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El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Posesivo / Novia sustituta / Completas
Popularitas:307.4k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Dupi

Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.

Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.

Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.

Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.

Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.

¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13: Tres semanas, un temblor de dedo

El Dr. Aurelio Peña entró al cuarto de Max con el aire de quien viene a perder la tarde. Era el médico de cabecera de la familia Vargas desde hacía veinte años, un hombre de bata impecable y paciencia corta, y no le había hecho ninguna gracia que la nueva esposa —la nueva, dijo en la sala, como quien dice la última de una serie— consiguiera, por encima de Olivia y a través de Don Ernesto, que él viniera a hacer una evaluación con ella mirándole las manos.

Revisó a Max de forma mecánica. Pupilas, reflejos, constantes. Apenas tres minutos.

—Estable —dictaminó, guardando la linterna—. Sin cambios significativos. Lo de siempre, señora. Lo siento, sé que no es lo que quiere oír.

—Doctora —corrigió Renata, sin agresividad—. Y sí es lo que quiero oír, si fuera verdad. —Le tendió su tableta con el trazo abierto—. Pero mire estas dos fechas. La actividad cerebral subió aquí, y aquí. No es ruido. Tienen horario y duración.

Peña miró el trazo el tiempo justo para no parecer grosero.

—Fluctuaciones dentro del rango esperado —dijo, devolviéndole la tableta—. En estos pacientes el EEG hace de todo. Uno aprende a no emocionarse con cada pico, doctora. Lleva uno a las familias a esperanzas que después no se sostienen.

—¿Le importa que le pregunte algo, doctor? —Renata mantuvo el tono neutro—. ¿Hace cuánto que no revisa usted mismo el trazo completo? No el resumen que le manda el técnico. El trazo.

Peña apretó los labios. La pregunta tenía aguijón y los dos lo supieron.

—Tengo cuarenta pacientes, doctora. No reviso milímetro a milímetro un caso que ya está cerrado.

—Ahí está la diferencia —dijo Renata, sin subir la voz—. Para usted está cerrado. Para mí, no.

Renata no insistió más. Había aprendido hacía mucho que con cierto tipo de colega no se gana discutiendo: se gana con pruebas que no se puedan minimizar. Asintió, neutra, y dejó que Peña pidiera a Beto que lo acompañara a buscar un formulario de la evaluación al otro extremo del ala.

Se quedó sola con Max.

Y entonces hizo algo que no estaba en ningún protocolo.

Se acercó a la cama, le tomó la mano derecha y, en lugar de la voz clínica de las otras veces, le habló bajo, directa, casi retándolo.

—A ver. —Le acomodó los dedos sobre los suyos—. Tú y yo sabemos que estás ahí. Te vi anoche. Abriste los ojos. —Bajó más la voz—. Pero a mí no me sirve verte yo sola. Si puedes oírme, tienes que demostrarlo donde haya cómo registrarlo. Ahora. Aprieta. Es lo único que te pido. Aprieta y yo me encargo de todo lo demás.

Silencio.

El goteo. El pitido pausado del monitor. Nada.

Renata esperó. Cinco segundos. Diez. Empezaba a enderezarse, a aceptar que era pronto, que estaba pidiéndole peras al olmo a un cerebro que apenas asomaba la cabeza fuera del agua, cuando lo sintió.

Los dedos de Max se cerraron alrededor de su índice.

No fue un espasmo. Renata conocía los espasmos: bruscos, descoordinados, ciegos. Esto fue lento, trabajoso, sostenido, como si mover esos cinco dedos costara el esfuerzo de levantar una casa, y aun así alguien del otro lado hubiera decidido pagarlo. Una presión firme. Voluntaria. Tres segundos enteros.

Lejos, muy lejos, debajo de un peso que no lo dejaba ni respirar a su antojo, Max oyó una voz que llevaba semanas siendo lo único nítido en la niebla, una voz que le decía aprieta, y reunió todo lo que le quedaba —que no era casi nada— en una sola orden hacia una mano que sentía a kilómetros, y empujó.

Renata sintió el calor de esa mano cerrándose sobre la suya. Y por primera vez en muchísimo tiempo, su cuerpo reaccionó antes que su cabeza: se le cerró la garganta, se le aceleró el pulso, una corriente le subió por el brazo que no tenía nada de clínica. No lo decidió ella. Le pasó. Se quedó absolutamente quieta, mirando esa mano grande aferrada a su dedo, sin atreverse a moverse para no romper el contacto, conteniendo algo que no supo nombrar y que no se permitió nombrar.

—Bien —susurró, cuando recuperó la voz. Apenas un hilo—. Muy bien. Ahora suéltame, que viene el médico, y a este no le vamos a regalar el momento.

Como si la entendiera, la presión cedió despacio. La mano de Max quedó otra vez abierta y quieta sobre la sábana, inocente, como si nunca hubiera pasado nada.

