Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
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CAPITULO 16: UN DÍA
Faltaba un día para la boda.
Anastasia se despertó a las seis de la mañana con la cabeza en el pecho de Damián. Con el anillo _MITAD Y MITAD_ en el dedo y el arete de luna de Luna en la mano. No se había puesto el arete todavía. Lo tenía guardado, para mañana.
Damián no había dormido. Tenía ojeras negras. Había pasado toda la noche despierto, mirando el techo de la habitación negra, con la mano de Anastasia en su pecho, con miedo de que en 24 horas ella dijera que no.
Porque ahora sí podía decir que no. El contrato nuevo que ella escribió con letra temblorosa decía en la regla ocho: _Nos casamos solo si yo digo que sí el día de la boda._
Y eso era lo que más miedo le daba a Damián Grey en toda su vida. Más que Vonn. Más que perder dinero. Más que la policía.
—¿No dormiste? —dijo Anastasia, con voz de dormida.
—No —dijo él, honesto, por la regla cuatro nueva de decir la verdad—. Tenía miedo.
—¿Miedo de qué? Tú nunca tienes miedo. Eres el lobo.
—Miedo de que mañana digas que no —dijo Damián, mirándola—. Y que te vayas con Luna y tu madre y tu foto de helado y me dejes aquí con mi cama negra enorme vacía.
Anastasia se sentó en la cama. Con la camisa blanca de él. Descalza. Con el pelo revuelto.
—Damián —dijo, agarrándole la cara con las dos manos, como nunca se había atrevido—. Si quisiera irme, ya me hubiera ido. Tuve la puerta de la cocina abierta a las tres de la mañana con Luna y un cuchillo y no me fui. Tuve el contrato en fuego y lo apagué a la mitad. No me voy a ir mañana.
—Pero puedes —dijo él—. Y eso me da más miedo que si no pudieras. Cuando no podías irte, yo mandaba. Ahora mandas tú. Y si mandas tú y dices que no, me muero.
Era la primera vez que Damián Grey decía _me muero_ por alguien que no era él mismo.
Anastasia lo besó. Sin que él preguntara. Ella preguntó esta vez.
—¿Puedo?
—Sí —dijo él, sorprendido—. Siempre sí si eres tú.
Lo besó en la frente, donde tenía la preocupación. Luego en la mejilla. Luego en la boca. Corto. Suave.
—Mañana voy a decir que sí —susurró—. Pero hoy todavía soy Sterling un día más. Déjame ser Sterling hoy.
—¿Qué quieres hacer siendo Sterling un día más? —preguntó él.
—Quiero ir a la librería donde trabajaba. Quiero comer helado con Luna y Sofía como en la foto. Quiero ponerme mi ropa vieja, no tu camisa. Y quiero volver aquí a dormir. Si me dejas.
Damián se quedó callado. Rafael Vonn le había dicho que no la dejara salir el día antes de la boda. Que las novias se escapan. Que las Sterling se escapan.
—Contrato nuevo, regla uno —dijo Damián al final—. Puedes ver a quien quieras cuando quieras. Anda. Pero vuelve. Por favor vuelve.
—Vuelvo —dijo ella—. Mitad y mitad, ¿recuerdas? Mitad Sterling hoy, mitad Grey mañana.
A las diez de la mañana, Anastasia salió de la mansión negra sin camioneta negra, sin Killian detrás, solo con tenis viejos suyos que había guardado, con jeans rotos y una camiseta blanca simple. Con el anillo mitad y mitad escondido en el bolsillo, para no presumir. Con el arete de luna de Luna puesto, uno solo.
Caminó hasta el centro. Hasta la librería _El Gato Negro_ donde trabajó dos años ganando poco para pagar las pastillas de su madre.
El señor del Gato Negro la vio y casi se cae.
—¡Anastasia! ¡Niña! ¿Dónde estabas? ¡Dijeron que te habías casado con un millonario!
—Casi —dijo ella, riéndose—. Mañana.
Entró. Olía a libros viejos y a café barato. Su lugar favorito.
A las doce, Luna y Sofía llegaron con helado. El mismo helado de la foto: chocolate, vainilla y fresa.
