Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 17
La doctora se apresuró a desplegar el equipo médico sobre la mesa auxiliar contigua al sofá. La tensión en la oficina ejecutiva seguía siendo palpable, gruesa como el humo de una hoguera que no termina de apagarse.
Victoria se puso de pie torpemente, sacudiéndose el polvo del traje de seda y tratando de recomponer su peinado con manos temblorosas. Ninguno de los escoltas la miró; la sola sombra del Alfa la mantenía arrinconada cerca de la puerta, masticando la humillación más amarga de su vida.
—Señorita Cassandra, por favor recuéstese tranquila —indicó la doctora con suavidad mientras le aplicaba el gel sobre el vientre—. Voy a revisar el saco gestacional y la frecuencia cardíaca. Respire profundo.
Cassandra obedeció, cerrando los ojos por un instante. Sentía la mano de Damián apretando la suya con una fuerza magnética, invadiéndola con un calor que contrarrestaba el frío helado del susto.
En la pantalla del ecógrafo, tras un par de segundos de búsqueda angustiosa, el sonido fuerte y acelerado volvió a llenar el recinto.
*Tuc-tuc-tuc-tuc-tuc.*
—El embrión está intacto —anunció la médica, dejando escapar un suspiro de alivio—. No hay desprendimiento ni hematomas. Sin embargo, el estrés y el impacto causaron una leve contracción nerviosa. Necesita reposo absoluto durante el resto del día y una dosis de progesterona para prevenir cualquier complicación.
Damián cerró los ojos un breve segundo, relajando los músculos del cuello. La calma volvió a su rostro, pero sus ojos continuaban siendo pozos oscuros y peligrosos.
—Acompañe a la señorita a la suite privada de descanso en el piso cuarenta y uno —ordenó Damián a la doctora—. Que se instale allí. Yo subiré en un momento.
—En seguida, señor Rossi.
Cuando la médica ayudó a Cassandra a levantarse para conducirla hacia el ascensor interno, la joven cruzó una última mirada con Victoria. La modelo intentaba mantener la barbilla en alto, pero en sus ojos claros flotaba el pánico de saberse acorralada: Cassandra tenía la soga puesta en su cuello y en cualquier instante podía tirar de ella.
Una vez que la puerta del despacho se cerró y quedaron únicamente Damián, Victoria y Marcos en la estancia, el Alfa caminó hacia su escritorio con un paso helado que hacía resonar cada pisada sobre la madera.
—Marcos, sal un momento —dijo Damián.
El jefe de seguridad asintió y abandonó la estancia, cerrando las dobles puertas de madera.
Victoria tragó saliva, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus hombros.
—Damián... ya escuchaste a la chica. Fue un accidente, se mareó...
—Sé perfectamente que no fue un accidente —la interrumpió el Alfa con una voz baja, pausada y tajante que helaba la sangre—. Cassandra te protegió por alguna razón que voy a averiguar muy pronto. Pero no me creas idiota, Victoria. Sé de lo que eres capaz cuando te sientes amenazada.
—¡Te estás volviendo loco por esa sirvienta! —estalló Victoria, intentando recuperar un vestigio de su habitual soberbia—. ¡Es una campesina opportunista que solo busca sacarte dinero y meterse en tu cama!
Damián dio un paso hacia ella, imponiendo su enorme estatura. La sombra de su presencia volvió a achicar a la modelo hasta dejarla sin aire.
—Cassandra lleva a mi hijo. Tú no has sido capaz de darme nada más que escándalos y ambición —sentenció Damián, clavándole una mirada que rozaba el desprecio puro—. Te vas a ir a la mansión ahora mismo con Marcos. Mañana sale tu vuelo a París para los compromisos de la semana de la moda. Te quedarás en Europa el tiempo que sea necesario. Y si cuando regreses descubro que intentaste tocar a Cassandra o a su familia, no habrá abuelo, ni apellido, ni pacto social que me impida destruirte a ti y a la estirpe de tu madre.
