Segunda parte
Isabella creía haber dejado atrás los secretos del pasado, hasta que un contrato inesperado la obliga a unir su destino con el misterioso heredero Blackwood.
Un matrimonio por conveniencia, una regla que no pueden romper y sentimientos que jamás estuvieron en el contrato. 💍❤️
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Capítulo 4 — La mujer de la fotografía
Isabella permaneció frente al edificio Blackwood sin poder apartar la mirada de la fotografía que acababa de recibir.
La mujer aparecía junto a Damián.
Ambos parecían estar conversando.
La imagen había sido tomada recientemente.
Y debajo aparecía aquella frase:
“Pregúntale quién es ella antes de confiar en tu esposo.”
Isabella apretó el teléfono.
Ya no podía echarse atrás.
Había firmado.
Ahora, ante la ley y ante el mundo, era la esposa de Damián Blackwood.
Pero una pregunta no dejaba de repetirse en su cabeza.
¿Quién era aquella mujer?
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—¿Isabella?
Ella se giró.
Damián estaba detrás de ella.
—¿Qué haces aquí todavía?
Isabella levantó el teléfono.
—Me llegó esto.
Damián tomó el dispositivo.
Su expresión cambió apenas vio la fotografía.
—¿Quién es ella?
Él no respondió inmediatamente.
—Damián.
—No es lo que piensas.
—No sabes lo que pienso.
—Sí lo sé.
Isabella cruzó los brazos.
—Entonces explícame.
Damián miró nuevamente la fotografía.
—Se llama Victoria.
—¿Victoria qué?
—Victoria Blackwood.
Isabella quedó sorprendida.
—¿Blackwood?
—Sí.
—¿Es tu hermana?
Damián negó.
—No.
—¿Tu prima?
—Tampoco.
—Entonces, ¿quién es?
Damián guardó silencio.
Isabella sintió que su paciencia comenzaba a desaparecer.
—Acabo de firmar un contrato contigo. Lo mínimo que merezco es saber quién es la mujer que aparece en las fotografías que me mandan.
Damián finalmente respondió:
—Es mi prometida anterior.
Isabella sintió que el mundo se detenía.
—¿Tu qué?
—Mi prometida anterior.
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Isabella soltó una pequeña risa, pero no había humor en ella.
—¿Anterior?
—Sí.
—¿Cuándo terminó ese compromiso?
—Hace más de un año.
—¿Y por qué nadie me habló de ella?
—Porque no forma parte de mi vida actualmente.
—Pero aparece contigo hace tres meses.
Damián la miró.
—Porque tuve que verla.
—¿Por qué?
—Porque ella sabe algo sobre mi abuelo.
Isabella guardó silencio.
—¿Qué sabe?
—No estoy seguro.
—Damián…
—Victoria fue la última persona que habló con mi abuelo antes de que modificara el testamento.
Aquella respuesta hizo que Isabella cambiara completamente de expresión.
—Entonces ella sabe algo importante.
—Sí.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería involucrarte hasta saber si podía confiar en ella.
Isabella levantó una ceja.
—Eso suena exactamente como algo que yo diría.
Damián sonrió ligeramente.
—Lo sé.
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Regresaron juntos a la oficina.
Damián cerró la puerta.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Victoria no fue quien envió la fotografía.
Isabella lo miró.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque ella no tiene acceso a esa imagen.
—¿Entonces quién la tiene?
—Alguien que estuvo siguiéndome.
Isabella recordó los mensajes.
—La misma persona que está detrás de la sociedad.
—Probablemente.
Damián encendió la computadora.
—Mira esto.
Abrió un archivo.
Eran registros de llamadas.
—Durante las últimas semanas, alguien ha estado contactando a personas cercanas a mí.
Isabella observó la lista.
Había nombres de empleados.
Abogados.
Familiares.
Y uno que reconoció inmediatamente.
—Mónica.
Damián asintió.
—También la contactaron.