Las tres se sentaron en la vereda, como hace dos años, con el helado chorreando.
—Te ves flaca —dijo Luna, directa, como siempre—. Pero no pálida como antes. Te ves... no sé. Menos asustada.
—Estoy menos asustada —dijo Anastasia—. Tengo contrato nuevo. Lo escribí yo.
—Lo sé —dijo Luna—. Tu madre me contó. Ocho reglas. La seis es mi favorita. No te besa si no dices que sí. —Luna la miró, con el helado—. ¿Y si dices que sí mañana, es porque quieres?
Anastasia sacó la foto vieja que Luna le había regalado, la que tenía guardada en el bolsillo del jean.
—Mira —dijo—. Somos nosotras. Hace dos años. Sin Grey. Y mañana voy a ser Grey, pero voy a seguir siendo nosotras. Mitad y mitad. ¿Vas a venir mañana con tu vestido negro?
Luna se puso roja. Luna nunca se pone roja.
—Sí. Voy a ir. Con mi vestido negro. Para cuidar que el lobo no te coma en el altar.
—El lobo ya no me come —dijo Anastasia, comiendo helado—. Ahora me pregunta si puede comer. Y yo digo que sí a veces.
Sofía se rió fuerte, con helado en la boca.
—Ana está enamorada —dijo—. Está enamorada del lobo.
—No estoy enamorada —dijo Anastasia, roja hasta las orejas—. Estoy... mitad y mitad.
Pero lo estaba. Un poco. Desde el beso de la biblioteca, desde que le curaba la mano quemada, desde que le dejaba fresas, desde que le tenía miedo a su no.
A las cinco de la tarde, Anastasia volvió a la mansión negra caminando. Podía haberse quedado. Podía haberle dicho a Luna: vámonos las tres, lejos, con mi madre. Nadie la hubiera detenido. No había camioneta negra esperándola. No había Killian con escopeta.
Pero volvió. Porque quiso.
Damián estaba en la puerta, parado, sin traje, descalzo también, esperándola desde las cuatro. Cuando la vio venir con jeans rotos, con helado en la camiseta, con el arete de luna, se le aflojaron los hombros.
—Volviste —dijo, como si no lo creyera.
—Te dije que volvía —dijo ella, acercándose—. Soy Sterling, pero cumplo promesas. Sobre todo si son mitad Grey.
—¿Cómo estuvo tu día Sterling? —preguntó él.
—Bien. Comí helado. Vi libros. Luna va a venir mañana con vestido negro —dijo ella.
—¿Y ahora? —dijo él—. ¿Ahora eres qué?
—Ahora soy mitad y mitad cansada —dijo ella, bostezando—. Y quiero dormir en tu cama negra con tu camisa blanca, si me dejas.
—Regla seis —dijo él, sonriendo—. ¿Puedo cargarte?
—Sí —dijo ella—. Hoy sí.
Damián la cargó. Como el primer día que la subió a la cama con su vestido puesto, pero distinto. No como algo que le pertenece y se le rompió. Como algo que volvió porque quiso volver.
La subió a la cama. Con su ropa vieja de Sterling. Con helado en la camiseta. Con el arete de luna.
La acostó. Le quitó los tenis rotos. Le puso su camisa blanca encima de su ropa, como siempre.
—Falta un día —susurró él, acostándose a su lado, sin tocarla todavía, esperando.
—Falta un día —repitió ella, y por primera vez, ella fue la que se acercó, la que le agarró la mano, la que se acurrucó en su pecho de lobo—. Y mañana voy a decir que sí. Pero hoy dime tú que sí.
—¿Que sí a qué?
—Que sí a que me quede dormida aquí. Que mañana sea tu esposa.
Damián le besó el pelo. Con permiso que ella ya había dado para siempre.
—Sí —dijo—. Quédate dormida aquí. Mañana y todos los días mitad y mitad.
Y Anastasia se durmió, a un día de casarse, con jeans rotos, con camisa blanca de Damián encima, con anillo mitad y mitad en el bolsillo, con arete de luna, en la cama negra del lobo que ya no era lobo, era hombre con miedo a un no que no llegó.
*[FIN DEL CAPÍTULO 16