El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 17
Le mandé un mensaje a Dante desde el camión, casi sin pensarlo, para avisarle que iba llegando con mi hijo. Me contestó en segundos: "Los recojo en la esquina. No caminen con el frío."
Cuando bajamos, el Maybach negro ya estaba esperando. Sebastián se quedó parado en la banqueta con la boca abierta.
—¿Ese carro es de...? —empezó.
—Es de un pariente de la familia —lo interrumpí, con una mentira que me salió redonda de tan ensayada—. Nos hace el favor de llevarnos.
Sebastián se subió al asiento de atrás con una reverencia torpe, sin saber dónde poner las manos, mirando la piel de los asientos como si fuera a mancharla con solo respirar.
En el departamento de al lado —el mío, el nuevo— Sebastián no se hallaba. Daba vueltas por la sala pelona, tocaba las paredes vacías, se asomaba a la cocina sin nada. Se sentó al fin en el borde del sillón, con las manos entre las rodillas, y dijo en voz bajita, casi para sí:
—Hoy es mi cumpleaños, amá.
Se me cerró el pecho. Con todo el lío de los moretones, de la prepa, del divorcio, se me había pasado. Mi hijo cumplía dieciocho años. La mayoría de edad. Dejaba de ser un niño ante la ley y ante el mundo. Y yo no le tenía ni un regalo.
—Ya lo sé, mijo —mentí otra vez—. Te iba a hacer una sopa de fideos rica, como te gusta.
—Ah —dijo él, y bajó la cabeza.
En ese "ah" cabía toda la tristeza de un muchacho que cumple dieciocho y espera una sopa de fideos.
Y a mí me cabía toda la vergüenza. Porque me acordé, de golpe, de todos sus cumpleaños. Yo siempre trabajando, Rodrigo siempre "de congreso", la abuela siempre con sus achaques. Un pastel comprado a las carreras, si acaso. Ninguna fiesta. Ninguna foto. Mi hijo había cumplido años dieciocho veces y ninguna de esas veces se había sentido celebrado.
"Qué clase de madre fui", pensé. Pero enseguida me corregí, porque también había sido la madre que lo llevó a la escuela todos los días, la que le revisó las tareas, la que le dio de comer aunque no alcanzara. No, no había sido mala madre. Había estado cansada. Sola. Y eso, a veces, se parece tanto al abandono que hasta los hijos lo confunden.
Tocaron la puerta. Era Dante.
—Vengo a secuestrarlos a cenar —anunció desde el marco—. Yo cocino. Ustedes se dejan atender.
—No tienes que... —empecé.
—Ya está decidido. —Miró a Sebastián—. Y menos hoy, que cumple años el señor.
Sebastián se había bañado y no traía muda de ropa; la suya estaba sudada del viaje. Dante, sin aspavientos, le prestó un conjunto deportivo suyo, y aunque le quedaba grande, mi hijo se lo puso con una sonrisa que hacía días no le veía.
—————
La mesa de Dante era otra cosa. Sopa de fideos, sí, pero con caldo de verdad, dos huevos estrellados encima, y un plato de guisado al lado. Sebastián comió con hambre. Pero a media cena se fue apagando otra vez, picando los fideos con el tenedor sin llevárselos a la boca.
—¿Qué tienes, mijo? —le pregunté.
—Nada. —Se encogió de hombros—. Es que... siempre quise un pastel en mi cumpleaños. Con velitas. Que alguien me cantara "Las mañanitas". Como en las casas de mis compañeros. Pero cada año no hay nada. Ni mi papá se acuerda.
Algo en mí se rompió y salió mal, como sale el enojo cuando en realidad es culpa.
—¡Sebastián! —lo regañé—. No seas malagradecido. Aquí el señor te está dando de cenar y tú...
—Bea. —La mano de Dante se posó en mi brazo, firme y suave a la vez—. Déjalo. Solo quiere un pastel en su cumpleaños. No es mucho pedir. Es lo más normal del mundo.
Se levantó, se quitó el mandil y agarró las llaves.
—Voy por él. No, no saques dinero —me atajó, viéndome buscar la cartera—. En mi casa no se deja que una mujer pague. Y hoy tampoco el festejado.