Renata dio un paso atrás. Se miró la mano, el índice que él había apretado, como si esperara encontrar una marca. No había nada. Pero seguía sintiendo el calor, y le temblaban un poco los dedos, y eso —ese temblor mínimo en una mujer que entraba a quirófanos de doce horas con el pulso de una estatua— la asustó más que cualquier cosa que hubiera pasado en esa casa.

No era el médico el que temblaba. Era ella. La persona. Y Renata llevaba años teniendo a las dos perfectamente separadas: la médica que salvaba cuerpos y la mujer que no dejaba que nadie le importara tanto como para volver a romperla. Acababa de sentir, por un segundo, cómo la línea entre las dos se borraba, y no le gustó. O le gustó demasiado, que para el caso era igual de peligroso.

Cerró el puño un instante, hasta que el temblor paró. Volvió a ser la médica. Guardó a la otra donde la guardaba siempre.

La puerta se abrió. Peña volvió con el formulario, Beto detrás.

—Doctor. —Renata ya tenía la cara de siempre, lisa, profesional, sin rastro de lo que acababa de pasarle por dentro—. Necesito que repita el EEG. Ahora mismo. Antes de irse.

Peña abrió la boca para decir que no hacía falta, que ya había visto suficiente, que esto era exactamente la clase de ansiedad de la que les advertía a los familiares.

Pero miró la cara de Renata.

No vio a una esposa angustiada pidiendo milagros. Vio a una médica que sabía algo. Una certeza tranquila, sin súplica, que él había visto antes en colegas que valían y que le hizo, contra su costumbre, cerrar la boca.

—Está bien —dijo—. Lo repito.

—————

Conectaron los electrodos. La máquina corrió su trazo. Peña lo dejó registrar el tiempo necesario y después se sentó con la tableta en el sillón del rincón a revisar los resultados, masticando su escepticismo como un chicle viejo.

Pasaron los minutos. El cuarto quedó en el zumbido bajo de la máquina y el rasguño del estilete sobre el papel. Beto, junto a la puerta, miraba el suelo. Peña miraba la pantalla.

Renata, de pie a los pies de la cama, no le miraba a él. Le miraba la mano a Max, esa mano que minutos antes se había cerrado sobre su dedo con la fuerza terca de quien decide volver, y le costaba un trabajo enorme mantener la cara neutra. Porque ella ya sabía lo que iba a aparecer en esa tableta. Lo había sentido en la piel. Lo único que faltaba era que la máquina lo dijera en un idioma que el Dr. Peña no pudiera seguir despreciando.

Peña deslizó el dedo por la pantalla, hacia arriba, comparando. Frunció el ceño. Volvió a deslizar. Amplió una sección. Se quedó muy quieto.

Levantó la vista.

Miró a Renata.

Y por primera vez desde que había cruzado esa puerta, el Dr. Aurelio Peña no tenía cara de escéptico.

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Beatriz Juárez
una duda no ya conocía al tío de Maximiliano e incluso escucho una conversación respecto a la salud de Max e incluso la mando a amenazar con pasarle algo a la mamá de ella
gabriela
excelente
Beatriz Juárez
hasta el momento lo que eh leído muy interesante, espero siga así el resto de la novela
mildred rivas
lo sospechaba no era casualidad
Maria Cerdán
Es de Max Renata.. te está protegiendo, ya te aceptó como su esposa..ja,ja
Maria Cerdán
Se va poniendo interesante.. le quitaron a sus bebés?
Liliana janeth reveles riojas
aaaaaaaaaaaaaaaa que emoción
Hilda Estrada
cuánta maldad
ana paez
lo mismo pregunto
ana cecilia mendoza
mercantil siempre contigo 🤣🤣🤣🤣😅❤️
Visitor3894
Muy buen libro .Hasta el momento diría casi excelente .
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .
ana cecilia mendoza
voy a llorar y al mismo tiempo me estrese 😭😭😭😭😭
Nely Morales Cruz
Yo tengo la duda de si Ernesto es el padre porqué ahora dice que su papá está muerto
Nely Morales Cruz
Ese niño debe de ser de Renata y será que el padre es maximiliano y el tampoco sabe
Carely Prieto
ya se siente el despertar 👏
audelina barra guzman
uuuuf yo tampoco me equivoqué wau esto de leer tantas historias voy aprendiendo hacer detective jajaja
Nely Morales Cruz
Tengo muchas dudas espero que en el transcurso de la novela pueda aclararme
audelina barra guzman
parece que también se le olvidó el ADN el ir a buscar a la niña gemela 🤔🤔🤔🤔😔😔😔😔😔
audelina barra guzman
me quedan muchos capitulos todavía esperando que arregles está trama
audelina barra guzman
se me perdió Vale la hermana de Max el tío que estaba haciendo daño la abuela el papá de Max que PASO Autora si es que tú escribes esto o lo copiaste mal 😱😱😱😱 hay algo que no cuadra 😱😱😱😱
mildred rivas: si no cuadra porque aquí dice que no tuvo niña y vale que es
total 2 replies
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