—¿Qué querían?
—No lo sé.
Isabella recordó la conversación con Mónica.
—Ella dijo que alguien le enviaba mensajes.
—¿Te mostró alguno?
—Sí.
—¿Los tienes?
Isabella sacó fotografías de los sobres que Mónica le había enseñado.
Damián las observó.
Su rostro se volvió serio.
—Es el mismo símbolo.
—Entonces sí están conectados.
—Sí.
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De repente, alguien llamó a la puerta.
Damián la abrió.
Era su asistente.
—Señor Blackwood, acaba de llegar esto.
Le entregó un sobre.
Damián lo abrió.
Dentro había una sola hoja.
La leyó.
Luego se la entregó a Isabella.
Ella leyó:
“El contrato ha sido firmado. Ahora empieza la segunda fase.”
Debajo aparecía una dirección.
Isabella levantó la mirada.
—¿Qué es esto?
—No lo sé.
—¿Nunca has visto esa dirección?
Damián negó.
—No.
Isabella miró nuevamente el papel.
—Entonces vamos.
Damián la observó.
—¿Ahora?
—Sí.
—Podría ser una trampa.
—Precisamente por eso tenemos que ir.
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La dirección los llevó hasta una antigua casa ubicada en las afueras.
No parecía abandonada.
Había luces encendidas.
Damián estacionó.
—Quédate detrás de mí.
Isabella lo miró.
—No soy una niña.
—Lo sé.
—Entonces no me digas que me quede detrás.
Damián sonrió.
—Está bien.
Ambos entraron.
La puerta estaba abierta.
Dentro había una sala vacía.
Sobre una mesa encontraron varias fotografías.
Isabella tomó una.
Era una fotografía de su abuelo.
Damián tomó otra.
Era de su propio abuelo.
Había una tercera.
Los dos hombres aparecían juntos.
—Esto es mucho más antiguo de lo que pensábamos —dijo Isabella.
Damián encontró un documento.
—Mira.
Era un contrato.
Pero no era el que acababan de firmar.
Era uno mucho más antiguo.
Isabella comenzó a leer.
Sus ojos se abrieron.
—Damián…
—¿Qué?
—Aquí están nuestros nombres.
Él tomó el documento.
En la última página aparecía:
Isabella Iglesias.
Damián Blackwood.
Pero la fecha era imposible.
Había sido escrito veinte años atrás.
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—Esto no tiene sentido —dijo Damián.
—Nosotros ni siquiera nos conocíamos.
—Exactamente.
Isabella continuó leyendo.
Había una cláusula que decía:
“Los herederos deberán unirse cuando ambos alcancen la edad establecida.”
Damián negó.
—Esto es una locura.
—Nuestros abuelos lo planearon.
—O alguien quiere hacernos creer eso.
Isabella cerró el documento.
—¿Y si el contrato que firmamos hoy no fue el primero?
Damián la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Quizás alguien lleva años intentando que terminemos juntos.
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Un ruido se escuchó en el piso superior.
Ambos se quedaron inmóviles.
Damián levantó la mirada.
—Hay alguien aquí.
Isabella bajó la voz.
—¿Qué hacemos?
—Esperamos.
Pasaron unos segundos.
Entonces una puerta se abrió.
Una mujer apareció en las escaleras.
Isabella la reconoció.
—Victoria.
La mujer bajó lentamente.
—Sabía que vendrían.
Damián dio un paso adelante.
—¿Tú enviaste la dirección?
Victoria negó.
—No.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Victoria miró a Isabella.
—Porque necesitaba hablar con ella.
Isabella frunció el ceño.
—¿Conmigo?
—Sí.
Victoria bajó el último escalón.
—Damián te contó quién soy.
—Sí.
—Entonces también te contó que fui su prometida.
—Sí.
Victoria sonrió tristemente.
—Lo que probablemente no te contó es por qué terminamos.
Isabella miró a Damián.
Él permaneció en silencio.