Y salió, dejándome con la mano a medio camino de la bolsa.
—————
Con Dante afuera, me senté junto a mi hijo y le tomé la cara entre las manos.
—Perdóname, mijo. Perdóname por gritarte. Es que ando... ando peleada con tu papá. Traigo la cabeza hecha un lío.
Sebastián me miró con esos ojos que a veces todavía eran de niño.
—¿Ya se divorciaron?
—No —le dije, y no fue del todo mentira, porque en el papel aún faltaban firmas—. Todavía no.
—No te divorcies, amá. —Se le llenaron los ojos—. Y si te divorcias, yo ya no vuelvo a la escuela. Te lo juro.
Le jalé la oreja, no fuerte, lo justo para que entendiera.
—Ni lo digas. Tú vas a estudiar y vas a entrar a la universidad, pase lo que pase entre tu papá y yo. Eso no se negocia.
Se sobó la oreja, medio ofendido, medio aliviado de que alguien le pusiera un límite. Así son a esa edad.
—————
Dante regresó cargado. En una mano, una caja enorme con un pastel de catorce pulgadas, de chocolate, con fresas encima. En la otra, dos bolsas. De la primera sacó un conjunto deportivo nuevo, de marca. De la segunda, unos tenis en su caja.
—Feliz cumpleaños —le dijo a Sebastián, y se los aventó con naturalidad, como si le regalara un chicle—. Ya te viste tu talla.
Mi hijo se quedó mudo. Abrió la caja de los tenis con las manos temblando. Eran de esos que él señalaba en los aparadores y que yo nunca le pude comprar, de varios miles de pesos.
—¿Son... son para mí? —balbuceó.
—Pues no me van a quedar a mí —dijo Dante.
Sebastián corrió a cambiarse y volvió estrenando todo, dando vueltas, mirándose los pies. Y por primera vez en semanas, en meses tal vez, mi hijo se veía como lo que era: un muchacho feliz.
—Gracias, Dante —dijo, con una timidez nueva—. De verdad. Gracias.
Dante clavó las velitas en el pastel. Dieciocho, contadas una por una. Las encendió con un cerillo, y la cocina se llenó de esa luz temblorosa y dorada que solo dan las velas de cumpleaños.
Me quedé en el marco de la puerta, mirándolos a los dos frente al pastel. A mi hijo, con los ojos brillando en las llamitas. Al muchacho de veintidós años que le había dado, en una noche, todo lo que su propio padre le negó en dieciocho.
Se me hizo un nudo en la garganta que no supe de dónde vino.
"Es más joven que tú", me dijo la voz, pero esta vez sin veneno, casi con asombro. "Y mira cómo cuida a tu hijo. Mira cómo lo mira."
Era verdad. Dante no fingía. No había cámara, no había público que impresionar, no había nada que ganar con ser bueno con un adolescente huraño que no era nada suyo. Y sin embargo ahí estaba, contando velitas, riéndose de los chistes malos de Sebastián, tratándolo como si de verdad le importara.
En veinte años, Rodrigo nunca miró así a su propio hijo.
Dante me hizo señas de que me acercara y me cortó una rebanada.
—No soy de dulce —protesté.
—Un bocado. Por el festejado. —Me acercó el tenedor a la boca, terco, hasta que probé. Estaba bueno. No se lo dije—. ¿Ves? No pasa nada.
Luego se volteó hacia Sebastián, le revolvió el pelo con una mano, y con la otra todavía sosteniendo el cuchillo del pastel, dijo, mirándome a mí de reojo:
—Oye, y qué guapo saliste, ¿eh? Vas a romper corazones. —Hizo una pausa, una de esas pausas suyas cargadas de intención—. Aunque, ahora que lo pienso... tú y yo nos parecemos. La gente hasta va a creer que somos familia.
Sebastián se rio, sin captar nada. Yo sí lo capté. Y me puse en guardia sin saber para qué.
Entonces Dante dejó el cuchillo sobre la mesa, se puso serio de golpe, y dijo, delante de mi hijo y delante de mí, con la naturalidad de quien pide la sal:
—Sebas. ¿Qué te parece si de ahora en adelante me dices "papá"?