La esclava del conquistador
Khadir, el conquistador más temido del continente, jamás ha perdido una guerra. Reyes se arrodillan ante él, imperios caen bajo su espada y todo aquello que desea termina perteneciéndole. Hasta que encuentra a Mila.
Capturada tras la caída de su reino, Mila es entregada como esclava al hombre que destruyó todo lo que amaba. Khadir espera quebrar su voluntad como ha hecho con miles de enemigos, pero descubre que ella es distinta. Ni las cadenas, ni las amenazas, ni el poder absoluto consiguen doblegarla.
Lo que comienza como una lucha entre amo y esclava se convierte en una peligrosa batalla de voluntades, donde cada victoria tiene un precio y cada derrota deja cicatrices imborrables.
En un mundo gobernado por la guerra, la conquista y la ambición, solo uno podrá imponerse... porque el mayor imperio jamás será una ciudad, sino el corazón del enemigo.
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El Elegido
Las puertas permanecieron abiertas. La luz inundó el salón. Y con ella —entraron ellos. No juntos. Uno tras otro. Porque hombres así no compartían su presencia: la imponían.
El primero avanzó con elegancia medida. Alto, impecable. Vestía túnicas finas de tonos claros con bordados en oro, más propias de un sabio que de un guerrero. Cada movimiento calculado, contenido. Un hombre que gobernaba con la mente, no con la espada. Su mirada recorrió la fila de mujeres sin deseo, sin vacilación, solo evaluación: fría, distante, como quien coloca piezas sobre un tablero.
—El primer príncipe —anunció el heraldo. Nada más hacía falta.
El segundo no esperó. Entró como una ruptura en la calma. Más salvaje, más presente. Su piel bronceada contrastaba con los tonos oscuros de su ropa, más práctica y ligera. Había algo inestable en él, algo que se resistía a la quietud. Sus ojos no miraban: se detenían. Elegían. Una leve sonrisa curvó sus labios, como si todo esto no fuera más que un entretenimiento.
—El tercer príncipe.
Un murmullo recorrió la sala, breve y rápidamente sofocado. Y entonces —todo cambió. No más fuerte, no más grande. Peor. El aire se tensó. Los guardias se enderezaron. Los sirvientes bajaron aún más la mirada. Incluso los otros príncipes se quedaron inmóviles.
Pasos. Lentos. Firmes. Sin prisa. Como si el tiempo mismo se ajustara a su paso. Mila lo sintió antes de verlo. Su cuerpo se tensó. El aliento se le cortó. Su pulso la traicionó. No. Conocía esa presencia.
—El segundo príncipe… —la voz del heraldo sonó más firme—. Ante quien se inclina el campo de batalla… el llamado… —silencio absoluto—…el Despiadado.
Él entró en la luz. Cabello dorado, no suave ni delicado, sino forjado. Su expresión no revelaba nada. Su postura relajada, y eso lo hacía más peligroso: no era tranquilidad, era control. El mundo de Mila se contrajo. Por un instante, solo existió él. El guerrero. El hombre del río. Quien la había tomado. Quien la había sostenido. Quien la vio quebrarse —y no la soltó.
El salón contuvo el aliento. El silencio se asentó pesado, llenándolo todo. Mila bajó la mirada en cuanto sintió ese cambio. Esa mirada afilada como una hoja buscando su marca. La sintió recorrerla lentamente, deliberadamente. No se movió. No reaccionó. No dio nada. Comprendió: aquí, hasta la quietud podía leerse. Un suspiro, un temblor, un parpadeo —todo podía medirse, usarse. Ya lo había aprendido. No lo olvidaría.
El soberano se inclinó levemente sobre el trono.
—Parece que el asunto está decidido —dijo con voz baja que llenó la sala—. Entonces… ella se queda. Lleváosla.
Sencillo. Definitivo. Dos sirvientes se acercaron, sincronizados, sin brusquedad pero con firmeza. No la arrastraron: la guiaron. Mila caminó con ellos. Sin resistencia, sin demora. Ya sabía: oponerse no cambia el resultado, solo empeora el castigo. Mejor esperar. Sus pies descalzos no hicieron ruido sobre el mármol. El espacio que dejó se cerró al instante, como si nunca hubiera estado allí.
Ahora estaba aparte. Ya no era una más. Estaba marcada. Separada. Definida. Sintió la atención de todos, sutil pero innegable: curiosidad, miedo, distancia. El heraldo golpeó el suelo con su bastón.
—El resto será asignado según corresponda.
La fila avanzó. Una por una, fueron llamadas y conducidas a distintas puertas, hacia destinos desconocidos. Mila permaneció donde la colocaron. Inmóvil. Esperando. El salón se vació ordenadamente. Hasta que solo quedaron los guardias, el trono… y ellos. Los príncipes.
Mila mantenía la mirada baja, pero atenta. Reconocía tres presencias distintas. El primero habló, voz suave y medida:
—Eliges muy rápido. No es propio de ti.
Una pausa. Luego la voz del tercero, con un dejo de diversión:
—Y sin embargo… no me sorprende. Ten cuidado. Podrías querer quedártela.
Nadie respondió. Pero la atmósfera cambió. Y entonces —su voz. Baja. Serena. Absoluta.
—Salgan.
No fue un grito. No fue una súplica. Fue una decisión. Los dos hermanos se retiraron sin objetar. El salón quedó en silencio. Solo quedaron él, los guardias… y ella. Su presencia se acercó, más pesada, más real. Mila respiró despacio, controlada. No reaccionar. No mostrar. No dar.
Un paso más cerca. Ella se quedó rígida, conteniendo el aliento. Él se detuvo justo frente a ella. Demasiado cerca. Podía oler cuero, acero… él. El aire entre los dos se volvió denso, cargado. Levantó la mano lentamente y la detuvo justo bajo su barbilla, sin tocarla aún. Una orden silenciosa: mírame.
Mila dudó un instante. Luego obedeció. Levantó el rostro despacio. Sus miradas chocaron. Ojos dorados, claros, firmes. Sin dulzura, sin piedad, sin duda. No sonrió. No habló. La examinó como se examina algo de valor. Ella lo entendió, más allá de las palabras: no fue casualidad. Fue elegida. A propósito.
—No huiste —dijo él, bajo y cerca. No era una pregunta.
—No podía —respondió ella, sin dudar. La verdad, limpia.
Él la observó un instante más. Algo se movió en su mirada, casi imperceptible. Reconocimiento.
—Bien —dijo, seco y definitivo. No aprobación. Aceptación.
Bajó la mano, pero no retrocedió. Siguió allí, cerca. Mila sintió entonces la línea invisible trazada a sus pies. No por el trono, no por la corte: por él. Todo lo anterior terminó allí. Todo lo siguiente comenzaba en ese instante. Sin confusión. Sin ilusión. Sin escapatoria. Ella estaba donde él la había puesto. Y el palacio ya lo había aceptado. Ya la definía como suya.
Una puerta se abrió. Pasos suaves se acercaron. Pero Mila no apartó la vista. No hacía falta. Ya lo sabía.