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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Dos caminos

Dieciséis años habían pasado desde aquella noche.

Dieciséis años desde que Clara y Emmet se despidieron frente a las puertas de cristal de un hospital, cada uno con un bebé en brazos, cada uno caminando en dirección opuesta.

En todo ese tiempo, ambos habían cumplido el acuerdo. Sus hijos crecerían sin saber que tenían un hermano. No era un secreto nacido del egoísmo, sino del miedo. ¿Cómo explicarle a un niño de cinco años que tenía un hermano al que no podía ver todos los días? ¿Cómo decirle que sus padres lo habían separado porque creían que era lo mejor?

Decidieron esperar. Cuando fueran adultos, les contarían la verdad. Entonces podrían decidir qué hacer con ella.

Hasta ese momento, Mozart crecería creyendo que era hijo único. Ronaldhino también.

---

Mozart llevaba cuarenta minutos en el tejado de la casa, con el violín apoyado en la rodilla y una partitura sujeta con una piedra para que el viento no se la llevara. No era el lugar más cómodo para practicar, pero era el único donde nadie le decía que bajara a cenar.

Abajo, en el jardín, su balón de fútbol descansaba contra la pared, desinflado de un lado, cubierto de barro seco. Llevaba tres días sin tocarlo. No porque no quisiera. Porque la audición de Manchester era en una semana y su profesora le había dicho que la chacona de Bach no se tocaba sola.

—¡Mozart!

La voz de Clara subió desde la cocina.

—¡Cinco minutos más!

—Llevas diciendo cinco minutos desde hace media hora. Baja. La cena se enfría.

Mozart suspiró. Guardó el arco, cerró la partitura y bajó por la escalera exterior con el violín colgado al hombro. Tenía dieciséis años, el cabello oscuro revuelto y una mancha de resina en la manga de la camiseta que probablemente llevaba ahí desde el martes.

En la cocina, Clara servía dos platos. Se había recogido el pelo en un moño flojo y tenía una partitura doblada junto al vaso de agua, como siempre. Mozart se sentó y atacó el plato sin ceremonia.

—¿Cómo va la chacona?

—Bien.

Clara levantó una ceja.

—¿Bien?

—Muy bien.

—¿Y el compás cuarenta y tres?

Mozart masticó más despacio.

—Ahí todavía me pierdo.

—Mañana lo trabajamos juntos. Antes de que te vayas al entrenamiento.

Mozart puso los ojos en blanco, pero sonreía.

—Sí, mamá.

Clara le revolvió el cabello al pasar.

—La audición no se decide por un compás. Se decide por lo que sientes cuando tocas. No lo olvides.

—No lo olvido.

Se quedaron en silencio un momento. Mozart miró el balón por la ventana. Clara siguió su mirada.

—¿Vas a entrenar esta semana?

—Si la audición me deja.

—Te dejará. Y después puedes patear todos los balones que quieras.

Mozart sonrió.

—¿Puedo llevar el balón a Manchester?

Clara rio.

—Solo si prometes no patearlo dentro del conservatorio.

—Trato hecho.

---

A tres mil kilómetros de allí, Ronaldhino terminaba su sesión de entrenamiento en la cantera del Manchester.

El entrenador silbó. Fin del ejercicio. Los muchachos se dispersaron hacia los vestuarios, pero Ronaldhino se quedó unos minutos más en el campo, repitiendo un control de balón que no le había salido bien. Una vez. Dos. Tres. A la cuarta, el balón se pegó a su bota como si estuviera cosido.

—¡Ronaldhino! ¡La ducha!

—¡Ya voy!

Recogió su bolsa del suelo. Dentro, envuelto entre las espinilleras, asomaba el arco del violín. Su compañero de vestuario lo miró con una mueca.

—¿Otra vez con eso?

Ronaldhino se encogió de hombros.

—Me relaja.

—Relájate con una videoconsola como todo el mundo.

Ronaldhino sonrió sin responder. Se colgó la bolsa al hombro y salió hacia el aparcamiento, donde Emmet lo esperaba apoyado en el coche con los brazos cruzados y una sonrisa.

—¿Cómo fue?

—Bien. El control del balón sigue costándome con la izquierda.

—Practica en casa.

—Practico en casa.

—Entonces practica más.

Ronaldhino se rio. Subió al coche. Mientras Emmet conducía, sacó los auriculares y se los puso. La música llenó el silencio del vehículo.

Emmet miró de reojo.

—¿Bach otra vez?

—Vivaldi hoy.

—¿Y eso?

—Las cuatro estaciones. La tercera. El verano. —Ronaldhino cerró los ojos—. Me gusta porque suena como un partido. Empieza tranquilo, se complica y al final explota.

Emmet sonrió. No entendía de música clásica. No de verdad. Pero entendía la pasión con la que su hijo hablaba de ella, y eso le bastaba.

—¿Practicas esta noche?

—Un rato. Antes de dormir.

—Bien. —Emmet hizo una pausa—. Tu profesora dijo que tienes audición para la orquesta juvenil el mes que viene.

—Sí.

—¿Estás preparado?

Ronaldhino se quitó un auricular.

—No.

Emmet rio.

—Entonces practica más.

—Eso siempre dices.

—Porque siempre funciona.

Ronaldhino sonrió. Volvió a ponerse los auriculares. Y Emmet condujo en silencio, con una mano en el volante y la otra tamborileando en el muslo al ritmo de una música que no conocía pero que, por alguna razón, le resultaba familiar. Le recordaba a algo. A alguien. A una noche de lluvia en un bar, hacía dieciséis años.

Apartó el pensamiento. Siempre lo hacía.

---

Aquella noche, Mozart practicó la chacona hasta que los dedos le dolieron. Después bajó al jardín, encendió la luz del porche y pateó el balón contra la pared hasta que Clara gritó desde la ventana que eran las once.

Aquella noche, Ronaldhino practicó el segundo movimiento de Vivaldi hasta que las cuerdas le dejaron marcas rojas en las yemas. Después hizo cincuenta abdominales en la alfombra de su cuarto porque el entrenador había dicho que el lunes habría prueba física.

Dos muchachos. Dos países. Dos vidas construidas en direcciones opuestas.

Mozart, hijo de una violinista, amaba el fútbol.

Ronaldhino, hijo de un futbolista, amaba el violín.

Y ninguno de los dos sabía que, en algún lugar del mundo, existía alguien con su misma cara, su misma sangre y exactamente la misma pasión cruzada.

En una semana, Mozart subiría a un avión hacia Manchester para una audición.

Ronaldhino estaría allí.

Todavía no lo sabían. Pero el mundo es más pequeño de lo que parece cuando dos personas están destinadas a encontrarse.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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