Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 12. Una Victoria Terriblemente Inconveniente
La victoria olía a humo, piedra rota y decisiones cuestionables.
Principalmente decisiones relacionadas con dragones.
Damián observó los restos del salón del trono mientras varios artesanos intentaban calcular cuánto costaría repararlo.
La respuesta parecía ser "demasiado".
—Al menos el reino sigue existiendo.
—Es una forma sorprendentemente optimista de verlo —dijo Celeste.
—Estoy intentando crecer como persona.
—No parece gustarte.
—Es agotador.
A pocos metros, Fulgor estaba siendo interrogado por un funcionario real.
O más exactamente, el funcionario intentaba interrogarlo.
El dragón estaba demasiado ocupado mordiendo una cortina.
—¿Por qué alguien pensó que eso era una buena idea? —preguntó Elena.
—¿Interrogar al dragón?
—Sí.
—Porque no conocen a Fulgor.
—Eso es justo.
Basilio observó la escena.
—El funcionario acaba de hacer su quinta pregunta.
—¿Y?
—Fulgor se acaba de comer el formulario.
—La investigación progresa exactamente como esperaba.
Por primera vez en mucho tiempo, Elena soltó una carcajada.
Y para sorpresa de Damián, aquel sonido le importó más que cualquier victoria.
Su hermana estaba viva.
Seguía siendo extraña.
Seguía teniendo sentido del humor.
Y seguía siendo capaz de reírse de las desgracias ajenas.
Aquello era reconfortante.
—¿Qué? —preguntó Elena al notar que la observaba.
—Nada.
—Mientes fatal.
—Lo heredaste de mí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Celeste levantó una mano.
—Por favor, no comiencen.
—Ella empezó.
—Tú tienes cuarenta segundos más de experiencia como hermano mayor.
—Eso no funciona así.
—Funciona exactamente así.
Antes de que la discusión pudiera continuar, una trompeta resonó por el corredor.
Todos se volvieron.
La reina Aurelia avanzaba acompañada por varios guardias.
Su expresión era seria.
Demasiado seria.
Damián reconoció el problema inmediatamente.
Las personas importantes solo caminaban así cuando traían malas noticias.
Y últimamente las malas noticias parecían reproducirse.
—Majestad.
—Lord Umbra.
—Esa voz tiene malas noticias.
—Varias.
—Por supuesto.
La reina se acercó.
Luego dejó un objeto sobre una mesa cercana.
Era la corona.
O lo que quedaba de ella.
Las grietas blancas recorrían el metal dorado de extremo a extremo.
La joya central estaba parcialmente apagada.
Y algo dentro de ella seguía pulsando débilmente.
Como un corazón enfermo.
El salón quedó en silencio.
—Eso parece caro —dijo Basilio.
—No creo que ese sea el principal problema —respondió Celeste.
La reina asintió.
—La corona está dañada.
—Ya lo habíamos notado.
—No me refiero físicamente.
Silencio.
—Eso tampoco me gusta.
—A mí tampoco.
La reina apoyó una mano sobre la corona.
—Durante siglos fue utilizada como parte del sistema que mantenía unido el antiguo pacto de Aurelia.
Damián recordó inmediatamente las palabras de la criatura del tesoro.
La deuda de la corona.
Aquello volvía.
Otra vez.
Siempre volvía.
—¿Qué ocurre ahora?
La reina respiró lentamente.
—Ahora descubrimos cuánto se ha roto realmente.
Basilio tomó una libreta.
—Voy a anotar eso bajo la categoría "Frases preocupantes".
—¿Cuántas páginas tiene esa categoría? —preguntó Celeste.
—Demasiadas.
Mientras tanto, varios especialistas mágicos rodeaban la corona.
Cada uno intentaba examinarla.
Ninguno parecía particularmente feliz.
Uno de ellos levantó la vista.
—Majestad.
—Habla.
—Hay algo atrapado dentro.
Silencio.
—Claro que sí —murmuró Damián.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elena.
—Que nuestro día acaba de empeorar.
El mago realizó varios gestos sobre las grietas.
La luz dentro de la corona parpadeó.
Y entonces apareció una imagen.
Difusa al principio.
Borrosa.
Luego cada vez más clara.
Una mujer.
