Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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23
Todos los días, antes de ir a la oficina y al volver del trabajo, Adrián esperaba en la calle donde una vez había visto pasar el auto de Camila. Estaba decidido a encontrarla.
Ese día la suerte por fin le sonrió. Vio el auto de Camila cruzar frente a él. No iba a desperdiciar la oportunidad; la siguió de inmediato.
—No vas a poder escaparte de mí, Camila. Voy a encontrarte —murmuró, con los ojos fijos en el vehículo que iba unos metros adelante.
Camila no se dio cuenta de que la estaban siguiendo. Su auto entró al estacionamiento de la empresa donde trabajaba, y Adrián lo vio desde lejos.
—¿Qué hace Camila aquí? No es posible que trabaje en un lugar así. Esta empresa solo contrata gente calificada, no amas de casa como ella —murmuró sin poder creerlo.
Siguió vigilando el edificio desde cierta distancia, convencido de que Camila no había entrado ahí a trabajar sino por algún otro asunto. Esperaría a que saliera para comprobarlo.
—Voy a esperar aquí. No debe tardar en salir. Es imposible que Camila trabaje en este lugar —se dijo a sí mismo.
Se le olvidaba que antes de casarse con él, Camila ya trabajaba en esa empresa. Pero nunca se había molestado en saber cuál era su puesto; siempre la había considerado una simple empleada sin importancia.
Siguió esperando y tuvo que pedir permiso en su oficina, inventando que estaba enfermo. Pero las diez de la mañana llegaron y Camila no salió. Finalmente, decidió entrar y preguntar directamente por ella.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —le preguntó la recepcionista.
—Soy Adrián, el esposo de Camila. Quiero verla.
—Muy bien, señor. Si gusta esperar un momento, voy a comunicarme con ella —respondió la joven.
Adrián se sentó en la sala de espera mientras la recepcionista llamaba a Camila. Sonrió satisfecho: por fin la había localizado.
Camila, ya no vas a poder huir de mí. A donde sea que vayas, siempre voy a encontrarte.
Mientras tanto, Camila estaba absorta en su trabajo, con la vista clavada en la pantalla de su computadora. Desde siempre se había tomado muy en serio sus responsabilidades laborales.
El teléfono vibró con insistencia y Camila se apresuró a contestar.
—¿Bueno? ¿Qué pasa, Sandra?
—Señora Camila, aquí abajo hay un hombre que dice llamarse Adrián. Dice que es su esposo y que quiere verla ahora mismo —le informó Sandra.
—Dile que se vaya. No puedo recibirlo.
—Entendido, señora —Sandra colgó.
—Adrián vino hasta acá. Seguro quiere que vuelva y que le devuelva la casa. Ni lo sueñes —murmuró Camila con una media sonrisa.
Abajo, tras colgar con Camila, Sandra fue a transmitirle el mensaje a Adrián.
—Señor, la señora Camila no puede recibirlo en este momento. Está ocupada, pero puede intentar verla en otra ocasión.
—No. No me voy a ir de aquí hasta que Camila baje a verme —respondió Adrián, furioso.
—Señor, por favor, no cause problemas aquí. Podría meterse en dificultades —le advirtió Sandra.
—No me importa. Soy su esposo y voy a quedarme aquí esperándola. Y no se metan en nuestros asuntos —alzó la voz Adrián.
Estaba resuelto a no moverse de ahí hasta que Camila bajara y aceptara irse con él. No quería perder su vivienda; no estaba dispuesto a que su familia siguiera en esa casa vieja que se caía a pedazos.
—¡Camila, baja de una vez! Soy tu esposo. No seas ingrata. Devuélveme la casa que vendiste. No te voy a dejar en paz si no lo haces —gritó a todo pulmón.
El escándalo atrajo la atención de los demás empleados. Algunos sacaron sus teléfonos y empezaron a grabar, subiendo los videos a las redes sociales.
—¡Todos los que están aquí, vean qué clase de mujer es Camila! Vendió nuestra casa y dejó a mi familia en la calle. Anda con otro hombre a mis espaldas. ¡Se fue con su amante! —vociferó Adrián.
Lo hacía a propósito: armar un escándalo y humillar a Camila delante de todos para obligarla a bajar. Estaba convencido de que ella le pediría disculpas y así podría llevársela de vuelta y tratarla como antes.
—¡Tienen que saber que Camila no es una mujer decente! Se escapó con su amante después de vender mi casa. Dejó a mi familia desamparada. No pueden permitir que una mujer así trabaje aquí —siguió gritando, tratando de poner a todos en contra de Camila.
Arriba, Camila seguía trabajando sin enterarse de lo que Adrián hacía en el vestíbulo. Creía que ya se había marchado.
El teléfono volvió a vibrar. Era Sandra otra vez.
—¡Señora Camila, esto se puso grave! —la voz de Sandra sonaba alarmada.
—¿Qué pasó, Sandra?
—Su esposo no se quiso ir y está haciendo un escándalo aquí abajo. Grita sin parar y dice que no se va hasta que usted baje a verlo.
—Está bien, Sandra. Bajo enseguida —dijo Camila y colgó.
—Desgraciado. Le advertí y no hizo caso. Todavía se atreve a venir a buscarme problemas —murmuró apretando los puños.