Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 16: Las Raíces de la Sombra
Los días siguientes a la detención de su tía, su prometido y su prima fueron una vorágine de papeles, firmas y reconocimientos. Victoria recuperó el control absoluto del Grupo Laurent. Las cuentas fueron descongeladas, los activos devueltos y los abogados trabajaban sin descanso para anular cada contrato firmado bajo engaño. Pero cuanto más limpiaba el nombre de su padre, más oscura se volvía la verdad sobre su muerte.
Damián había ordenado una revisión forense completa de los archivos médicos. Una tarde, al entrar al despacho, lo encontró con el semblante endurecido, observando un informe sobre la mesa como si fuera una sentencia. Al levantar la vista y verla entrar, no disimuló su inquietud.
—Los análisis confirman lo que temíamos —dijo señalando el documento.— Tu padre no murió de causas naturales, Victoria. Los registros muestran niveles anormales de una sustancia tóxica que imita los síntomas de una insuficiencia cardíaca. Se la administraron en dosis pequeñas durante meses, hasta que su cuerpo no pudo más.
Victoria sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Se apoyó en el borde del escritorio para no desplomarse. Sabía que era probable, sí, pero escucharlo confirmado con datos fríos y exactos era como revivir su pérdida con el puño apretado alrededor del corazón.
—¿Quién? —susurró con voz quebrada.— ¿Quién entraba a su habitación todos los días, conocía sus horarios, sus medicinas, lo suficiente para hacerlo sin levantar sospechas?
—Eso estamos averiguando —respondió Damián acercándose para sostenerla con una mano en su espalda.— La enfermera principal renunció dos semanas antes del fallecimiento sin dar explicaciones. Desapareció del mapa. Y hubo una transferencia importante a su nombre días después de tu entierro frustrado. Dinero que venía de una cuenta extranjera… la misma red que pagó al juez Gutiérrez.
—No es solo mi tía —dijo Victoria, recuperando poco a poco la firmeza en la voz.— Ella era ambiciosa, sí, pero carecía de contactos internacionales y conocimientos químicos para llevar algo así a cabo. Era una pieza más. Alguien la usó. Alguien nos ha estado observando desde mucho antes de que naciéramos.
Esa misma noche, Victoria decidió regresar a la casa familiar por primera vez tras su partida. No iba a buscar cosas materiales: iba a buscar la verdad. Damián la acompañó, en silencio respetuoso, dejándola guiarse por su instinto. Recorrió cada estancia como si su padre pudiera aparecer en cualquier momento por el pasillo, llamándola con su voz suave y firme. Encontró en el fondo de un cajón secreto del escritorio una libreta de cuero oscuro que jamás había visto. Suya, sí, pero con anotaciones de los últimos meses de su vida.
«Cada día me siento más débil. Sé lo que hacen, pero no puedo probarlo aún. Me vigilan. La casa ya no es mía. Tengo que protegerla. Solo ella puede arreglar lo que se romperá cuando yo falte. Confío en quien creí mi amigo, pero hay dudas…»
La última frase estaba incompleta, con la fecha de tres días antes de morir. La tinta se veía entrecortada, como si la mano le temblara o alguien lo hubiera interrumpido. «Confío en quien creí mi amigo…»
—¿Quién era su amigo más cercano en esos tiempos? —preguntó Damián leyendo por encima de su hombro con expresión grave.
—El tío Rodrigo —respondió ella, sintiendo un escalofrío que le subió desde la nuca hasta los huesos.— Mi padrino. Socio fundador de la empresa junto con papá. Vivía en Europa esos años… pero venía a visitarlo seguido. Papá confiaba en él ciegamente. Le contaba todo.
—Precisamente —dijo Damián marcando algo en su tableta.— Rodrigo de la Cruz aparece como beneficiario de un seguro multimillonario a nombre de tu padre, firmado un mes antes de su muerte. Y su firma coincide con la caligrafía insertada en la página alterada del testamento.
El mundo se le detuvo. El hombre que la había llevado de la mano de niña, que le regaló su primer caballo, que le decía que era la hija que siempre quiso tener… ¿había sido el verdugo todo ese tiempo?
—No quiero creerlo —susurró cerrando la libreta contra su pecho.— Pero todo encaja demasiado bien. El acceso, la confianza, los viajes al extranjero…
—Por eso tu tía se atrevió a tanto —añadió Damián con pesadumbre.— No actuaba por su cuenta. Tenía el respaldo de alguien con poder y recursos superiores. Alguien que siempre estuvo a la sombra, esperando el momento exacto para tomar el mando. Y ahora que caen sus peones, sabrá que también lo buscamos.
Victoria levantó la vista, con los ojos brillantes no de lágrimas, sino de determinación acerada.
—Entonces que venga. Que sepa que ya no hay puertas cerradas para mí. Que sepa que encontré su nombre. Y que voy a hacerlo pagar cada segundo de dolor que nos causó a mi padre y a mí.
Damián tomó su rostro entre las manos con una ternura que contrastaba con la crudeza de lo que se aproximaba.
—Es peligroso, Victoria. Rodrigo es mucho más influyente y despiadado que todos ellos juntos. Pero no te detendrás, lo sé. Así que escúchame bien: donde vayas, voy contigo. Si golpeas, derribamos juntos. Y si él se atreve a tocarte… arderá todo su imperio hasta los cimientos.
Ella asintió y se aferró a su cintura, buscando en su solidez la fuerza que a veces se le escapaba. El rostro amable de su padrino se superponía a la imagen de un traidor asesino. Pero la duda ya no tenía lugar. Solo quedaba la cacería.
—Es hora de que el lobo salga de su madriguera —susurró ella.— Y yo seré quien lo cace.
En que quedamos