Victoria abrió la boca para protestar, pero la mirada del Alfa era un muro inquebrantable. Apretó los puños, dio media vuelta con el orgullo hecho pedazos y abandonó la oficina ejecutiva echando chispas.
Poco después, Damián subió por la escalera privada a la suite de descanso del piso superior. La habitación era amplia, iluminada por la luz tibia del atardecer que se filtraba a través de los ventanales. Cassandra descansaba sobre una cama king size, arropada con una manta de seda blanca mientras doña Elena —quien había sido trasladada de emergencia desde la mansión por orden de Damián— le acariciaba la frente.
Al ver ingresar al señor Rossi, la anciana se puso de pie con respeto.
—Señor Rossi... gracias por traer a la doctora tan rápido. Mi niña está bien, gracias a Dios.
—Señora Elena, por favor pida abajo lo que necesiten para cenar. Quiero hablar a solas con Cassandra un momento —pidió el Alfa cortésmente.
Doña Elena asintió, le dio un beso en la mejilla a su hija y salió discretamente de la suite.
Damián caminó hacia la orilla de la cama y se sentó en el borde. Se quitó la corbata, desabotonó el primer botón de su camisa y observó el rostro pálido pero sereno de Cassandra.
—¿Por qué mentiste? —preguntó Damián directamente, sin rodeos, con una voz suave que buscaba la verdad—. Sé que Victoria no intentó ayudarte a levantar. Sé que te empujó.
Cassandra acomodó la almohada y sostuvo la mirada del hombre más poderoso de la ciudad.
—No mentí
Las palabras flotaron en el aire de la suite, densas y amargas como un veneno sutil. Damián congeló el movimiento de sus dedos cerca del rostro de ella, mientras la calidez del momento se disipaba instantáneamente, reemplazada por la muralla invisible que siempre debió existir entre ellos.
—Es el bebé quien le preocupa y está bien. —dijo Cassandra, rompiendo el silencio con una sonrisa triste y amarga.
—Es cierto, es mi hijo pero tú... —Damián se quedó en silencio por un segundo, buscando la palabra exacta en medio de la incomodidad que de pronto llenaba la estancia.
—Su recipiente —completó ella, soltando las palabras con una firmeza que intentaba ocultar el temblor de su voz.
Damián frunció el ceño, apretando la mandíbula con evidente molestia por el rumbo que tomaba la conversación.
—No quiero decirlo de esa manera, Cassandra, pero no sé qué esperas que te diga. El contrato decía... —comenzó él, erguiendo la espalda.
—Ya sé —lo interrumpió Cassandra de inmediato, fijando sus ojos marrones en los de él con una chispa de orgullo herido—. Usted me dijo: nada de sentimientos. Y yo no tengo ninguno por usted. Solo me preocupa el bebé, nada más.
Damián la miró en silencio durante unos segundos interminables, sintiendo cómo el ambiente se volvía rígido y distante. Cassandra volteó el rostro bruscamente hacia el ventanal, dándole el perfil para dejar de mirar la sombra imponente del Alfa.
—Bien —sentenció él, recomponiendo su postura impecable y ajustándose los puños de la camisa blanca—. Ahora que sabemos que todo está bien con el bebé, cuando llegues a la mansión vas a alimentarte bien y descansar.
Damián se levantó de la orilla de la cama con esa elegancia distante que lo caracterizaba, poniéndose el saco del traje y volviendo a ser el magnate inalcanzable de siempre.
Escuchó el leve sonido de la puerta al cerrarse cuando el Alfa abandonó la suite. En la soledad de la habitación, Cassandra cerró los ojos y se llevó una mano al pecho. Sentía una leve y amarga punzada de decepción en el centro del alma, una punzada ridícula e ilógica porque, al fin y al cabo, él solo estaba cumpliendo las reglas que ella misma había aceptado firmar.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