Victoria continuó:
—Damián terminó nuestro compromiso porque descubrió que mi familia estaba relacionada con la sociedad.
Isabella abrió los ojos.
—¿Tu familia?
Victoria asintió.
—Mi padre fue uno de sus miembros.
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Damián habló finalmente.
—Victoria no tuvo nada que ver con eso.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Victoria lo miró.
—Pero mi padre sí.
Sacó una pequeña llave.
—Y antes de morir me entregó esto.
Isabella observó la llave.
—¿Qué abre?
Victoria respondió:
—La caja que tu abuelo escondió.
Damián dio un paso hacia ella.
—¿Dónde está?
Victoria miró a Isabella.
—Ella tiene que abrirla.
Isabella frunció el ceño.
—¿Por qué yo?
—Porque lleva tu nombre.
—¿Dónde está?
Victoria respondió:
—En la antigua casa de tu abuelo.
Isabella sintió un escalofrío.
—Pensábamos que ya habíamos revisado todo.
—No revisaron el sótano.
Damián y Isabella se miraron.
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Antes de irse, Victoria detuvo a Isabella.
—Hay algo que necesito decirte.
—¿Qué?
—No confíes completamente en Damián.
Isabella quedó seria.
—¿Por qué?
Victoria miró hacia él.
—Porque hay cosas que todavía no te ha contado.
Damián frunció el ceño.
—Victoria…
—No estoy diciendo que sea malo.
Ella volvió a mirar a Isabella.
—Estoy diciendo que mires cuidadosamente antes de decidir de qué lado estás.
Isabella guardó silencio.
Victoria se marchó.
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En el automóvil, ninguno habló durante varios minutos.
Finalmente Damián rompió el silencio.
—No le creas todo.
—¿Y por qué no?
—Porque Victoria tiene sus propios intereses.
—¿Cuáles?
—Quiere recuperar lo que perdió.
—¿Qué perdió?
Damián apretó el volante.
—A su familia.
Isabella lo observó.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Qué perdiste tú?
Damián guardó silencio.
—Damián.
—A mi padre.
Isabella bajó la mirada.
La respuesta había sido inesperadamente sincera.
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Llegaron a la antigua propiedad familiar cerca de medianoche.
La casa estaba en silencio.
Entraron.
Damián encendió las luces.
—El sótano está debajo de la biblioteca.
Isabella recordó el lugar.
—Vamos.
Bajaron.
Había cajas viejas y muebles cubiertos con sábanas.
Damián revisó las paredes.
Isabella encontró una pequeña cerradura detrás de un estante.
Sacó la llave que Victoria les había entregado.
Encajaba perfectamente.
Giró.
Clic.
Una puerta oculta se abrió.
Dentro había una caja metálica.
Isabella se acercó.
Sobre la tapa había una inscripción.
“Para Isabella.”
Ella respiró profundamente.
—¿La abrimos?
Damián asintió.
Isabella levantó la tapa.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Una memoria.
Y una carta.
Pero antes de tomarla, Isabella vio algo que la dejó sin palabras.
Una fotografía reciente.
Ella aparecía junto a Damián.
La imagen había sido tomada apenas unos días antes.
Y detrás de ellos había una persona observándolos.
Isabella levantó la fotografía.
—Damián…
Él se acercó.
Reconoció inmediatamente al hombre.
Su rostro perdió el color.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Damián respondió en voz baja:
—Mi padre.
Isabella lo miró.
—Pero tu padre murió.
Damián negó lentamente.
—Eso es lo que nos hicieron creer.
En ese instante, el teléfono de Isabella vibró.
Un mensaje.
“Ahora sabes por qué necesitabas firmar el contrato.”
Y debajo:
“Tu esposo no es el único heredero que sobrevivió.”
Isabella levantó lentamente la mirada hacia Damián.
El pasado acababa de regresar.
Y esta vez no venía por ellos.
Venía por sus familias.