Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 16: La tormenta contenida y la lealtad de la leona
El murmullo atónito del Gran Salón parecía un sonido lejano. Matteo aún sostenía a Chiara pegada a su pecho, sintiendo el ritmo agitado de su respiración contra la tela de su esmoquin. La soltó despacio, permitiendo que sus pies tocaran el suelo con firmeza, aunque su mano tardó tres segundos más de lo necesario en despegarse de la curva de su cintura.
El pequeño Leo, que se había aferrado a la pierna de Chiara, levantó la cabeza con los grandes ojos oscuros cargados de una angustia desgarradora. El niño comenzó a revisarla con las manos temblorosas, tocándole el vestido, los brazos y las manos, buscando desesperadamente cualquier herida o rastro de dolor.
—Hey, mi amor, mírame —susurró Chiara, agachándose de inmediato para quedar a la altura de sus ojos. Le tomó el rostro con infinita delicadeza, regalándole una sonrisa luminosa—. Estoy bien. Perfecta. Tu papá me atrapó antes de que hiciera un papelón en el suelo. No me pasó nada, lo juro.
Leo no apartó la mirada. Ladeó la cabeza, observándola con una mueca de preocupación pura, como si dudara de sus palabras. Luego, la criatura giró la cabeza para mirar a Matteo, clavando sus ojos oscuros en los de su padre con un gesto firme, inquisitivo, casi de advertencia.
Matteo, que entendía cada silencio de su hijo, se agachó a su lado. Rozó el hombro del pequeño con la palma de la mano.
—Está a salvo, Leo —dijo el Capo en un tono suave que solo su hijo tenía el privilegio de escuchar—. Te prometo que la voy a cuidar.
El niño miró a Matteo durante dos segundos eternos. Al confirmar la promesa en el rostro de su padre, asintió con la cabeza. Le dio un último apretón cariñoso al brazo de Chiara y echó a correr por el mármol hacia donde Alonzo y Stella lo esperaban con los brazos abiertos.
En ese mismo instante, en el centro de la galería, el ambiente se volvió glacial.
Edans avanzaba a pasos agigantados arrastrando a Isabella del brazo. La hermana mayor de los Romano se zafaba con violencia, con el vestido dorado arrugado y el rostro rojo de ira y humillación.
—¡Suéltame, pedazo de animal! ¡No me toques! —gritaba Isabella, intentando clavar los tacones en el suelo—. ¡Papá, dile a este perro que me suelte!
Edans la soltó con un movimiento seco justo frente a Giordano, Mariana y los abuelos Vitale.
—¿Qué significa este espectáculo, Isabella? —bramó Giordano Romano, con la voz quebrada por la vergüenza y el horror.
—Señor Romano —intervino Edans con la voz plana y fría como un témpano—, la señorita Isabella acaba de empujar a su hermana por la espalda al borde de las escaleras de mármol. Si el señor Matteo no hubiese reaccionado a tiempo, la señorita Chiara habría sufrido una caída severa.
Mariana Romano se cubrió la boca con ambas manos, mirando a su hija mayor con un espanto absoluto.
—¿Cómo pudiste? —susurró Mariana, con los ojos empañados en lágrimas—. ¿Cómo pudiste hacerle algo así a tu propia hermana, Isabella? Les dimos exactamente lo mismo a las dos. Cuando Chiara volvió, jamás hicimos una diferencia entre ustedes. ¡Es tu sangre!
—¡Ella me lo quitó todo! —chilló Isabella, fuera de sí, señalando hacia el jardín—. ¡Se metió en la casa de los Vitale, se ganó a ese niño tonto y ahora Matteo no hace más que mirarla a ella! ¡Es una muerta de hambre que solo busca arruinarme!
Alonzo Vitale dio un paso al frente. Su figura anciana emanaba una autoridad tan aplastante que hasta la propia Isabella se congeló en el sitio.
—Mídase la boca en mi presencia, niña —dijo Alonzo en un tono grave que heló la sangre de todos los presentes—. Por respeto a su padre y a la alianza que nos une, hoy no la voy a mandar a sacar a patadas de este hotel. Pero escúcheme muy bien: esta es la última vez que pasa por alto a la familia Vitale. Si vuelve a intentar tocarle un solo pelo a Chiara, o si vuelve a pronunciar una palabra despectiva sobre mi nieto, le juro por la memoria de esta familia que no habrá apellido Romano que la salve de terminar muy mal.
Giordano miró a su hija con un desprecio absoluto y le hizo una señal a dos de sus hombres de seguridad.
—Sáquenla de aquí. Llévenla a la mansión y enciérrenla en su habitación. Mañana mismo hablaré contigo, Isabella.
Mientras el escándalo se disipaba en la galería, Matteo tomó a Chiara suavemente del codo y la arrastró en silencio hacia la terraza privada del fondo, un rincón protegido por enredaderas y alejado de las miradas curiosas.
La brisa nocturna de Roma era fresca, pero el aire dentro de la terraza privada se sentía sofocante, cargado de una tensión eléctrica que amenazaba con quemarlos a ambos.
Matteo soltó el codo de Chiara y caminó dos pasos hacia la barandilla de piedra, dándole la espalda un segundo para intentar recuperar el control de su pulso. El aroma a vainilla que emanaba de la piel de ella seguía impregnado en las solapas de su esmoquin.
—No debiste permitir que el niño se te acercara así en medio del salón —dijo Matteo, girándose despacio. Intentó usar su tono habitual de autoridad, frío y distante, pero su voz sonó raspada—. Se supone que vinimos a cerrar negocios, no a dar un espectáculo.
