Una élite de valientes mujeres soldados deberá enfrentar al crimen organizado que intentará matarlas para evitar ser descubiertos. Todo iniciará cuando una capitana del ejército es asesinada de un certero balazo disparado por un francotirador y el misterioso crimen destapa una poderosa mafia que intenta robar las ojivas nucleares que se almacenan en el cuartel, según descubre una chica policía designaba a resolver el extraño homicidio. Ella descubrirá además que esa despiadada mafia involucra a los altos mandos militares quienes a su vez, están vinculados sentimentalmente, entre ellos, complicando aún más las investigaciones. La mujer policía deberá desarticular la mafia y salvar el honor de la división blindada femenina "Las lobas" que maneja los poderosos tanques del ejército. Ellas se verán implicadas en el robo de las ojivas nucleares y de otras armas que son sustraídas sistemáticamente de los hangares militares. Paralelamente la mujer policía deberá definir su vida sentimental, pues su novio es un tipo muy violento, metido siempre en problemas extremadamente celoso y prepotente, y entre otros hombres que la pretenden. Traición, venganza, acción, suspenso, mucho amor, humor y romance se barajan en ésta emocionante historia, "Crimen en el ejército" que atrapará al lector de principio a fin.
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Capítulo 8
Mi primer enamorado fue Donato Ward, un muchacho sencillo, dulce, cariñoso y que trabajaba haciendo delivery. Me gustaba demasiado porque era noble y amable, tenía unos ojos muy lindos y su risa era afable, varonil, cautivante y yo me derretía como a una barra de mantequilla rendida a su sonrisa. La primera ocasión que lo vi fue cuando yo había pedido abarrotes al súper mercado y él me los trajo, presto a la casa, en apenas un par de minutos. Al instante me fascinaron sus pupilas tan tiernas como el fulgor de los luceros, su risita demoledora y lo divino que se veía con su casco subido a su motocicleta, su Rocinante de dos ruedas que lo hacía lucir viril, interesante, tan apuesto y gallardo aunque frágil porque él era delgado y un poco enjuto. Me encantó también su voz bastante melódica y melosa, cordial y diplomática.
-Su pedido, bella y encantada, dama-, me dijo entregándome los paquetes. Yo quedé boquiabierta, lívida y hasta pálida viendo a ese chico tan lindo hipnotizándome con su porte varonil, idéntico a un combatiente de las cruzadas.
Me encapriché de él y empecé a comprar una y otra vez por delivery, incluso, hasta por gusto, cosas que ni necesitaba o que ya tenía y tuve la desfachatez de pedir que las entregas las hiciera siempre Donato.
-Me gusta su forma de trabajar de ese chico, es muy atento, puntual, cordial y siempre tiene sencillo para el vuelto-, subrayaba yo resoluta y ya saben que en las tiendas el cliente siempre tiene la razón, je je je. La chica que recibía los pedidos en el súper mercado reía de buena gana. -Por supuesto señorita Fabiola Smith-, no dejaba ella de reír.
De tanto ir y venir a mi casa, Donato se enamoró, también, de mí y una cosa fue a la otra y en una de sus entregas no dudamos en besarnos acaramelados, prendados el uno con la otra, rendidos a nuestra intensa pasión.
Fue un romance muy lindo. Yo ya estaba en la policía, pero me daba mi tiempito para estar con él. Donato me esperaba en su motocicleta, terminada su jornada de labores en el súper mercado, y nos íbamos a toda velocidad por las calles, la playa y los parques de la ciudad, atronando el infinito. A Donato le encantaba hacer rugir su moto y yo me deleitaba dejando que el viento jugara con mis pelos, despeinándome y tratando de arranchar mis mechones de cuajo. Yo me sentía sexy y sensual, subida a la moto, abrazada a Donato, contándonos chistes tontos, riéndonos de cualquier cosa. Le besaba además su cuello, le lamía la oreja y él se reía mucho. -Me voy a estrellar por tu culpa, Fabiola-, estallaba Donato en carcajadas.
Ward me besaba apasionado, vehemente y febril y eso me dejaba sin defensas. Donado se apoderaba de mis curvas y le encantaba hacerme gemir y sollozar con su ímpetu. Era tan ansioso que sus manos se desbordaban hasta mis nalgas encaprichado con disfrutar de todos mis encantos. A él le fascinaba, igualmente, que yo fuera policía. Le excitaba verme con la pistola en la cartuchera, con mi placa colgando del cuello y que tuviera las botas puestas cuando hacíamos el amor. -Te hace ver más sexy y excitante-, me decía encandilado a mi belleza.
Yo deliraba con Donato. Él me llevaba a las estrellas con sus besos y caricias, me sentía extraviada en el limbo, naufragando en el mismísimo espacio sideral y estaba perdida en medio de un oasis paradisíaco, rodeada de golondrinas y mariposas, jadeando encantada mientras él me besaba los pechos, el ombligo y se entretenía con cada rincón de mi apetecible anatomía dejando huella de sus afanes en todas mis fronteras, haciéndome suya.
