Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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Llamada inesperada
La cena en la mansión Hale era un despliegue de opulencia silenciosa que me revolvía el estómago. Martha había servido un lenguado al limón de olor exquisito, pero Victoria lo miraba como si fuera un enemigo al que debía interrogar antes de juzgarlo. En aquella mesa inmensa de roble, la distancia entre nosotros parecía un abismo imposible de salvar.
Las velas permanecían inmóviles. El aire no se movía. Hasta los cubiertos parecían dispuestos con tal exactitud que prohibían cualquier fallo humano. Parecía una cena, sí… pero también un interrogatorio en toda regla.
—Las acciones han bajado un tres por ciento tras tu actuación —dijo ella, dejando caer el tenedor con un tintineo seco—. Los inversores están aterrorizados. Dicen que si hasta el esposo puede desestabilizar la seguridad con un simple tropiezo, nuestra tecnología no sirve para nada.
—Vaya… un tres por ciento —respondí fingiendo pesar mientras tomaba un trozo de pan—. Me pregunto si seguiremos pagando la suscripción al canal de deportes. Si me quitan los partidos, ahí sí que se arma crisis de verdad; me vuelvo muy pesado cuando me aburro.
Victoria guardó silencio un buen rato, observándome con atención excesiva. Luego se levantó despacio, dio la vuelta a la mesa y llegó hasta justo detrás de mi silla. Sus manos descansaron sobre mis hombros: no era cercanía, era una forma de marcar territorio.
—Deja de comer —ordenó bajito, muy cerca de mi oído.
—Pero si apenas empiezo…
—He dicho que pares. Ya.
Dejé el cubierto despacio; el ruido contra el plato sonó fuerte en tanta calma. Se inclinó más y su mirada se cruzó con la mía reflejada en el metal pulido. Había cansancio acumulado, pero también una sospecha que ya no cabía en silencio.
—Revisé grabaciones de aquella presentación, fotograma a fotograma —dijo con voz afilada—. Al caer no perdiste el equilibrio de verdad. Tus dedos se movieron solos, rápidos y exactos sobre el sistema. Como quien conoce cada rincón, no como quien tropieza por casualidad.
—Serán mis reflejos de siempre… —intenté bromear, aunque el aire se sentía más denso—. El susto agudiza los sentidos, nada más.
No me creyó nada. Me obligó a girar, me tomó con firmeza por la ropa y me tuvo muy cerca, tan cerca que sentía cada respiración suya.
—¿Quién eres realmente? —preguntó con voz quebrada—. El hombre con el que me casé no entendía nada de esto. ¿Qué cambió de verdad contigo?
—Sigo siendo yo —respondí con calma fingida—, solo que quizás por fin empiezo a espabilar. Uno madura aunque tarde mucho tiempo, ¿no crees?
Me soltó, pero se quedó ahí mismo. Me tomó las manos, las miró despacio, luego entrelazó sus dedos con los míos: ese gesto suave me resultó mucho más difícil de llevar que cualquier grito.
—Si alguien te amenaza o te obliga a actuar así, dímelo —pidió casi en secreto—. Esto no es solo dinero, es todo lo que construyó mi padre. Si lo pierdo…
—El mundo no se arregla solo con lo que ya está hecho —la interrumpí sin poder contenerme—; a veces hace falta cambiar lo viejo para que no se caiga todo encima.
Se quedó helada, como si justo entonces encajara una pieza que le faltaba. Iba a decir algo más cuando el timbre principal resonó fuerte, claro y sin previo aviso.
Martha apareció pálida en el marco de la puerta:
—Señora… afuera está el señor Miller acompañado de agentes oficiales. Dicen que es urgente y de máxima importancia. No aceptan esperar.
Victoria perdió todo el color de golpe. Yo solo tomé vino muy despacio, fingiendo indiferencia total.
—Pues parece que la cena se acaba antes de tiempo —dije levantándome tranquilo—. Ve tú a tratar con ellos, que yo aquí termino mi plato bien tranquilo; no conviene que el marido sin importancia estorbe en asuntos serios, ¿no?
Ella se acercó una última vez y acarició suavemente mi mejilla:
—Si algo sale mal… huye. Tienes medios para hacerlo. No te quedes por mí.
Se marchó convertida otra vez en la directiva fuerte que todos conocían. Yo escuché voces bajas, firmes, con tono que imponía autoridad… y esperé solo hasta que llegó un mensaje borrado automáticamente nada más leerlo: Vienen a quedarse con el control esta misma noche. Ya no esperan más. Decide ya de qué lado estás antes de que cierren todo para siempre.
Cerré los ojos un instante. Miré el cuchillo afilado que seguía sobre la mesa y luego sonreí solo para las sombras:
—Nunca me han gustado pertenecer a grupos fijos…
Salí despacio por la puerta trasera hacia la oscuridad, evitando luces y miradas, entre arbustos altos hacia donde debía actuar yo mismo. Nadie me daría permiso para hacerlo, así que me bastaría hacerlo bien.