Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 18
En Ezeiza, Nicolás Herrera y Blanca ya esperaban junto al mostrador.
Nicolás saludó a Mateo con respeto y a Lucía con esa cordialidad de trabajo que a ella le servía para fingir que no acababa de llegar en el mismo auto que el jefe.
Simón repartió pasaportes y tarjetas de embarque.
—Gracias, señora Alcázar —le dijo a Lucía, bajito.
Ella miró el boarding pass.
Primera clase.
—¿Qué hiciste?
—Yo nada. Tu marido.
—No es mi marido en el aeropuerto.
—Decíselo al asiento.
Lucía levantó la vista hacia Mateo. Él estaba con auriculares, hablando por teléfono, impecable y frío como si no hubiera reorganizado un vuelo entero para sentarse al lado de ella.
Nicolás se acercó.
—¿Vos también viniste en el auto del señor Alcázar?
—Compartimos ruta —dijo Lucía.
Simón tosió.
—¿Estás bien? —preguntó Nicolás.
—Perfecto —dijo Simón—. Me atraganté con la discreción.
Blanca apareció justo a tiempo y se llevó a Nicolás a despachar una valija. Lucía le pegó a Simón con el pasaporte en el brazo.
—Te juro que te dejo tirado en Corea.
—No podés. Hablo inglés.
—Yo hablo enojo.
Mateo cortó la llamada y volvió con ellos.
—¿Problema?
—Tu asistente respira fuerte —dijo Lucía.
—Lo sé.
—Qué equipo.
Embarcaron sin sobresaltos. Lucía quedó junto a Mateo. Los demás, unos asientos más adelante, lo bastante cerca para existir y lo bastante lejos para no salvarla de nada.
Cuando el avión despegó, ella miró por la ventanilla hasta que Buenos Aires se volvió una mancha de luces.
Mateo le acercó agua.
—¿Estás nerviosa?
—No.
—Sí.
—Un poco.
—Por Seúl o por mí.
Lucía giró apenas.
—Por todo.
Mateo aceptó eso.
Un rato después, cuando apagaron las luces de cabina, él abrió una carpeta con agenda de reuniones. Lucía intentó revisar sus bocetos en la tablet, pero tenía la cabeza en otro lado.
—Clara está en Seúl —dijo Mateo.
Ella se quedó quieta.
—¿Cómo sabés?
—Sos mi esposa.
—Eso no te da acceso al mapa de mi madre.
—Inés habló con ella.
—Ah. Eso sí.
Mateo apoyó la carpeta sobre las piernas.
—Si querés verla, vamos.
Lucía miró la pantalla oscura de la tablet. Clara vivía temporadas fuera de Argentina por sus cursos y talleres. Seúl era una de sus bases cuando trabajaba con textiles, lettering de marca y bordado aplicado al diseño. Lucía había estado allí con ella dos años atrás. De esa etapa salieron muchos bocetos de La Despistada.
—No sé si quiero caerle con un marido nuevo.
—Ya sabe.
—¿Cómo que ya sabe?
—Le mandaste foto de la libreta.
—Una cosa es una foto. Otra es aparecer con vos en tamaño real.
—Puedo esperar afuera.
Lucía lo miró de arriba abajo.
—Sos difícil de dejar afuera.
—Entonces entro.
Ella se tapó la cara con la manta.
—Mi mamá va a hacer preguntas.
—Sí.
—Muchas.
—Sí.
—Y vos vas a responder con tres palabras.
—Probablemente.
Lucía bajó la manta.
—Me va a matar a mí.
—No.
—¿Por qué tan seguro?
—Le gusto.
—Qué insoportable.
Mateo volvió a mirar la carpeta, pero se le notaba el buen humor en la comisura.
El vuelo fue largo. Lucía durmió a ratos. Cada vez que se despertaba, Mateo seguía despierto o acababa de cerrar los ojos. En algún momento, él le acomodó la manta sobre los hombros. En otro, ella terminó usando su brazo de almohada y fingió no darse cuenta.
Llegaron a Seúl por la tarde.
El frío les pegó apenas salieron del aeropuerto. Blanca repartió abrigos y bufandas como si hubiera nacido para anticipar desastres. Nicolás hablaba con un proveedor por teléfono. Simón discutía con una app de traducción.
—La app me acaba de llamar sopa.
—Te conoce —dijo Lucía.
Mateo no participó. La guió con una mano en la espalda hacia la camioneta del hotel.
En el lobby, Blanca distribuyó las tarjetas.
—Nicolás y Simón, piso diecisiete. Yo, piso dieciséis. Lucía...
Lucía estiró la mano.
Blanca le dio una tarjeta.
—Suite veintidós.
—¿Con vos?
—No, señora.
Lucía sintió que la espalda se le ponía recta.
—Blanca.
—Perdón. Lucía.
Mateo estaba a unos metros, firmando algo en recepción.
—¿Dónde duerme el señor Alcázar?
Blanca parpadeó.
—Suite veintidós.
Simón pasó por detrás con su valija.
—Sorpresa ejecutiva.
Lucía no alcanzó a pegarle.
Subió sola para no hacer escena. La suite era enorme: living, escritorio, ventanal con vista a la ciudad, dormitorio separado y una cama demasiado grande para ser inocente.
Dejó la cartera en el sofá.
—Perfecto. Re práctico.
Alguien tocó timbre.
Abrió Blanca.
—Te ayudo con la valija.
—No hace falta.
—Mateo me pidió que dejara tus cosas listas.
Lucía respiró hondo.
—Blanca, ¿vos trabajás para él o para mí?
—Desde que usted llegó, no estoy segura.
Esa respuesta casi le sacó una risa.
Blanca ordenó la ropa en minutos y se fue antes de que Lucía pudiera hacer más preguntas.
Diez minutos después entró Mateo con su propia valija.
Lucía lo miró desde el sofá, abrazada a un almohadón.
—No.
—¿No qué?
—No me hagas cara de que esto es normal.
—Estamos casados.
—También trabajamos juntos.
—La empresa no está en esta habitación.
—Tu empresa parece estar en todas partes.
Mateo dejó la valija junto al placard y sacó la notebook.
—Tengo reunión en diez minutos. Dormí si querés.
—No tengo sueño.
Mentira. Estaba rota.
Él se sentó en el living, se puso los auriculares y abrió una videollamada. Lucía aprovechó para mandarle mensaje a Clara.
Lucía: Llegué.
Clara: Ya sé. Inés me escribió tres veces.
Lucía: Qué red de inteligencia.
Clara: Mañana vienen a comer.
Lucía miró a Mateo. Él hablaba en inglés con la misma cara de estatua que usaba en Buenos Aires.
Lucía: ¿No preguntás nada primero?
Clara: Pregunto mañana. Con comida.
Lucía soltó aire.
Entonces entró una videollamada.
Clara.
Lucía se congeló.
Mateo la miró, se sacó un auricular y dijo hacia la pantalla:
—Pausamos diez minutos.
—No hace falta —susurró Lucía.
—Atendé.
Ella aceptó la llamada.
Clara apareció con una taza en la mano y el pelo recogido. Miró la pantalla. Vio a Lucía. Vio a Mateo sentado demasiado cerca.
—Mirá vos —dijo—. Así que era cierto.
Mateo inclinó la cabeza.
—Hola, Clara.
Clara levantó una ceja.
—¿Clara?
Lucía quiso hundirse en el sofá.
Mateo corrigió sin pestañear:
—Mamá.
Clara sonrió despacio.
—Mucho mejor.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