Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 15
Capítulo 15: Paletas importadas y la voz del patrón
Al tercer día la dieron de alta. Y con el alta volvió, puntual, la persecución.
Regina Ávalos había ido a "visitarla" al hospital, con una sonrisa dulce y un teléfono en la mano, y le había tomado una foto a traición: Camila en bata, en una habitación de lujo, pálida. Para cuando Camila volvió a la Central, la foto ya circulaba en los chats de la facultad con un cuento nuevo y peor: que Camila se prostituía, que un viejo rico la mantenía, que estaba embarazada y por eso el hospital caro. Alguien hasta había trucado una imagen de una prueba de embarazo.
Camila entró al pasillo y sintió las miradas y los cuchicheos caerle encima como piedritas.
Fernanda, furiosa, no la dejó sola esta vez. Con la practicidad de una hermana, ayudó a Camila a defenderse: sacó los recibos del hospital, donde el diagnóstico decía clarito "apendicectomía", y los mostró a quien hiciera falta.
—¿Embarazada? ¡Le sacaron el apéndice, tarados! —les gritó a un grupo—. ¡Aquí está el papel! ¡Regina se los inventó porque es una amargada!
El rumor no se apagó del todo —esas cosas nunca se apagan del todo—, pero se desinfló lo suficiente para que Camila pudiera cruzar el pasillo con la cabeza en alto.
—No entiendo por qué me odia tanto —le dijo Camila a Fernanda, después, sentándose con cuidado por los puntos—. Ni siquiera le he hecho nada a Regina.
—No necesitas hacerle nada —contestó Fernanda—. Le basta con que seas pobre y aun así saques mejores calificaciones que ella, y que los muchachos te volteen a ver sin que tú los busques. La gente como Regina no soporta que alguien a quien creen "menos" les gane en algo. —Le apretó el brazo—. No les des el gusto de verte llorar. Eso es lo único que quieren.
Camila asintió. Era la misma lección que le había enseñado la vida en casa: no llores frente a los que te lastiman, porque tu llanto es su alimento.
Esa noche volvió al Zafiro, todavía con los puntos y con órdenes de no cargar peso. Y ahí notó algo raro: doña Lupe, que la primera semana la tasaba como a una res, ahora la trataba con una suavidad casi sospechosa. Le quitó el turno de la madrugada. Le pagó la quincena completa aunque había faltado por la operación. Le mandó traer una silla para que no estuviera de pie.
—Tú nada más pórtate bien, mija —le dijo doña Lupe, con una risita nerviosa que Camila no entendió—. Se me hace que tú tienes un pesado detrás. Y a los pesados hay que tenerlos contentos.
—¿Un pesado? ¿Yo? —Camila se rió—. Doña Lupe, yo no tengo a nadie.
Doña Lupe la miró como quien mira a un inocente y no dijo más.
—Doña Lupe, de verdad, no tengo a ningún pesado —insistió Camila, entre risas—. Ni novio tengo. Debe estar confundiéndome con otra.
—Ay, mija. —La encargada le acomodó el moño con una ternura rara—. Yo llevo veinte años en esto. Sé leer las señales. De la noche a la mañana el casero te arregla el cuarto, a mí me llega el recado de que te cuide, te operan en el hospital de los ricos… Alguien te está poniendo un techo, muchacha. Tú disfrútalo y no preguntes. En este mundo, cuando cae una bendición, uno no le busca las patas.
Camila se quedó pensando en eso. "Alguien te está poniendo un techo." Las palabras se le juntaron con las de Fernanda —"¿de qué vive, a ver?"— y con la voz que había creído oír. Demasiadas piezas de un rompecabezas que ella se negaba a armar, porque armarlo daba vértigo.
Lo bueno duró poco. En el salón, Pato Cházaro —un niño rico y prepotente, de esos que van a los antros a sentirse dueños del mundo porque el papá les paga la cuenta— la reconoció de los chismes de la facultad y decidió divertirse. Con sus amigos alrededor, la llamó "la fichera", la obligó a servirles trago tras trago, se burló de que caminaba despacio por los puntos, y en un momento, riéndose con sus cuates, le metió en el bolsillo del delantal dos cosas envueltas en papel dorado.
—Toma, preciosa. Paletas importadas. Pa'l camino. —Sus amigos se carcajearon.
Camila, que no conocía esas cosas, pensó que de verdad eran dulces caros y se las guardó, agradecida a medias, sin entender la risa.
Doña Lupe la rescató de ahí mandándola a un encargo: llevar una botella carísima, de esas que se piden una vez al año, al reservado VIP de arriba, donde había un cliente muy importante.
Camila subió con la botella y el sacacorchos. Frente a la puerta acolchada del reservado, se detuvo a acomodarse el delantal. Y a través de la puerta, apenas entreabierta, oyó una voz.
Una voz grave, pareja, sin una gota de prisa, que estaba desnudando a alguien con palabras. "Usted me firma la mitad del parque industrial, o mañana no tiene ni parque ni industria ni apellido. Piénselo. Tiene hasta que se acabe la botella." Del otro lado, un empresario balbuceaba, tartamudeaba, cedía.
A Camila se le puso la piel de gallina. Esa voz. La conocía. Era idéntica a… No. No podía ser. Su vecino era un pobre mesero. Su vecino le preparaba sopa de fideo. Se quedó paralizada frente a la puerta, con la botella en las manos, el corazón golpeándole, a un centímetro de empujar la puerta y confirmar lo imposible.
—¡Camila! —Un mesero apareció por el pasillo—. Esa botella no, te equivocaste, es la otra. Bájala.
El hechizo se rompió. Camila, confundida, bajó con la botella, sin haber visto la cara del hombre de la voz, diciéndose que había oído mal, que estaba cansada, que las voces se parecen.
Voces que se parecen, se repitió, bajando los escalones. Hay millones de voces graves en esta ciudad. Pero el corazón le seguía latiendo raro, y una parte de ella, la que ya no quería mentirse, sabía que ninguna voz se parece tanto a otra por casualidad.
Al pie de la escalera la esperaba Dante. Vestido de calle, sencillo, como siempre lo veía ella. Como el vecino pobre. Y Camila, al verlo ahí, tranquilo, con su camiseta simple, sintió que el miedo se le deshacía: era él, el de siempre, el de la sopa de fideo. No podía ser el de la voz del reservado. No podía. Se aferró a esa certeza como quien se aferra a un clavo, porque la alternativa era demasiado grande para caberle en la cabeza esa noche.
—Ven —le dijo, y la jaló suavemente del brazo hacia un privado vacío, apartándola del bullicio—. ¿Cómo sigues de los puntos? ¿Cargaste peso? Te dije que no cargaras peso.
Camila, aliviada de verlo, de comprobar que era él y no el de la voz —o eso quiso creer—, y agradecida por todo lo del hospital que no sabía cómo pagar, buscó en el bolsillo del delantal lo único que tenía para regalarle.
—Mira, me regalaron paletas importadas. Finas. —Le puso en la mano los dos paquetitos dorados—. Toma, para ti. Por todo lo que has hecho por mí.
Dante bajó la vista a su palma. Dos paquetitos de papel dorado. Los reconoció al instante por lo que eran, y no eran dulces. Enarcó una ceja, muy despacio, y levantó los ojos hacia la cara inocente de Camila, que sonreía esperando un "gracias".