Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
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Capítulo 11: El eco del pasado
La luz del atardecer se filtraba a través de los ventanales del penthouse, pintando las paredes de tonos naranjas y dorados que bailaban sobre las superficies de mármol. Valentina estaba de pie frente al ventanal, con el anillo de zafiro brillando en su dedo como una promesa cumplida, y sentía que el mundo era un lugar diferente al que había conocido hacía apenas unos meses.
El odio la había consumido durante años, la había transformado en una máquina de venganza sin corazón. Pero ahora, con el peso del metal contra su piel y el calor de la mirada de Mateo en la nuca, Valentina descubría que el amor podía ser igual de poderoso. Quizás más.
"¿En qué piensas?", preguntó Mateo, acercándose a ella por detrás y rodeándola con sus brazos. Su barbilla descansó sobre su hombro, y ella sintió el latido de su corazón contra su espalda.
"En lo rápido que cambia la vida", respondió ella, con la voz suave. "Hace seis meses, estaba planeando cómo destruirte. Y ahora... ahora estoy planeando cómo pasar el resto de mi vida contigo."
Mateo la giró lentamente para enfrentarla, y sus ojos grises buscaron los de ella con una intensidad que la hacía sentir desnuda. "¿Y te arrepientes?", preguntó, y aunque su tono era ligero, Valentina percibió la vulnerabilidad bajo las palabras.
"Nunca", dijo ella, levantando una mano para acariciar su mejilla. "Cada paso que di, cada error que cometí, cada noche que pasé soñando con venganza... todo me llevó hasta aquí. Hasta ti."
Mateo inclinó la cabeza y presionó sus labios contra la palma de ella, un gesto tan tierno que Valentina sintió que el corazón se le derretía en el pecho. "Eres lo mejor que me ha pasado", susurró. "Y no pienso dejar que nada ni nadie te quite de mi lado."
Valentina sonrió, pero en el fondo de su mente, una pequeña sombra se movía. Había algo que no le había contado a Mateo. Algo que había descubierto en los archivos de Álvarez, algo que había guardado para sí misma mientras procesaba la información.
Su madre no había muerto solo en un accidente de coche. Había pruebas de que alguien había manipulado el vehículo antes del accidente. Y ese alguien no era Mateo. Era otra persona. Alguien que todavía estaba libre.
No sabía cómo decírselo. No sabía si debía decírselo. Pero la sombra la perseguía como un eco del pasado, recordándole que algunas heridas nunca terminan de cerrarse.
La noche cayó sobre la ciudad, y Valentina y Mateo cenaron en la terraza, con las luces de los rascacielos parpadeando a sus pies como un mar de estrellas artificiales. La conversación fue ligera, llena de promesas y planes futuros, pero Valentina sentía que algo se interponía entre ellos. Una barrera invisible que ella misma había construido con sus silencios.
"Valentina", dijo Mateo, dejando su copa de vino sobre la mesa, "sé que hay algo que no me estás diciendo. He aprendido a leerte, y cuando algo te preocupa, tu mirada se vuelve distante, como si estuvieras en otro lugar."
Ella lo miró, y por un momento, consideró la posibilidad de contarle todo. Pero las palabras se atascaron en su garganta. No podía hacerle eso. No después de todo lo que habían pasado juntos.
"Es solo el cansancio", mintió, con una sonrisa que esperaba fuera convincente. "Han sido semanas intensas."
Mateo la miró durante un largo momento, y Valentina sintió que sus ojos grises la atravesaban, viendo más allá de sus mentiras. Pero no insistió. En lugar de eso, se levantó y caminó hacia ella, ofreciéndole su mano.
"Entonces bailemos", dijo, con una sonrisa suave. "La música y el movimiento siempre ayudan a despejar la mente."
Valentina tomó su mano, y juntos comenzaron a moverse al ritmo de una canción que solo ellos podían escuchar. La terraza se convirtió en su pista de baile, las luces de la ciudad en su escenario, y por un momento, Valentina logró olvidar la sombra que la perseguía.
Pero cuando el baile terminó y Mateo la besó suavemente, la sombra volvió a aparecer, recordándole que algunas verdades no pueden ser ignoradas para siempre.
