SINOPSIS ~
Amaris ha aprendido que sobrevivir significa no llamar la atención, no confiar demasiado y sobre todo ocultar aquello que te hace diferente
Pero al acercarse a sus 18 años su vida comienza a cambiar secretos que nunca pidió conocer salen a la luz
Personas desconocidas entran en su camino y alguien que parece saber más de ella de lo que debería
Entré magia peligros y sentimientos que jamás esperaba encontrar Amaris tendría que descubrir en quien confiar
Por qué hay verdades capaces de cambiar una vida y hay destinos que fueron escritos mucho antes de que pudiéramos elegirlos
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UN PASADO EN LA SOMBRA
La noche había caído por completo sobre la mansión abandonada.
El viento se colaba por las ventanas rotas y hacía crujir las viejas paredes. Algunas ramas golpeaban los cristales que aún permanecían en sus marcos, produciendo un sonido irregular que hacía que el lugar pareciera mucho más inquietante de lo que ya era.
Amaris permanecía sentada cerca de una pequeña fogata.
No estaba relajada.
Ni siquiera después de haber revisado cada habitación de la mansión.
Había comprobado las entradas, las ventanas, las escaleras y hasta los alrededores del jardín.
Nada.
No había señales de soldados.
Pero eso no significaba que estuvieran a salvo.
Amaris mantuvo una mano cerca de una de sus dagas mientras observaba las llamas.
—Sigues mirando hacia la puerta —dijo Kael desde el otro lado de la fogata.
Amaris levantó ligeramente el rostro.
—Y tú sigues hablando demasiado.
Kael soltó una pequeña risa.
—Solo estaba haciendo una observación.
—Pues deja de observar.
Kael se acomodó contra una de las paredes.
—Difícil. Eres bastante sospechosa.
Amaris frunció el ceño detrás de la venda.
—Tú tampoco eres precisamente normal.
—Nunca dije que lo fuera.
Durante unos segundos ninguno habló.
Arnold estaba recostado cerca de una de las columnas, con los brazos cruzados. Parecía estar descansando, pero Amaris sabía que estaba atento a todo lo que ocurría.
—¿Creen que volverán? —preguntó Arnold.
Kael miró hacia una de las ventanas.
—Si los soldados nos estaban siguiendo, probablemente.
Amaris apretó ligeramente la mandíbula.
—Entonces tendremos que irnos antes de que nos encuentren.
—¿A dónde? —preguntó Kael.
Amaris no respondió.
No tenía un lugar al que ir.
Habían escapado, pero escapar no significaba estar libres.
Solo significaba que, por el momento, nadie los había alcanzado.
Arnold dejó escapar un suspiro.
—Podríamos quedarnos aquí hasta mañana.
—No me gusta este lugar —dijo Amaris.
—A mí tampoco —respondió Arnold—. Pero tampoco tenemos un palacio esperando por nosotros.
Amaris giró la cabeza hacia él.
—Hablas demasiado.
—Y tú te quejas demasiado.
—Porque tú hablas demasiado.
Arnold sonrió.
Kael los observó en silencio.
Era extraño.
Había visto personas que habían pasado años juntas y aun así mantenían cierta distancia.
Ellos no.
Entre Amaris y Arnold había una confianza que no necesitaba explicaciones.
Kael bajó la mirada hacia el fuego.
Por alguna razón, aquello le resultaba familiar.
Quizá porque alguna vez él también había tenido algo parecido.
Aunque hacía mucho tiempo que no pensaba en ello.
Más tarde, Arnold se quedó dormido.
Amaris no.
Permaneció junto a la ventana, observando el exterior.
La luna iluminaba parcialmente el jardín abandonado. Las hierbas crecían entre las piedras y las ramas de los árboles se movían con el viento.
Entonces lo vio.
Una sombra.
Amaris entrecerró los ojos.
No era un animal.
Había alguien al otro lado del jardín.
Su mano se dirigió lentamente hacia una de sus dagas.
La figura permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después dio un paso hacia atrás.
Amaris abrió la ventana.
El ruido despertó a Arnold.
—¿Qué ocurre?
Amaris no respondió.
Salió por la ventana y aterrizó en el jardín.
La figura ya no estaba.
Amaris avanzó unos metros.
Nada.
Solo árboles.
Piedras.
Y el sonido del viento.
Se agachó y observó el suelo.
Había huellas.
No eran recientes.
Pero tampoco parecían demasiado antiguas.
Amaris pasó los dedos sobre una de ellas.
Alguien había estado allí.
Se incorporó lentamente.
—Amaris.
Arnold apareció detrás de ella.
—¿Viste algo?
—Sí.
—¿Soldados?
—No lo sé.
Arnold miró alrededor.
—Entonces será mejor que volvamos.
Amaris asintió.
Pero antes de entrar, volvió a mirar hacia el bosque.
