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Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Hombre lobo / Amor a primera vista / Ascenso de clase social / Amante arrepentido
Popularitas:33.8k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Cap 4: La Abuela Que No Pudo Esperar

—Doscientos catorce cabezas de ganado, trescientas hectáreas de tierra fértil, la mitad de los ingresos del molino. —Val leyó la cifra en voz alta, sin levantar los ojos del libro de cuentas—. Eso es lo que mi dote aportó a esta hacienda hace tres años, Sofía. Y ni un centavo de eso figura ya a mi nombre.

—Lo sé. —Sofía estaba sentada frente a ella, con otro cuaderno abierto sobre las rodillas—. Empecé a rastrear los documentos de transferencia. Va a tomar tiempo, pero hay un patrón.

—Doña Milagros sabe esconder muchas cosas, pero siempre deja patrones.

Val mojó la pluma en el tintero y trazó una columna nueva. Habían pasado cinco días desde que Diego salió con el sobre de ruptura hacia el Consejo de Lunas. El Consejo seguía en silencio. La manada creía que Val estaba encerrada llorando. Val dejaba que lo creyeran. Mientras tanto, cada tarde, con la puerta trancada y las cortinas corridas, revisaba las cuentas.

Le gustaba el sonido de la pluma sobre el papel. Era limpio. Era controlable. A diferencia de todo lo demás en su vida en los últimos días, una columna de cifras siempre cuadraba si una tenía la paciencia de sumarla bien.

Tocaron la puerta. Fueron tres golpes rápidos y nerviosos.

Sofía se levantó, entreabrió la puerta, cruzó dos palabras con alguien que Val no alcanzó a ver, y volvió con un papel doblado en la mano y el rostro pálido.

—Val.

Algo en el tono le hizo levantar la cabeza.

—¿Qué pasó?

—Es de Hacienda Solís. —Sofía tragó saliva—. Llegó por mensajero de la Manada Luna Azul. Dicen que es urgente.

Val extendió la mano. El papel temblaba un poco, pero no supo si era por el pulso de Sofía o por el suyo propio. Desdobló la carta. Reconoció la letra de su padre —irregular, apresurada, nada parecida a la caligrafía cuidada con que solía firmar sus documentos.

Leyó la primera línea.

Leyó la segunda.

La pluma se le resbaló de los dedos y cayó sobre el libro de cuentas abierto. La tinta del tintero volcado se extendió sobre la columna que acababa de sumar, devorando los números uno por uno hasta que ya no quedó nada legible.

—¿Val?

No respondió. No podía. El aire se le había quedado atorado en algún lugar entre la garganta y el pecho, y por un instante el mundo se redujo a esas líneas de tinta negra sobre papel blanco: Abuela Elena. Anoche. Bajo la luna. Sola.

Corazón del lobo roto.

—Val, me estás asustando. —Sofía se arrodilló frente a ella, le tomó las manos—. Habla conmigo.

—Mi abuela. —La voz le salió baja—. Está muerta.

El silencio que siguió tuvo peso, tuvo textura, se sintió como algo que se le sentaba en el pecho y no la dejaba respirar.

—Anoche. —Val volvió a mirar la carta—. Sola. En el jardín. Nadie la encontró hasta el amanecer.

Corazón del lobo roto no era una expresión poética. Val lo sabía desde niña, desde que Abuela Elena le explicaba con esa paciencia infinita de quien ha vivido casi un siglo cómo el corazón de un licántropo viejo podía sencillamente detenerse ante una conmoción demasiado grande, demasiado repentina, demasiado cruel. El cuerpo se rendía donde la loba interior ya no podía sostener el dolor.

—¿Qué conmoción? —La pregunta le salió sola, aunque en el fondo ya conocía la respuesta y la conocía con una certeza que le heló la sangre antes incluso de que Sofía terminara de leer el resto de la carta por encima de su hombro.

Sofía leyó en voz baja, casi sin aliento.

—Dice que alguien llegó a Hacienda Solís contando... contando la versión del rechazo. Que Sebastián te humilló ante toda la manada, que la loba de tu abuela no lo resistió al enterarse de cómo te habían tratado.

Val cerró los ojos.

Su loba se movió dentro de su pecho. Ya no gimió. Gruñó. El sonido le subió por la garganta antes de que pudiera contenerlo, bajo y ronco, tan fuerte que Sofía apretó los dedos sobre sus manos.

Fue un aullido.

Corto, ahogado, apenas audible más allá de las paredes del Ala de Orquídeas, pero real. Su loba interior, que había pasado tres años en silencio y cinco días gimiendo de dolor, aulló por primera vez con una furia que le sacudió los huesos.

Sofía se echó hacia atrás, sorprendida, y luego volvió a acercarse, sin soltarle las manos.

—Val...

—¿Quién? —Val abrió los ojos. No había lágrimas todavía, pero sentía que estaban ahí, contenidas detrás de una pared que no cedería sin permiso—. ¿Quién llevó la noticia hasta Hacienda Solís?

—No lo sé. Todavía no.

—Averígualo.

—Val, tu abuela acaba de...

—Averígualo, Sofía. —La voz le salió baja, firme, sin temblor—. Necesito un nombre.

Sofía asintió, se levantó despacio, y salió del Ala de Orquídeas sin decir nada más.

---

Volvió dos horas después, con la respiración agitada de quien ha corrido y el rostro tenso de quien no quiere ser la portadora de lo que trae.

Val seguía sentada donde la había dejado. No se había movido. La tinta derramada se había secado sobre el libro de cuentas, una mancha negra que había borrado tres columnas enteras de cifras.

—Habla —dijo Val, sin darse vuelta.

