento Luna bajó las escaleras.

Entró al comedor con su habitual tranquilidad y tomó asiento.

—Buenos días.

—Buenos días, pequeña —respondió Santiago.

—Buenos días, princesa —dijo Gael.

Luna sonrió.

—Buenos días.

Comenzó a desayunar.

Mateo la observó unos segundos.

Luna parecía completamente normal.

Demasiado normal.

Como si la conversación de la noche anterior no hubiera ocurrido.

Como si no hubiera seguido a Camila hasta el baño.

Como si no hubiera dicho absolutamente nada.

Mateo entrecerró los ojos.

Esta mujer cree que puede esconderme algo.

Terminó su desayuno.

Esperó.

Esperó hasta que todos comenzaron a levantarse.

Y entonces habló.

—Luna.

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

—¿Podemos hablar a solas?

El tono de Mateo hizo que todos se detuvieran.

Incluso Gabriel levantó la mirada de su teléfono.

Gael dejó de comer.

Santiago miró a Benjamin.

Leo arqueó una ceja.

Luna parpadeó.

—Claro.

Mateo se levantó.

Luna hizo lo mismo.

Ambos salieron del comedor.

Caminaron hacia el patio trasero de la casa.

Era un lugar que los hermanos Bianchi conocían desde niños.

Habían corrido por aquel jardín.

Habían jugado escondidas.

Habían enterrado pequeños tesoros.

Habían tenido sus primeras peleas.

Y también habían compartido secretos.

Mateo se sentó sobre el pasto.

Luna se sentó a su lado.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Hasta que Mateo rompió el silencio.

—¿Por qué lo hiciste?

Luna frunció el ceño.

—¿Hacer qué?

Mateo la miró directamente.

—Hablar con Camila en el baño.

Luna abrió ligeramente los ojos.

—¿Cómo supiste que hablé con Camila en el baño?

Mateo soltó una pequeña risa.

—Luna...

—¿Qué?

—Ya dime.

Ella suspiró.

Sabía que no podía escapar.

—Bien.

Mateo esperó.

Luna miró hacia el jardín.

—¿Recuerdas que nuestro padre nos dio muchas reglas cuando éramos pequeños?

—Sí.

—Bueno... a mí me dio una regla que me dijo que no podía romper nunca.

Mateo sonrió.

—¿Y cuál es esa regla?

Luna se acomodó el cabello detrás de la oreja.

—Una vez papá me dijo...

Se aclaró la garganta y trató de imitar la voz grave de su padre.

—«Lunita, cuando pase algo y haya gente mirando, puedes resolverlo de dos maneras. La primera es reaccionar como esas personas que quieren llamar la atención: gritan, dicen groserías, golpean, insultan o hacen un escándalo. Tú no debes reaccionar así.»

Mateo comenzó a sonreír.

Luna continuó.

—«Debes reaccionar como la segunda persona. No grita, no dice groserías y no golpea. Va con esa persona, habla en privado y le dice la verdad. Porque recuerda algo, hija: la verdad puede lastimar mucho más que un golpe o una grosería.»

Mateo asintió lentamente.

—Eso suena exactamente a papá.

—Lo sé.

—¿Y eso fue lo que hiciste?

Luna asintió.

—Sí.

Mateo permaneció callado.

—Pero hay otra razón.

—¿Cuál?

Luna giró la cabeza hacia él.

—Es otra regla.

Mateo levantó una ceja.

—¿Otra regla de papá?

—No.

Luna sonrió.

—Esa me la inventé yo.

Mateo soltó una carcajada.

—Por supuesto.

—¿Qué?

—Sabía que había una trampa.

Luna cruzó los brazos.

—La regla dice que yo soy la única persona que tiene permitido lastimar a mis hermanos.

Mateo la miró incrédulo.

—¿Qué?

—Físicamente o sentimentalmente.

—Luna...

—Es una regla muy importante.

—¿Y por qué tú tienes permitido lastimarnos?

Ella señaló hacia la casa.

—Vivo con cinco hermanos. Uno de ellos tiene como pasatiempo hacerme bromas y luego yo soy la que termina afectada.

Mateo se echó a reír.

—Estás hablando de Gael.

—Por supuesto.

—No, espera. Yo nunca te he hecho una broma.

Luna lo miró con una sonrisa.

—Exactamente.

Mateo levantó una mano.

—Yo te defiendo de Gael y de cualquiera que quiera hacerte daño.