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A la mañana siguiente, Valentina se despertó temprano, antes de que el sol asomara sobre el horizonte. Mateo seguía dormido a su lado, su respiración profunda y regular, su rostro relajado en la paz del sueño. Durante un largo momento, ella simplemente lo observó, memorizando cada línea de su rostro, cada cana en sus sienes, cada cicatriz invisible que la vida había grabado en su piel.
Luego, con cuidado de no despertarlo, se levantó y caminó hasta la oficina del penthouse. Allí, encerrada en un cajón con llave, guardaba los documentos que había encontrado en el ordenador de Álvarez.
Los abrió con manos temblorosas y comenzó a leerlos de nuevo, buscando algún detalle que hubiera pasado por alto. Había una serie de correos electrónicos entre Álvarez y un contacto anónimo, en los que discutían el "accidente" de hacía veinte años. Los correos eran vagos, pero había suficientes pistas para que Valentina supiera que no había sido un accidente.
Alguien había querido matar a su madre. Y Álvarez, que en ese momento era un joven empleado de la empresa de su padre, había sido el intermediario.
La pregunta era: ¿quién había dado la orden?
Valentina cerró los archivos y apoyó la cabeza en las manos. La respuesta estaba ahí, en algún lugar, esperando a ser descubierta. Pero cada vez que intentaba seguir el rastro, se encontraba con un callejón sin salida. Como si alguien hubiera borrado cuidadosamente todas las huellas.
"¿Qué haces despierta tan temprano?"
La voz de Mateo la sobresaltó, y cerró el ordenador con un golpe seco. Se giró y lo vio en la puerta de la oficina, con el cabello despeinado y los ojos aún somnolientos. Llevaba solo los pantalones del pijama, y la luz del amanecer se filtraba a través de los ventanales, iluminando su torso desnudo.
"¿Mateo?", dijo ella, con la voz más tensa de lo que habría querido. "Pensé que estabas durmiendo."
"Desperté y no estabas", dijo él, caminando hacia ella. "Me preocupé. ¿Estás bien?"
"Sí", mintió ella, con una sonrisa que esperaba que fuera convincente. "Solo estaba revisando unos documentos. Cosas del trabajo."
Mateo la miró durante un largo momento, y Valentina sintió que sus ojos la atravesaban, viendo más allá de sus mentiras. "Valentina", dijo, con voz suave pero firme, "llevo veinte años aprendiendo a leer a las personas. Y sé cuándo alguien me está ocultando algo. ¿Qué está pasando?"
Valentina dudó. Podía seguir mintiendo, podía protegerlo de la verdad para no causarle más dolor. O podía confiar en él, como él había confiado en ella.
"Encontré algo", dijo finalmente, con la voz baja. "En los archivos de Álvarez. Algo sobre la muerte de mi madre."
Mateo palideció. "¿Qué quieres decir?"
"Quiero decir que no fue un accidente", dijo ella, y al decirlo en voz alta, la verdad se sintió más pesada que nunca. "Alguien manipuló el coche. Alguien quiso matarla. Y Álvarez estaba implicado."
El silencio que siguió fue tan absoluto que Valentina podía oír el latido de su propio corazón. Mateo se quedó inmóvil, como si las palabras hubieran sido un golpe físico.
"¿Estás segura?", preguntó finalmente, con la voz ronca.
"Sí", dijo ella, con la certeza de quien ha pasado noches en vela revisando pruebas. "Hay correos. Pruebas. Pero el rastro se pierde. No sé quién dio la orden. Solo sé que alguien lo hizo."
Mateo se acercó a ella y tomó sus manos entre las suyas. Sus ojos grises brillaban con una determinación que Valentina no había visto antes.
"Entonces lo descubriremos juntos", dijo, con voz firme. "Como hemos hecho con todo. Juntos."
Valentina sintió que una ola de alivio la envolvía. No estaba sola. Tenía a Mateo a su lado, y juntos podían enfrentar cualquier cosa.
Pero mientras él la abrazaba, Valentina no podía sacudirse la sensación de que algo más estaba acechando en las sombras. Algo que todavía no habían visto.
Algo que estaba esperando el momento exacto para atacar.