Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".
Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.
Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.
Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.
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Capítulo 9 - Lluvia en Austin
El pronóstico decía tormenta eléctrica a las seis. En Austin las tormentas llegan rápido y se quedan.
A las cinco y media el cielo se puso negro. No gris, negro. Santi estaba en la ventana mirando nubes y decía que parecían monstruos. Luna dibujaba rayos con crayón amarillo. Milo revisaba app del clima y decía que habría cortes de luz en West Lake Hills.
Dante llegó a las cinco y cuarenta, antes de la tormenta, con dos bolsas de supermercado. Había pasado a comprar velas, pilas y pan porque escuchó en radio que habría apagón.
¿Compraste velas?, preguntó Santi sorprendido. Pensé que los CEOs no compraban velas.
Los CEOs compran velas cuando su niñero quema arroz y su hijo borra calendarios, dijo Dante dejándolas en isla.
A las seis y diez se fue la luz.
No fue poco a poco. Fue de golpe. Mansión quedó a oscuras, sin zumbido de refrigerador, sin luces de pasillo, sin wifi. Solo ruido de lluvia golpeando ventanas y truenos que hacían temblar vidrios.
Luna gritó bajito y se agarró a mi pierna.
Santi gritó: ¡apagón! ¡como en películas!
Milo encendió linterna de celular y dijo: se cayó transformador de cuadra. Según app, vuelve en tres horas.
Dante encendió velas. Puso una en cocina, otra en sala, otra en pasillo. Mansión con velas se veía menos fría, más pequeña, más casa.
Asistente había salido temprano por tormenta y no volvería. Éramos cinco y Canelo.
¿Y ahora qué hacemos sin luz?, preguntó Santi.
Dante miró alrededor y dijo: contamos historias. Como antes, cuando no había electricidad.
Nos sentamos en suelo de sala, sobre alfombra persa que Canelo había adoptado como cama. Pusimos manta grande, velas en centro, y nos sentamos en círculo. Canelo se metió en medio.
Dante empezó. Contó historia de cuando era niño en Monterrey y se iba luz cada vez que llovía. Su abuela encendía velas y contaba historias de duendes que vivían en patio. Santi escuchaba con boca abierta.
Luego Milo contó historia de programación, de bug que parecía fantasma y lo hizo quedarse tres días sin dormir.
Luna no contó con palabras. Dibujó una con velas. Casa grande con lluvia, cinco personas dentro y perro, todos con velas en mano.
Yo conté historia del refugio. De noche que se fue luz y todos los perros empezaron a aullar al mismo tiempo porque pensaron que era fin del mundo. Y yo me quedé con ellos cantando para que no tuvieran miedo.
¿Cantaste para perros?, preguntó Santi riendo.
Canto para perros desde los diez años, dije. Soy su cantante favorito. Me aúllan.
Todos se rieron. Hasta Dante se rió con risa grave que no escuchaba seguido.
A las siete y media lluvia pegaba más fuerte. Truenos cada treinta segundos. Luna se acurrucó entre Dante y yo. Tenía frío. Dante le puso sudadera gris encima. Era enorme para ella.
Tengo frío también, dijo Santi y se metió entre nosotros.
Milo dijo que él no tenía frío pero se sentó más cerca de todos modos.
Quedamos cinco apretados bajo manta, con Canelo en medio roncando, velas derritiéndose y lluvia golpeando techo.
Era primera vez que estábamos tan cerca sin mesa de por medio.
Dante me miró por encima de cabeza de Luna. Tenía luz de vela en cara, sombra de barba, ojos cansados pero tranquilos.
Gracias por quedarte, dijo en voz baja para que solo yo escuchara.
Siempre me dices eso, dije también en voz baja.
Porque siempre tengo miedo de que te vayas, dijo.
No entendí si hablaba del apagón o de otra cosa. No pregunté.
Santi se durmió primero, con cabeza en mi pierna. Luego Luna, con cabeza en pecho de Dante. Milo se quedó despierto mirando lluvia por ventana.
A las nueve lluvia bajó un poco. Truenos más espaciados. Milo dijo que tenía sueño y subió a su cuarto con vela en mano, como en película antigua.
Quedamos Dante, yo, Santi dormido, Luna dormida y Canelo.
Dante cargó a Santi y lo llevó a su cuarto. Yo cargué a Luna. Canelo nos siguió.
Cuando bajamos, sala estaba vacía, con velas casi consumidas y manta en suelo.
Dante se sentó en suelo y me hizo señal de que me sentara también.
Nos sentamos espalda contra sofá, hombro con hombro, mirando velas.
¿Sabes?, dijo. Hace un año, cuando Ana murió, hubo tormenta igual. Me quedé solo en esta sala, sin luz, sin nadie. No encendí velas. Me quedé a oscuras.
Lo miré. Su perfil con luz de vela se veía más joven y más triste.
¿Y hoy?, pregunté.
Hoy hay luz aunque no haya luz, dijo.
Nos quedamos callados. Escuchando lluvia.
Yo tenía frío y no tenía sudadera. Dante se dio cuenta y puso brazo alrededor de mis hombros, como si fuera lo más natural.
Me quedé quieto. Corazón latiendo rápido.
No fue abrazo de jefe. Fue abrazo de alguien que también tenía frío.
Nos quedamos así hasta que velas se apagaron solas. Una por una.
Cuando solo quedó una, Dante la apagó con dedos y dijo: deberíamos dormir. Mañana hay que limpiar techo rosado que aún no limpiamos del volcán.
Nos levantamos. Yo recogí manta. Él recogió velas.
En pasillo, antes de separarnos, me detuvo.
Elian, dijo.
¿Sí?
Hoy, cuando estábamos todos bajo manta, por primera vez en mucho tiempo no me sentí solo en esta casa.
Yo tampoco, dije.
Nos miramos un segundo con luz de linterna que Milo nos había dejado.
Luego cada uno subió a su cuarto.
Yo me acosté con Canelo a mis pies y escuché lluvia toda la noche. No pude dormir mucho. Tenía hombro caliente donde Dante había puesto brazo y olor a cera en camisa.
Abajo quedaban manchas rosadas del volcán y cera derretida en piso. Pruebas de que esa noche pasó de verdad y no fue sueño.
Esa noche entendí que en Austin las tormentas no solo traen apagones. Traen gente más cerca.