Chiara se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra una de las columnas de mármol. El vestido borgoña se amoldaba a su figura bajo la luz de la luna, y en su rostro no había el menor rasgo de intimidación.
—Tu hijo vino corriendo a mis brazos porque quiso, Vitale —respondió Chiara con soltura—. Y si tanto te molesta el espectáculo, hubieras dejado que me estrellara contra el suelo en lugar de sostenerme como si fuera lo más valioso que tienes en este lugar.
Matteo apretó los dientes, sintiendo que la vena de su cuello amenazaba con reventar.
—Ese es el problema contigo, Romano. Te metes donde nadie te llama —avanzó dos pasos hacia ella, recortando la distancia para imponer su estatura—. Te metiste en mi empresa, le sacaste el número de teléfono a mi padre, le mandas audios a mi hijo todas las tardes y ahora el niño no quiere pasar un solo día sin saber de ti. ¿Qué demonios pretendes? ¿Crees que no me doy cuenta de cómo juegas a la familia feliz?
Chiara no retrocedió ni un solo milímetro. Levantó la barbilla y le sostuvo la mirada gris con una firmeza impecable.
—Yo no juego a nada, Matteo.
—¡Estás jugando con un niño traumatizado! —exclamó él en un susurro bajo y peligroso—. Leo no es un juguete para que te sientas buena persona. Mi mundo es oscuro, mi familia está rodeada de enemigos y no necesito a una 'cacatúa' que venga a alterar el único equilibrio que me costó años construir.
Chiara soltó una carcajada corta, amarga, pero llena de una fuerza desarmante. Dio un paso al frente, quedando a solo centímetros del pecho del Capo.
—Sé lo del armario, Matteo —soltó ella de golpe.
El tiempo se detuvo en la terraza.
Matteo se congeló por completo. La frialdad de su rostro se agrietó en un segundo, sustituida por un pavor oscuro y una furia volcánica. Sus ojos grises se abrieron con violencia.
—¿Qué dijiste? —murmuró con la voz quebrada.
—Sé lo que esa maldita mujer le hizo a tu hijo —continuó Chiara, sosteniéndole la mirada con los ojos color miel brillando por la intensidad de las emociones—. Sé que lo encerraba a oscuras, sé los insultos que le decía cuando lloraba porque le molestaba su existencia... y sé la mentira atroz que le susurró al oído antes de que la sacaras de su vida.
Matteo sintió que el mundo se le venía abajo. Apretó los puños a los lados con tanta fuerza que los nudillos se tornaron completamente blancos. El secreto más oscuro y doloroso de su vida, la culpa que lo carcomía por dentro, estaba al descubierto frente a la mujer que tenía enfrente.
—¿Te lo contó Luz? —preguntó el Capo, con un hilo de voz lleno de un peligro transparente.
—Me lo contó la verdad de ver a ese niño guardando un silencio sagrado solo para protegerte a ti —respondió Chiara, dando otro paso hacia él, rompiendo cualquier distancia física. Rozó con la punta de sus dedos el pecho del traje de Matteo, justo encima del corazón—. Sé que crees que estás protegiendo a Leo manteniéndolo en una jaula de cristal. Sé que crees que tu tono de Capo implacable y tus amenazas de hombre duro asustan al mundo entero. Pero a mí no me asustas, Matteo Vitale.
Matteo se quedó mudo, reteniendo el aire en sus pulmones.
—No me dan miedo tus miradas de lobo, ni me importa que seas el Capo de Roma —le confesó Chiara con una devoción absoluta en la voz, mirándolo directamente a las pupilas—. Ese niño guardó silencio por amor a ti. Y yo no voy a dejarlo solo. No me importa cuántas veces me grites, no me importa cuántas veces intentes echarme de tu vida o cuántas 'Isabellas' intenten empujarme por las escaleras. Me voy a quedar al lado de Leo. Le voy a devolver la risa, la voz y la infancia que le robaron, te guste o no.
Las palabras de Chiara cayeron sobre el Capo como un impacto directo al alma.
Por primera vez en su vida, Matteo Vitale no encontró una sola respuesta. El hombre que doblegaba a senadores, que dominaba el tráfico de armas de Europa y que cortaba la boca a sus enemigos con un solo monosílabo, se quedó completamente desarmado.
Miró los labios carnosos de Chiara, tan cerca de los suyos que podía sentir el calor de su aliento. Miró la lealtad feroz que ardía en sus ojos color miel, una lealtad que no buscaba su dinero, ni su poder, ni su apellido, sino la felicidad de la única criatura por la que él daría la vida.
La combinación del contacto de sus cuerpos hace unos minutos, la valentía de esa mujer que no le temía a su oscuridad y la marea de atracción contenida que llevaba semanas acumulándose, explotó en el pecho del Capo.
Matteo dio un paso más, acorralando a Chiara contra la columna de piedra. Su mano gigante subió despacio hasta posarse en el cuello de ella, sintiendo el pulso acelerado de la joven bajo sus dedos, mientras su mirada descendía hacia su boca con una posesión oscura, peligrosa e inevitable.
El Lobo de Roma estaba acorralado por sus propios sentimientos, y por primera vez en siete años, no tenía la menor intención de escapar.
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. Hola mis lectoras. No soy de subir imágenes porque casi nunca encuentro lo qué imaginó pero acá lo tienen.
Matteo Vitale
Chiara Romano
Y el pequeñito que les robo el corazón a muchas de acá..El pequeño Leo.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.