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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:246
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

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Capítulo 4

Capítulo 4. Señor Ferrer, ¡mi hermana Valeria sigue soltera!

Beatriz tomó el acta de un tirón. Al comprobar que el nombre del esposo no era Nicolás Rivas, soltó un suspiro de alivio.

Ricardo se acercó a leer.

—¿Alejandro Montenegro? ¿Quién es ese?

—Tu yerno, por supuesto.

Beatriz no creyó una palabra. Adoptó un tono cargado de falsa dulzura.

—Elena, ¿no habrás conseguido un acta falsa para engañar a tu padre y librarte del señor Ferrer?

—¡Maldita desvergonzada! ¿Te atreves a traer un acta falsa para engañarme? —estalló Ricardo—. ¿Crees que así vas a evitar casarte con él? ¡Hoy mismo te llevo a su cama, aunque tenga que llevarte atada!

—Si quieren saber si es falsa, basta con llamar.

Elena tomó el teléfono, marcó el número público de consultas del Registro Civil y activó el altavoz.

—Buenos días. Registro Civil de Puerto Claro. ¿En qué podemos ayudarle? —respondió una voz femenina con tono rutinario.

—Quisiera consultar mi estado civil. Mi número de identificación es...

Poco después, la empleada volvió a hablar:

—Señora Elena Salazar, el sistema indica que hoy, a las nueve y media de la mañana, quedó registrado su matrimonio con el señor Alejandro Montenegro.

El aire pareció congelarse.

La sonrisa de Beatriz se le quedó tiesa en el rostro.

La furia de Ricardo dio paso al desconcierto.

—¿De verdad... se casó? —La voz de Beatriz tembló. Se aferró al brazo de su marido—. ¿Y qué le vamos a decir al señor Ferrer? ¡Ya cobramos el dinero!

Ricardo todavía no salía del estupor cuando su teléfono empezó a sonar con un timbre estridente.

En la pantalla apareció el nombre de Héctor Ferrer.

—¡Es él! —Ricardo palideció, dominado por el pánico—. ¿Qué hago? ¿Contesto o no?

La mirada de Beatriz cambió varias veces. Se inclinó hacia su oído y murmuró:

—¡No te pongas así! Él no sabe que ella está casada. Primero se la llevamos. Cuando se haya acostado con ella, la obligamos a divorciarse de ese tipo cualquiera y listo.

—¿Estás loca? —replicó él en voz baja—. ¡Si descubre que le mandamos a una mujer casada, no nos lo va a perdonar!

Beatriz sonrió con malicia, satisfecha de sí misma.

—Es muy sencillo. Solo hay que impedir que hable.

—¿Tienes alguna idea?

—No solo voy a hacer que se calle. ¡La voy a convertir en una putita que le suplique al señor Ferrer que se acueste con ella!

Le pasó un frasquito con un líquido rosado.

—Es un afrodisíaco. Me costó una fortuna. Contesta y luego busca la manera de engañarla para que se lo tome.

—¡Siempre sabes qué hacer, querida!

Ricardo recibió el frasco, radiante, y contestó.

—¡Ricardo Salazar! —El rugido impaciente de Héctor casi reventó el auricular—. ¿Cuánto tiempo más me vas a hacer esperar, carajo? ¡Mi paciencia tiene un límite!

—¡No se enfade, señor Ferrer! —Ricardo adoptó al instante un tono servil—. Me retrasé porque le preparé una pequeña sorpresa. Le llevo a Elena enseguida.

Elena no había oído lo que susurraban su padre y Beatriz, pero sabía que no tramaban nada bueno.

Justo cuando Ricardo iba a colgar, se abalanzó sobre él y le arrebató el teléfono.

—Señor Ferrer, soy Elena Salazar. ¡Ya estoy casada!

—¡Perra miserable! ¡Devuélveme el teléfono!

Ricardo se lanzó a quitárselo con los ojos desorbitados.

Ella se hizo a un lado y siguió hablando:

—Pero si de verdad quiere emparentar con mi padre, todavía tiene una oportunidad. Mi hermana Valeria... ¡Es mucho más bonita que yo!

Una vez dicho lo que quería, dejó de esquivarlo.

Se volvió y le entregó el teléfono con una sonrisa. Ricardo jadeaba de tanto perseguirla.

Lo agarró y se apresuró a justificarse.

—Señor Ferrer, no le haga caso. A esa muchacha le encanta decir disparates. ¡Si ni siquiera tiene novio! ¿Cómo va a estar casada?

Hubo unos segundos de silencio. Después llegó la voz de Héctor, sombría y helada:

—Pues iré a tu casa. Así sabré si son disparates.

La llamada se cortó.

El tono de la línea sonó como un toque de difuntos.

Ricardo se quedó con el teléfono en la mano y el rostro ceniciento. Un miedo inmenso lo devoró.

Se volvió de golpe y clavó los ojos inyectados en sangre en Elena.

Alzó el brazo y descargó toda su fuerza.

¡Plaf!

¡La bofetada la derribó de lleno contra el suelo!

La mejilla se le hinchó al instante. Un dolor ardiente le atravesó la cara mientras le zumbaban los oídos.

