El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...
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Capítulo 9: La tensión del hilván
El filo de las tijeras pesadas descansaba sobre la madera de pino, pero el crujido de la lana recién cortada todavía flotaba en el aire como una sentencia irremediable.
«Me fui para que no tuvieras que ver cómo la mugre de mi familia te arrastraba al fondo del río a ti también. Me fui para que pudieras terminar la escuela sin que nadie te viniera a cobrar un pagaré con un revólver en la cabeza».
Las palabras de Caleb golpeaban las sienes de Victoria con la insistencia de una hemorragia contenida. Su primer impulso fue exigirle nombres, cifras, fechas exactas; arrancarle a tirones la verdad completa que le había ocultado durante diez años. Pero Caleb ya había vuelto a encerrarse en su trinchera. Tenía los hombros rígidos, la mirada clavada en el extremo del paño gris ceniza y la mandíbula apretada con una crispación que delataba el pánico de haber hablado de más.
—Separa los delanteros de las vistas —dijo él. Su voz era plana, sin modulaciones, ese tono quirúrgico que usaba cuando quería levantar un muro de concreto entre los dos—. Hay que hilvanar la entretela de crin antes de que la lana pierda la forma del corte.
Victoria no se movió. Se quedó de pie del otro lado de la mesa, con los dedos entumecidos por la presión del mango de hierro.
—¿Crees que puedes soltar una bomba de ese calibre y ordenar que pasemos un hilván como si nada hubiera pasado, Caleb? —preguntó ella en un susurro cargado de veneno y zozobra—. ¿Un revólver en la cabeza? ¿Quién te amenazó?
Caleb alzó la vista despacio. Sus ojos ámbar estaban oscuros, velados por una fatiga amarga que no tenía nada que ver con el cansancio del taller.
—Te dije que el pasado no entra en este presupuesto, Victoria.
—¡No me trates como a una empleada de tu corporación! —estalló ella, dando un paso al frente y golpeando el tablón con la palma abierta—. ¡Ese pasado me costó diez años de vida! Me pasé una década creyendo que te habías reído de mí, que te habías subido a ese avión contando billetes y burlándote de la ingenua que cosía a pedal en un desván. ¿Y ahora pretendes que me trague que fuiste una especie de mártir silencioso?
—¡No pretendí ser ningún mártir! —rugió Caleb, inclinándose sobre la mesa hasta acortar la distancia entre sus rostros—. Fui un cobarde acorralado, ¿contenta? Tenía dieciocho años, dos hermanos chicos en una pieza que se llovía y tres tipos del bajo puerto sentados en la puerta del taller mecánico esperándome todas las noches. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que fuera a tu pensión a decirte: «Vic, no te presentes a la beca porque mi viejo se patinó la plata de unos prestamistas y nos van a prender fuego a todos»?
Victoria se quedó sin aire. El golpe de la verdad, cruda y despojada de adornos, le quemó el pecho.
—Podríamos haber buscado una salida juntos —dijo ella, pero la voz le salió rota, perdiendo la fiereza de golpe.
Caleb soltó una risa seca, desprovista de humor, que sonó a vidrio quebrándose contra el suelo.
—No había salida juntos, Victoria. En ese mundo no hay lugar para la poesía de taller. La única moneda de cambio que esos tipos aceptaban para levantar los pagarés era la cesión de mis derechos a Vanguardia. El dueño de la fábrica compró la deuda a cambio de diez años de mi vida en Europa. Era firmar o ver a mi vieja en la calle y a ti... —Caleb se interrumpió en seco, apretando los párpados con fuerza—. No iba a dejar que te rozaran, Victoria. Antes prefería que me odiaras hasta el último día de tu vida.
El silencio que cayó sobre el taller fue tan profundo que el goteo de la bacha del fondo pareció un martillazo rítmico.
Victoria lo contempló con una mezcla de vértigo y dolor. La armadura de rencor que había cultivado durante una década, ese odio prolijo y necesario que le había servido de combustible para no quebrarse, acababa de resquebrajarse sin remedio. El monstruo ambicioso que la había abandonado no existía; en su lugar estaba el muchacho que había vendido su futuro para blindarla a ella del horror.
Pero el orgullo de Victoria no era una prenda fácil de descoser. La herida del abandono seguía ahí, enconada por diez años de silencio forzado.
—Me quitaste el derecho a elegir, Caleb —susurró ella, con lágrimas ardiéndole detrás de los ojos, negándose a parpadear para no dejarlas caer—. Decidiste por los dos. Me condenaste a odiarte porque no tuviste el valor de confiar en mí.
Caleb no respondió. Bajó la mirada hacia sus propias manos, esas manos que sabían esculpir telas millonarias pero que no habían sabido cómo salvar su propio amor adolescente.
Antes de que alguno de los dos pudiera quebrar la tregua suspendida en el aire, el sonido agudo y estridente del interfono de la calle quebró la atmósfera.
Tres campanadas secas, insistentes.
Clara, que había permanecido petrificada en el rincón del vaporizador fingiendo revisar una bobina de hilo de seda, dio un respingo y miró a Victoria con alarma.
—No esperamos a nadie hasta mañana a la tarde, Victoria —murmuró Clara—. Los proveedores de botones llegan recién el viernes.
Victoria respiró hondo, obligando a sus pulmones a recuperar el ritmo normal. Se pasó el dorso de la mano por los ojos con un gesto rápido y autoritario, tragándose el torbellino emocional para volver a ponerse la máscara de jefa de taller.
—Atiende, Clara —ordenó, alisándose las solapas del chaleco de lino con movimientos mecánicos.
Clara descolgó el aparato antiguo pegado a la pared.
—¿Hola? Atelier Victoria.
Hubo una pausa. La voz que respondió desde la calle tenía un timbre femenino, agudo y modulado con esa afectación cosmopolita que Victoria había aprendido a reconocer en las semanas de la moda: una cadencia que sonaba a desprecio envuelto en terciopelo.
—Buenos días —dijo la voz desde el altavoz metálico—. Busco al director creativo de Textil Vanguardia. Sé que está acá. Dígale a Caleb que Bianca Ferrero está abajo y que no pienso esperar sobre esta vereda de tierra.
Caleb levantó la cabeza de golpe. La sangre pareció abandonarle el rostro.
Victoria clavó los ojos en él, sintiendo una corriente helada descenderle por la espalda.
Bianca Ferrero.
La supermodelo internacional, musa de la alta costura italiana y la figura central que Vanguardia exhibía como su trofeo más exclusivo en cada desfile de Europa. Y, según las revistas del corazón que llegaban importadas al quiosco de la avenida, la mujer que había compartido alfombras rojas, hoteles de lujo y titulares de prensa junto a Caleb Rinaldi durante sus últimos tres años en Milán.
Victoria enarcó una ceja, sintiendo cómo el dolor de hacía un minuto se transformaba de inmediato en una llamarada de furia helada.
—Parece que tu pasado en Europa no se quedó tan enterrado como decías, Caleb —dijo ella con una media sonrisa afilada como una cuchilla nueva—. Hazla pasar, Clara. No hagamos esperar a la realeza de la industria en nuestra modesta vereda de barrio.