Jamás me había enamorado tanto como lo había hecho con Donato. Yo había flirteado con muchos otros chicos que me hacían la corte pero era la primera vez que deseaba tanto a un hombre y pensé que en Donato al fin había encontrado al amor de mi vida, con quien, incluso, podría formar un hogar y vivir por siempre a su lado.
Pero Donato era casado y yo no lo sabía. Tenía dos hijos incluso. Lo descubrí por mi propio ímpetu y pasión de soñarlo, desearlo y ansiarlo mío. Yo estaba tan enamorada de él que quería saber todo de ese hombre, dónde nació, sus padres, hermanos, su trabajo, sus gustos, sus pasiones, en fin, todo de todo. Fui, entonces, al área de registros de la comandancia y en la pantalla apareció que el hombre al que yo amaba con tanto desenfreno y devoción, por el que quería empeñar mi vida entera, era casado. Él había jugado conmigo todo ese tiempo.
La chica encargada de los pedidos de delivery me lo confirmó, después. -¿Donato Ward? Claro, él es casado pero es muy mujeriego, enamora a todas las chicas por diversión, señorita Fabiola Smith, se aprovecha de que es muy guapo y lindo para rendirnos y aprovecharnos je je je-, fue exactamente lo que me dijo la muchacha. Seguramente ella también había sido una de las víctimas del insaciable apetito carnal del tal Donato.
Me sentí tan tonta que lloré todo el día, encerrada en el baño, viendo mis sueños e ilusiones de formar un hogar derrumbándose igual a un gran castillo de naipes.
Donato me esperó esa noche, como siempre, en su motocicleta haciéndola rugir, atronando el silencio, entusiasmado de estar otra vez conmigo, poder disfrutar de mis labios y de hacerme el amor. -Eres casado-, le dije, entonces muy furiosa e indignada, cruzando los brazos, alzando mi naricita y juntando los dientes.
Donato se puso rojo como un tomate al saberse descubierto. -Estoy separado, Fabiola, ya buen tiempo no vivo con mi esposa, estamos tramitando el divorcio-, intentó él una vana salida, pero nada de eso era cierto. Su mirada desconcertada lo delataba. -Juegas con los sentimientos de las mujeres, eres un mal hombre-, le reclamé malhumorada.
-Estoy muy enamorado de ti, Fabiola, te amo-, me imploró pero a mí no me gustan esos juegos donde siempre perdemos las mujeres. -Tú te habrás aprovechado de mí y de las otras muchachas que enamoras, sin embargo lo que haces es burlarte del cariño y el amor que te tiene tu esposa y mancillas tu propio hogar y defraudas a tus propios hijos-, le regañé en forma airada y resoluta.
-Eres tan mal hombre que deberías estrellarte con tu moto-, me molesté pensándolo traidor a su familia y a su hogar. No le dije más, me di vuelta y lo dejé subido a su moto, mirándome incrédulo, sin reacción y sin palabras después de haberlo desenmascarado.
Donato me escribió mil veces a mi móvil, me llamó a la comandancia, me envió selfies de él llorando, me hizo poemas, también videos de canciones eróticas y románticas y fue mil veces a mi casa a tocarme la puerta y a rugir su moto, pero yo ya no lo vi más. Estaba demasiado decepcionada de él por haberme engañado y tratarme como a una tonta.
Tardé varios meses en olvidarlo, porque yo estaba demasiado enamorada de ese hombre, pensé, incluso, varias veces, en perdonarlo, en olvidar lo que había hecho conmigo, sin embargo después pensaba en todas las muchachas que él se había burlado y me convencí que no valía la pena pese a que yo la pasaba de maravillas entre sus brazos, rendida a sus besos y caricias, entregada a su intensa pasión.
Mucho tiempo después, la teniente Raquel Woodward, la jefa de tránsito, me informó la ocurrencia de un fatal accidente en la autopista. -Se estrelló la motocicleta de un delivery, capitana, el piloto murió en el acto, fue lanzando por los aires y ¡pum! se desnucó en el pavimento, todo fue instantáneo, una lástima-, me relató Raquel.
-Qué horrible-, quedé conmovida.
-El tipo no midió las distancias, quiso ganarle a una camioneta y se chocó con otro carro, fue enteramente culpa del delivery-, me detalló Woodward a renglón seguido.
Ya saben, yo soy la jefa de la unidad de homicidios y esos casos luctuosos deben pasar sí o sí por mis manos. -Pásame el reporte, Raquel-, le pedí indiferente, acostumbrada a la rutina. Cotidianamente ocurren una docena de ese tipo de accidentes fatales en la ciudad.
Sin embargo, cuando abrí el archivo que me envió Woodward, quedé atónita y pasmada y hasta mi quijada rodó por el suelo. El fallecido era Donato Ward.