Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 11
Desde una mesa situada en la esquina del fondo, junto a la ventana que daba a la calle, Milton observaba cada movimiento de Alexia. Vestía un delantal verde oscuro que le quedaba ligeramente holgado y el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello delgado.
Para Milton, cada segundo sentado en aquella silla de madera era una pequeña tortura sutil. Veía a Alexia cargar una pesada bandeja con tazas humeantes, acercarse con una sonrisa amable a clientes impacientes, y luego arrodillarse para limpiar las migas de una mesa vecina con un trapo húmedo. Cada flexión de su cuerpo, cada suspiro contenido cuando un hombre grosero chasqueaba los dedos para pedir la cuenta, golpeaba el pecho de Milton como un puñetazo invisible. En su mundo, las mujeres como Alexia jamás habrían pisado un lugar para servir a otros; vivían rodeadas de comodidades, ajenas al esfuerzo físico y a la humillación sutil de ganarse el pan con el lomo doblado.
Un nudo de rabia e impotencia se formó en la garganta de Milton. No soportaba verla trabajar tan duro, no soportaba que el mundo fuera tan injusto como para obligar a una chica tan brillante y llena de vida a romperse las manos por unas cuantas monedas.
«Te juro que no será por mucho tiempo», se prometió a sí mismo, apretando los puños sobre la superficie de la mesa hasta que los nudillos se le volvieron translúcidos. «Voy a trabajar, voy a construir mi propio camino lejos de las cadenas de mi familia, y te daré la vida de lujos y paz que mereces. Nadie volverá a hacerte limpiar el desastre de otros».
El turno terminó cerca de las nueve de la noche. La ciudad ya estaba sumergida en la oscuridad, iluminada únicamente por el parpadeo amarillento de las farolas callejeras y el neón de algunos letreros comerciales. Alexia se quitó el delantal, se despidió de doña Carmen con un agradecimiento sincero y salió a la acera fría, donde Milton la esperaba con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro.
—¿Cómo sobreviviste al primer día? —preguntó él, ofreciéndole una sonrisa cálida que iluminó la penumbra.
—Cansada, pero viva —respondió Alexia con un suspiro de alivio, exhalando una nubecilla de vapor blanco—. Mis pies parecen de plomo, pero creo que lo hice bien.
Comenzaron a caminar hacia la parada del autobús en silencio, disfrutando de la tregua nocturna. Sin embargo, no habían recorrido ni dos cuadras cuando Milton aguzó el oído. El sonido rítmico de unos tacones resonando sobre el pavimento húmedo a sus espaldas no era casualidad. Giró disimuladamente la cabeza hacia el reflejo de un escaparate y las reconoció: a unos treinta metros de distancia, ocultas bajo la penumbra de un toldo, Valeria y otras dos compañeras de su clase los seguían de cerca, cuchicheando entre risas ahogadas y preparando algún desplante humillante para acorralar a Alexia en una zona menos transitada.
La sangre de Milton hirvió. No iba a permitir que arruinaran el alivio de su primer día de trabajo. Tenía que ahuyentarlas de inmediato, y tenía que hacerlo de una forma tan contundente que no les quedaran ganas de volver a seguirlos.
—Alexia, no te muevas —murmuró Milton de repente, deteniéndose en seco bajo la luz parpadeante de una farola.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, alarmada al ver el cambio repentino en su postura.
Antes de que pudiera obtener una respuesta, Milton dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos. Con un movimiento rápido, firme y absolutamente inesperado, colocó una mano grande y cálida en la nuca de Alexia, entrelazando los dedos en su cabello, mientras con la otra mano la tomaba de la cintura, pegando su cuerpo contra el suyo con una fuerza ineludible.
Alexia soltó un jadeo ahogado que se perdió en el aire. Sus ojos verdes se abrieron desmesuradamente al ver el rostro de Milton a escasos milímetros del suyo. El olor a perfume varonil, madera y café la envolvió por completo, nublándole los pensamientos.
—Sígueme el juego —susurró él contra sus labios, con la voz ronca y cargada de una urgencia eléctrica.
Y entonces, sin darle tiempo a procesar nada, Milton inclinó la cabeza y cubrió los labios de Alexia con los suyos.
No fue un roce fugaz ni un cálculo frío. Aunque el propósito original era estratégico —marcar territorio y asustar a las acosadoras que acechaban en la esquina—, en el instante en que los labios de Alexia respondieron al contacto, el mundo pareció desmoronarse a su alrededor. El beso se volvió profundo, hambriento, suspendido en una frontera peligrosa entre la simulación y la más pura realidad. Alexia sintió que las piernas le temblaban y, sin pensarlo, levantó las manos para aferrarse a las solapas del abrigo de Milton, atrayéndolo aún más hacia ella, perdiéndose en el calor de su boca y en la desesperación contenida de las semanas de silencio.
A pocos metros de allí, al doblar la esquina y ver la escena explícita y apasionada bajo la farola, Valeria y su grupo se detuvieron en seco. El rostro de su enemiga se transformó en una mueca de asco y frustración absoluta. Al comprender que no lograrían su cometido y que la relación entre el intocable heredero y la becada era ya innegable, las chicas giraron sobre sus talones y se marcharon a paso apresurado, devoradas por la rabia y la humillación.
Cuando Milton finalmente se separó, respirando con dificultad y con los ojos oscuros brillando con una intensidad salvaje, ambos permanecieron inmóviles, con las frentes juntas y el pecho agitado. El silencio entre ellos era espeso, cargado de una tensión eléctrica y del deseo punzante de que aquel beso fingido jamás hubiera tenido que terminar.
—¿Funcionó? —logró preguntar Alexia en un susurro apenas audible, con los labios hinchados y temblorosos.
Milton esbozó una sonrisa torcida, acariciando con el pulgar la mejilla encendida de la chica antes de separarse con lentitud, como si cada centímetro le costara la vida.
—Se fueron —respondió él con voz ronca—. Pero creo que ahora el problema lo tengo yo.
Horas más tarde, la medianoche cubría la ciudad con un manto de silencio absoluto. En su pequeña habitación, con la única luz de la luna filtrándose a través de las rendijas de la persiana, Alexia yacía bocarriba sobre su estrecha cama, mirando fijamente el techo de yeso agrietado.
Tenía los ojos abiertos de par en par. El cansancio físico de haber limpiado mesas y cargado bandejas durante horas se había desvanecido por completo, reemplazado por un insomnio febril que le quemaba la piel. Se llevó los dedos a los labios, aún capaces de evocar el calor exacto de la boca de Milton, el roce áspero de su barba incipiente, la firmeza de sus manos sosteniéndola como si fuera lo único valioso en medio del caos. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el vértigo de aquel abrazo, la forma en que su corazón se había desbocado rompiendo todas las barreras que había intentado construir entre ellos.
A pocas calles de distancia, en la opulencia silenciosa de su enorme habitación en la mansión de los Vance, Milton estaba sentado al borde de su cama, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro enterrado entre las manos. Intentaba concentrarse en respirar con normalidad, pero el sabor de los labios de Alexia seguía impregnado en su memoria con la fuerza de una obsesión ineludible. Aquel beso estratégico, concebido como una simple táctica de defensa, se había convertido en una trampa de la que ya no quería escapar.
Ninguno de los dos pudo dormir esa noche. Ambos compartían, bajo el mismo cielo frío, el eco ardiente de un roce que casi fue real, sabiendo que ya no había vuelta atrás y que el abismo entre sus mundos se había vuelto, irremediablemente, mucho más pequeño.