La vista se le oscureció. Estuvo a punto de perder el conocimiento.

—¡Marta! —bramó Ricardo—. ¡Encierra a esta traidora en el cuarto de trastos! ¡Sin mi permiso no le dan ni una gota de agua ni un bocado de comida!

—Sí, señor.

La empleada la agarró del brazo sin ningún miramiento y la arrojó con violencia dentro del cuarto.

—Perra, quédate ahí pensando en lo que hiciste...

¡Bam!

La oscuridad se lo tragó todo.

No había ventanas. Solo entraba un hilo de luz por debajo de la puerta.

El aire era frío, húmedo y olía a moho.

Elena se acurrucó sobre una manta gastada, en un rincón.

Desde niña la habían encerrado allí incontables veces.

Conocía demasiado bien aquella oscuridad asfixiante y aquella desesperación.

Pero esta vez era distinto.

En su vientre había una vida que apenas empezaba.

Alejandro...

Había dicho que iría a recogerla en tres días.

Vendría... ¿verdad?

Aunque ella no le importara, al menos buscaría a su hijo.

El cansancio, el dolor, el hambre y el frío la acometieron juntos.

Después de tanta tensión, el sueño empezó a hundirla como una marea negra.

No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Un estrépito de golpes y los chillidos desesperados de Beatriz la despertaron.

—¡No rompan más! ¡Señor Ferrer, se lo suplico! ¡Dígales que paren! ¡Van a destrozarme toda la casa!

La sala del primer piso era un desastre.

Cinco o seis hombres con aspecto de matones rompían cuanto encontraban a su paso.

Héctor estaba sentado en el único sillón que seguía entero.

Con un puro en la boca, una cadena de oro al cuello y la barriga cervecera sobresaliéndole, disfrutaba del espectáculo.

Beatriz estaba de rodillas a sus pies, despeinada y con el rostro bañado en lágrimas. Se aferraba a sus piernas y suplicaba sin parar, humillándose delante de todos.

A un lado, Ricardo temblaba tanto de las piernas que ni siquiera podía hablar.

Héctor dio una calada al puro y mostró sus dientes amarillentos.

—No solo voy a destrozarte la casa. ¡También voy a arruinarlos! ¡Ese es el precio de burlarse de mí!

—¡Jamás nos atreveríamos, señor Ferrer! —Entre mocos y lágrimas, Beatriz señaló apresuradamente el cuarto de trastos—. ¡Fue Elena! ¡Esa sinvergüenza se casó a escondidas con un cualquiera! ¡Nosotros también acabamos de enterarnos!

Ricardo cayó de rodillas con un golpe sordo.

—¡Señor Ferrer, tenga piedad! ¡Déjenos una salida! ¡La fábrica es todo lo que tenemos!

Apenas terminó de hablar, Valeria llegó a casa.

Miró la sala destrozada, confundida.

—¿Papá? ¿Mamá? ¿Qué... qué pasó aquí?

Héctor entrecerró los ojos y la examinó.

No era tan hermosa como Elena, pero también era una belleza.

El deseo le encendió la mirada.

Se acarició el mentón y sonrió.

—Podría perdonarlos. Con una condición.

Ricardo respondió al instante:

—Dígame. Haré todo lo que esté a mi alcance.

—Elena ya está casada, pero todavía tienen a esta hija, ¿no? Me caso con ella y tú sigues siendo mi suegro.

—¡No! —Beatriz chilló como si le hubieran dado un pisotón—. ¡Valeria sigue en la universidad! ¡De ninguna manera!

—¿Que no? ¡Entonces prepárense para cerrar esa fábrica de mierda mañana mismo!

Héctor se levantó para irse después de lanzar la amenaza.

—¡Espere! ¡Señor Ferrer, espere!

Ricardo se precipitó a cortarle el paso. El sudor le corría por la frente.

Miró a su hija, aterrada. La lucha se le dibujó en los ojos.

Al final, apretó los dientes.

—Casarse... no. Pero... podría irse con usted unos días. ¿Le parece?

—¡Ricardo Salazar! ¿Te volviste loco? —gritó Beatriz, incrédula.

—¡Tú te callas! —le espetó él.

Un brillo calculador cruzó los ojos de Héctor.

—Está bien, no me caso con ella. Pero si van a querer que se la devuelva, tendrán que preparar el rescate, ¿no?

Ricardo se quedó pasmado.

—¿Rescate? ¿Qué rescate?

Héctor no perdió el tiempo en explicaciones.

—En tres días vienes por ella con los diez millones que te pagué para que me entregaras a tu hija. Si aceptas, me la llevo ahora. Si no, primero te dejo en la ruina y después me la llevo por la fuerza.

A Ricardo se le nubló la vista. La rabia le cerró la garganta y por un instante no pudo respirar.

¿Iba a acostarse con su hija y, encima, tenía que pagarle?

¡Aquello era un robo!

Pero Héctor lo tenía agarrado del cuello. No se atrevió ni a soltar un insulto.

Las venas le latían en las sienes. Tras un largo temblor de labios, consiguió arrancarse una palabra entre los dientes:

—...Acepto.

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