Tenía la sensación de que alguien los había estado observando.
Y no sabía por qué.
A varios metros de la mansión, entre los árboles, un hombre permanecía inmóvil.
Vestía ropa oscura y sencilla.
No llevaba armadura.
Tampoco parecía un soldado.
Sus ojos estaban fijos en la vieja mansión.
Había visto a la muchacha salir.
Había visto al joven seguirla.
Y había visto al tercero permanecer dentro.
El hombre guardó silencio.
Después bajó la mirada hacia el suelo.
Había encontrado el rastro que buscaba.
Pero no tenía prisa.
Sacó un pequeño reloj de bolsillo y comprobó la hora.
Todavía quedaba noche.
Podía esperar.
Volvió a mirar la mansión una última vez antes de desaparecer entre los árboles.
Dentro de la mansión, Amaris regresó junto al fuego.
Kael seguía despierto.
La observó entrar.
—¿Encontraste algo?
Amaris se quedó quieta.
—¿Por qué preguntas?
—Porque saliste con una daga en la mano.
Amaris miró su arma.
—Había alguien afuera.
Kael dejó de sonreír.
—¿Alguien?
—No sé quién era.
—¿Lo viste?
—Solo una sombra.
Kael guardó silencio.
Por un instante, su expresión cambió.
Fue apenas un segundo.
Pero Amaris lo notó.
—¿Qué ocurre?
Kael negó con la cabeza.
—Nada.
Amaris no le creyó.
—Mentiste.
—No.
—Sí.
Kael soltó una pequeña risa.
—Eres bastante directa.
—Y tú bastante malo mintiendo.
Kael la observó durante unos segundos.
—Quizá solo estoy cansado.
Amaris sostuvo su mirada.
Aunque no podía ver sus ojos a través de la venda, sabía perfectamente dónde estaba mirando.
Finalmente apartó la vista.
—Si recuerdas algo, dímelo.
Kael arqueó una ceja.
—¿Te preocupa?
—Me preocupa que alguien nos encuentre.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
Kael sonrió.
—No sabía que podías verla.
Amaris se quedó en silencio.
Arnold, que fingía estar dormido, soltó una pequeña risa.
—No empieces —murmuró Amaris.
—No dije nada —respondió Arnold.
Kael volvió a sonreír.
Por primera vez desde que se habían conocido, la tensión entre ellos disminuyó un poco.
Pero solo un poco.
Pasó un rato antes de que Kael hablara nuevamente.
—¿Por qué llevas esa venda?
Amaris se quedó completamente quieta.
La pregunta era sencilla.
Pero para ella no lo era.
Su mano se cerró lentamente.
—Porque quiero.
Kael esperó.
—No voy a preguntar más —dijo finalmente.
Amaris levantó ligeramente el rostro.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Pensé que eras más curioso.
—Lo soy.
Kael se encogió de hombros.
—Pero hay cosas que no son asunto mío.
Amaris permaneció en silencio.
Aquella respuesta la tomó por sorpresa.
La mayoría de las personas preguntaban.
Insistían.
Querían saber.
Y cuando descubrían algo diferente, comenzaban a mirar de otra manera.
Kael no.
Simplemente había aceptado su respuesta.
Amaris bajó la mirada.
—Gracias.
Kael sonrió levemente.
—De nada.
Ella volvió a mirar el fuego.
Sin saberlo, acababa de comenzar a mirar a Kael de una manera diferente.
No como alguien en quien confiar.
Todavía no.
Pero sí como alguien que quizá podía comprender ciertas cosas.
La madrugada avanzó lentamente.
Arnold finalmente se quedó dormido por completo.
Kael cerró los ojos.
Amaris permaneció despierta.
Y mientras contemplaba las llamas, una pregunta apareció en su mente.
¿Qué clase de vida había llevado Kael antes de convertirse en mercenario?
No sabía por qué le interesaba.
Tal vez porque había algo en él que no encajaba.
Su forma de hablar.
La manera en que observaba.
La forma en que evitaba ciertas preguntas.
Amaris sabía reconocer a alguien que escondía cosas.
Después de todo, ella llevaba toda su vida haciéndolo.
Pero Kael no parecía esconderse por miedo.
Y eso era algo que Amaris no lograba comprender.
Ella escondía lo que era porque temía lo que ocurriría si alguien lo descubría.
Kael, en cambio...
Parecía haber aprendido a vivir con aquello que lo hacía diferente.
Amaris cerró los ojos por un instante.
Quizá algún día entendería por qué.
Pero esa noche todavía no.
Afuera, el viento volvió a soplar entre los árboles.
Y, muy lejos de la mansión, alguien continuaba su camino con la certeza de que había encontrado aquello que buscaba.
Sin saber que, tarde o temprano, el pasado terminaría alcanzándolos.