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El CEO y la Bebé

El CEO y la Bebé

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Niñero / Padre soltero / Amor eterno / Completas
Popularitas:268
Nilai: 5
nombre de autor: Vitória Tavares

Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.

Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.

Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.

Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.

Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.

Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.

NovelToon tiene autorización de Vitória Tavares para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 — Dejando caer la máscara

El reloj marcaba casi las diez de la noche cuando Patricia entró a su apartamento con tacones, arrojando la bolsa sobre el sofá de piel blanca.

La expresión en su rostro era de puro odio.

Se quitó los aretes con movimientos bruscos y caminó hasta el pequeño bar de la sala.

Se sirvió una copa generosa de vino.

Dio un trago largo.

Los ojos fijos en la nada.

Pero la mente completamente ocupada.

Eduardo Belmont.

Desde que él la había apartado en la oficina, algo dentro de ella ardía.

Rabia.

Orgullo herido.

Y, por encima de todo, ambición.

Caminó lentamente hasta el gran espejo junto a la ventana, observando su propio reflejo.

El vestido impecable.

El cabello perfectamente alineado.

El rostro hermoso y frío.

Se pasó la punta del dedo por el rostro y murmuró en voz baja:

— Hay alguien detrás de esto.

La voz salió cargada de irritación.

— Él no cambiaría así de la nada.

La copa fue depositada sobre la mesa con un pequeño chasquido.

Respiró hondo.

Repasando los últimos días.

Eduardo saliendo temprano del trabajo.

Rechazando bares.

Alejándose de ella.

Más presente en casa.

Sus ojos se entornaron.

— Esa niñera.

La palabra salió casi como veneno.

Patricia apretó los labios.

— Entonces es eso.

Caminó de nuevo hasta el espejo y cruzó los brazos.

La mirada sombría.

— Esa mocosa de verdad tenía que haber nacido.

La frase salió amarga.

— Maldita sea.

La imagen de la pequeña Clara le vino a la mente.

La heredera Belmont.

La única persona que ataba a Eduardo a esa casa.

A ese recuerdo.

A ese luto.

Y quizás… al camino hacia una nueva mujer.

Los ojos de Patricia brillaron con malicia.

— Pero no hay problema.

Levantó lentamente la mano izquierda, admirando el dedo anular.

Pasó la uña perfectamente arreglada sobre él y sonrió.

Una sonrisa fría y peligrosa.

— Cuando yo atrape al papacito de esa niña…

La voz salió dulce y venenosa al mismo tiempo.

— Y él por fin ponga un anillo en este dedito…

Señaló su propio dedo de la mano izquierda, como si ya pudiera sentir el brillo del diamante.

— Yo me encargo de esa mocosita…

Hizo una pausa.

La sonrisa se amplió.

— Y de quien se atreva a cruzarse en mi camino.

El silencio del apartamento pareció volver la frase aún más pesada.

Patricia llevó la copa a los labios una vez más.

Dio otro trago.

Y, por primera vez, un nombre surgió en su mente con nitidez.

Su mirada se endureció.

— Vamos a ver cuánto dura la niñera en esa casa.

Afuera, la lluvia fina comenzaba a caer contra los cristales.

Como una advertencia.

Una tormenta estaba a punto de desatarse.

La lluvia seguía cayendo fina del otro lado, golpeando los grandes ventanales del apartamento de Patricia.

La ciudad brillaba allá abajo.

Luces distantes.

Carros pasando.

La vida siguiendo su curso.

Pero dentro de aquella habitación, el aire se sentía pesado, casi sofocante.

Patricia entró al cuarto todavía vestida con la bata de seda negra.

El cabello suelto le caía perfecto sobre los hombros, pero su rostro estaba lejos de transmitir calma.

Había algo oscuro en su mirada.

Algo que crecía a cada minuto.

Se sentó al borde de la cama y se quedó inmóvil unos instantes.

La mente regresó, inevitablemente, a las noches con Eduardo.

Las manos de él en su cintura.

Los besos intensos.

La forma en que él la jalaba hacia sí.

La voz grave al oído.

Hasta hacía pocos días, todo eso parecía asegurado.

Estaba segura de que, tarde o temprano, él se rendiría por completo.

Sería suyo.

El hombre más codiciado de la empresa.

El CEO viudo, rico y poderoso.

Sus ojos se cerraron al recordar.

Casi podía sentir de nuevo los labios de él sobre los suyos.

La imagen fue tan vívida que el pecho le ardió.

Pero, junto con el recuerdo, vino la escena de la oficina.

La frialdad.

El distanciamiento.

La voz firme diciendo que se había acabado.

Los ojos de Patricia se abrieron de golpe.

Llenos de odio.

— No.

La palabra salió en un susurro duro.

Apretó la sábana entre los dedos.

— Tú no me haces esto, Eduardo Belmont.

La mente tomada por la mezcla de deseo y rabia.

Se levantó de golpe.

Comenzó a caminar por la habitación.

— Después de todo… —murmuró.

Sus ojos cayeron sobre la lámpara encendida en la mesita de noche.

La luz amarillenta parecía irritarla aún más.

En un impulso de furia, la agarró.

— ¡Maldita sea!

Y la estrelló con toda su fuerza contra la pared.

El sonido del impacto retumbó por la habitación.

El objeto se hizo pedazos en pequeños fragmentos.

Trozos esparcidos por el piso de madera.

El silencio que vino después fue denso.

Solo la respiración agitada de Patricia llenaba el espacio.

Miraba los pedazos de la lámpara en el suelo como si fueran la propia calma que había perdido.

Los ojos humedecidos no de tristeza…

sino de rabia.

— Esto no se va a quedar así.

La voz salió baja.

Respiró hondo.

Poco a poco, el rostro se endureció de nuevo.

La mujer herida dio paso a la mujer calculadora.

Y sonrió de forma sombría.

— Vas a volver a mí.

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