—Fueron dos guardias jóvenes. Bruno y Tomás, de la ronda nocturna. —Sofía cerró la puerta antes de continuar—. Los interrogué por separado. Los dos confesaron lo mismo, casi con las mismas palabras.

—¿Quién les pagó?

Sofía tragó saliva.

—Doña Milagros.

Algo en el pecho de Val se congeló. No de sorpresa —una parte de ella ya lo sabía desde el momento en que leyó la carta— sino de la certeza fría de tener confirmado aquello que hasta entonces era solo instinto.

—Les dio dinero para viajar hasta Hacienda Solís y contar la versión más cruel del rechazo. No solo que Sebastián te humilló. Inventaron detalles. Dijeron que te arrastraste. Que suplicaste delante de toda la manada. —La voz de Sofía se quebró un poco—. Sabía exactamente qué palabras usar para que llegaran hasta tu abuela como una puñalada.

Val se levantó de la silla. Caminó hasta la ventana. Afuera, el sol de media tarde caía sobre los jardines de Hacienda Ríos con una indiferencia que a Val le pareció obscena. El mundo no debería seguir luciendo igual el día que Abuela Elena moría sola bajo la luna.

—Ella sabía que mi abuela estaba enferma del corazón.

—Todo Hacienda Ríos lo sabía. Se los dijiste tú misma, hace meses, cuando pediste permiso para visitarla.

Val cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, la expresión le había cambiado. Sofía vio las lágrimas caer, pero ya no vio a una mujer hundiéndose. Vio a Val empezar a contar enemigos.

—Val, tus planes... —Sofía se acercó—. Sé que ibas a quedarte para cobrar lo que te deben. Pero esto es distinto. Nadie te va a culpar si decides irte ahora. Si decides que ya fue suficiente.

—No.

La palabra salió sin vacilación.

—No me voy a ir. —Val se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, un gesto brusco, casi violento—. Antes quería justicia para mí. Ahora quiero algo más.

—¿Qué?

—Quiero que Doña Milagros pierda todo lo que ama, de la misma forma en que yo perdí lo que amaba. —La voz de Val sonó fría—. Y quiero que sepa por qué lo pierde.

Sofía no dijo nada. No hacía falta.

Val se quitó algo del cuello de la blusa —una cadena fina, casi invisible— y de un cajón cerrado con llave sacó un colgante de piedra lunar que había pertenecido a Abuela Elena desde antes de que Val naciera. Se lo puso alrededor del cuello con manos que ya no temblaban. La piedra cayó justo sobre la marca, cubriendo las grietas doradas que aún cruzaban su piel como cicatrices de una guerra que no había terminado.

—Ella me lo regaló cuando cumplí quince años. —Val tocó la piedra con dos dedos—. Me dijo que la piedra lunar protege a quien la lleva de olvidar quién es, incluso cuando el mundo entero intenta convencerla de lo contrario.

Se dio la vuelta hacia el escritorio. Tomó una pluma nueva, abrió el libro de cuentas en una página limpia, lejos de la mancha de tinta, y escribió en la parte superior, con letra fría y perfectamente recta, sin un solo temblor:

Deudas de sangre.

Debajo, la primera línea:

La vida de Abuela Elena.

—Sofía. —Val no levantó la vista del libro—. A partir de hoy, cada cosa que Doña Milagros me quite, cada mentira que difunda, cada gota de sangre que le cueste a alguien que yo amo, se anota aquí. Y algún día, ella va a pagar cada línea de esta lista con intereses.

Sofía se acercó a la ventana para cerrar las cortinas antes de que cayera la noche. Entonces vio algo bajo la flor de luna silvestre marchita: un trozo de papel, doblado tantas veces que apenas era más grande que una moneda.

—Val.

Val se acercó. Levantó la flor marchita con cuidado y encontró la nota. La desdobló con dedos que, por primera vez en horas, volvieron a temblar.

Una sola palabra, escrita con una letra firme y decidida que no reconocía de nadie en Hacienda Ríos.

Espera.

1
Marleys Sofia Cervantes
Excelente
Marleys Sofia Cervantes
Excelente
Marleys Sofia Cervantes
Menos mal porque esto está fuera de control
Sofia Carruso
Así se pone la novela sin emoción
Sofia Carruso
Cuando pensé que ya iba ser feliz
se jodió esto
Marleys Sofia Cervantes
Doña Carmen es un espectáculo acido🤣🤣🤣🤣
Marleys Sofia Cervantes
Doña Carmen no se da por vencida 🤭🤭🤭
Marleys Sofia Cervantes
🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
por fin ya era hora
Patricia vanesa Prados
espectacular doña Carmen caerá por su propio peso espero más capitulo autora está q me como las uñas
Celmira Sucerquia
ay está novela me encanta
Patricia
yo aquí atrapada, que buena novela, antes no me gustaba este tipo de novelas de alfas, ahora me encantan
Marleys Sofia Cervantes
Muchos misterios 👏
Margarita Maria Tordecilla Villalba
se está poniendo poco cansona
Marleys Sofia Cervantes
Y en qué momento perdió los hijos si ellos no compartían ni recamara 🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Hector Spagnuolo
esta historia es igual a soñe con mi alfa pero el marco a otra
Marleys Sofia Cervantes
Pero porque dice que el padre no va entender, si fue el padre quien le dijo que Damián sacrificó tres años por ella y Val es un tira y escoje uff pacho
Marleys Sofia Cervantes
Dsmian hace tanto por ella y ella no hace nada por el
Marleys Sofia Cervantes
Carmen no aprende
Marleys Sofia Cervantes
Damian y Val amores
Sofia Carruso
Ni terminan un problema y le viene otro encima
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