Luna bajó la mirada.

Su expresión se suavizó.

—Lo sé.

Mateo dejó de sonreír.

—Y ayer...

Luna respiró profundamente.

—Ayer era mi turno.

Mateo la observó.

—¿Mi turno de qué?

Luna levantó la mirada.

—De defender a mi hermano.

Mateo permaneció en silencio.

Aquellas palabras le llegaron mucho más profundo de lo que esperaba.

Porque durante toda su vida él había sentido que era su responsabilidad proteger a Luna.

Desde que ella era una niña pequeña, había sido uno de los hermanos que se interponían entre ella y cualquier problema.

Si Gael hacía una broma demasiado pesada, Mateo intervenía.

Si alguien molestaba a Luna, Mateo aparecía.

Si alguien la hacía llorar, los hermanos Bianchi se enteraban.

Pero nunca había pensado que Luna también lo veía de esa manera.

Como su hermano.

Como alguien que necesitaba protección.

Mateo bajó la mirada hacia sus manos.

—No tenías que hacerlo.

Luna frunció el ceño.

—Sí tenía.

—Podías haberte metido en problemas.

—No hubo ningún escándalo.

—Pero Camila...

—No me importa Camila.

Mateo levantó la mirada.

Luna estaba completamente seria.

—Me importa que seas mi hermano.

Mateo sintió un nudo en la garganta.

Luna continuó.

—Ayer ella te humilló delante de todos. Tú no dijiste nada porque no querías hacer una escena. Y lo entendí. Pero eso no significa que yo tuviera que quedarme sentada.

Mateo tragó saliva.

—Luna...

—Tú has pasado años defendiéndome.

Ella sonrió ligeramente.

—Incluso cuando no necesitaba que lo hicieras.

Mateo soltó una pequeña risa.

—Eso es verdad.

—Entonces déjame hacerlo alguna vez.

Él la miró durante varios segundos.

Después extendió una mano y despeinó suavemente su cabello.

—Está bien, pequeña.

Luna apartó su mano.

—¡No me despeines!

Mateo se rio.

—Sigues siendo mi hermanita.

—Tengo veintitrés años.

—Y sigues siendo mi hermanita.

—No soy una niña.

—Para mí sí.

Luna puso los ojos en blanco.

—Todos ustedes están obsesionados con eso.

Mateo volvió a sonreír.

Pero antes de levantarse, miró nuevamente a Luna.

—Gracias.

Ella dejó de bromear.

—¿Por qué?

—Por ayer.

Luna sostuvo su mirada.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo.

Mateo tomó su mano.

—Porque ayer, después de mucho tiempo, alguien me recordó que todavía tengo una familia que está conmigo.

Luna apretó su mano.

—Siempre la has tenido.

Mateo asintió.

—Lo sé.

Ambos permanecieron unos segundos en silencio.

Después Luna sonrió.

—Además, Camila cometió un error.

—¿Cuál?

—Se metió con un Bianchi.

Mateo soltó una carcajada.

—Eso sí fue un error.

—Y contigo no se mete nadie.

—¿Ni siquiera tú?

Luna sonrió.

—Yo sí.

—Ah, claro.

—Es mi regla.

—Tu absurda regla.

—Mi importantísima regla.

Mateo negó con la cabeza.

—Está bien, princesa.

Luna sonrió.

Y por primera vez en mucho tiempo, Mateo sintió que aquella herida que llevaba dos años cargando ya no pesaba exactamente igual.

Porque quizá no necesitaba demostrarle a Camila que era suficiente.

No necesitaba demostrarle nada a ninguna mujer.

Tenía a sus padres.

Tenía a sus hermanos.

Y tenía a Luna.

La pequeña niña que había protegido durante toda su vida ahora estaba aprendiendo a protegerlo a él.

Y, aunque jamás lo admitiría delante de sus hermanos, aquella mañana Mateo Bianchi se sintió un poco más fuerte.

No porque Camila hubiera dejado de existir.

Sino porque finalmente había entendido que sus palabras ya no tenían el mismo poder sobre él.

Su familia había hablado más fuerte.

Y esa voz era la única que realmente necesitaba escuchar.

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Graciela Maldonado
lo odia pero lo ama 🥰🥰
Graciela Maldonado
está muy interesante ya quiero saber el final 👏
Graciela Maldonado
🥰
Graciela Maldonado
es muy interesante muero por saberlo que viene después.
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