Cabello oscuro.
Vestido antiguo.
Encerrada dentro de una especie de cristal transparente.
El mundo pareció detenerse.
Damián dio un paso adelante.
—No.
La imagen se volvió más nítida.
Elena palideció.
—¿Madre?
Silencio absoluto.
Nadie habló.
Nadie respiró.
Incluso Fulgor dejó de morder la cortina.
La figura levantó lentamente la cabeza.
Y durante una fracción de segundo sus ojos parecieron encontrar los de ellos.
Luego la imagen desapareció.
Como si nunca hubiera existido.
Elena fue la primera en reaccionar.
—La vi.
—Yo también —susurró Damián.
—Era ella.
—Lo sé.
La voz de Damián sonó diferente.
Más frágil.
Más humana.
Celeste nunca lo había escuchado así.
La reina observó la corona.
—¿Quién era?
Elena respondió antes que nadie.
—Isolde Umbra.
Silencio.
—Nuestra madre.
Nadie añadió nada más.
Porque no hacía falta.
Aquella revelación ocupaba todo el espacio disponible.
Durante años habían creído que Isolde estaba muerta.
Desaparecida.
Perdida.
Y ahora acababan de verla atrapada dentro de algo relacionado con la corona.
El universo tenía un sentido del humor particularmente cruel.
—No puede ser una coincidencia —dijo Celeste finalmente.
—No lo es —respondió Damián.
—¿Qué estás pensando?
—Que la Corte quiere algo.
—Siempre quiere algo.
—Sí.
Damián observó las grietas de la corona.
Su mente ya comenzaba a unir piezas.
La Corte.
Las anclas.
La deuda.
Su reflejo robado.
Ahora su madre.
Todo parecía conectado.
Y eso era precisamente lo que más le preocupaba.
Entonces ocurrió algo.
Una nueva luz apareció dentro de la corona.
Una voz susurrante recorrió la sala.
Antigua.
Lejana.
Como el eco de un lugar muy distante.
Todos escucharon las mismas palabras.
Una madre por una puerta.
El silencio regresó.
Luego una segunda frase.
Una corona por una sombra.
Damián apretó los dientes.
Conocía ese estilo.
Conocía esa forma de hablar.
La Corte del Espejo.
Y entonces llegó la última frase.
Una hermana por un nombre.
Elena se puso rígida.
Damián también.
La herida invisible entre ambos seguía allí.
Todavía abierta.
Todavía sin resolver.
Y la Corte acababa de recordárselo.
Celeste dio un paso adelante.
—No los escuches.
—Lo intento.
—Hazlo mejor.
Por alguna razón, aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.
Muy pequeña.
Pero real.
La voz desapareció.
La corona quedó inmóvil.
El salón volvió a quedar en silencio.
Finalmente, la reina desplegó el mapa de las anclas sobre una mesa cercana.
—Necesitamos encontrar el origen de todo esto.
Uno de los magos señaló un punto concreto.
—Aquí.
Damián observó el símbolo.
Antiguas ruinas bajo la primera fortaleza de Aurelia.
Un lugar marcado con una inscripción desgastada.
La Puerta Sin Marco.
El nombre provocó un escalofrío.
—Eso suena peligrosamente importante.
—Porque lo es.
—Excelente.
Elena estudió el mapa.
Celeste hizo lo mismo.
Incluso Basilio dejó de tomar notas.
Y entonces descubrieron algo aún más inquietante.
La inscripción bajo el símbolo señalaba tres requisitos.
Sombra sin reflejo.
Luz que no miente.
Sangre que escapó del vidrio.
El silencio se hizo total.
Muy lentamente, los presentes comenzaron a entender.
Damián era la sombra sin reflejo.
Celeste era la luz que no miente.
Elena era la sangre que escapó del vidrio.
—No me gusta nada esto —dijo Basilio.
—Estoy de acuerdo —respondió Celeste.
—Muchísimo de acuerdo —añadió Elena.
Todos miraron a Damián.
Él observó el mapa.
Luego la corona rota.
Después el lugar donde había aparecido la imagen de su madre.
Y finalmente soltó un largo suspiro.
—Voy a necesitar otro plan.
—Probablemente.
—Y desayuno.
—Definitivamente.
Fulgor rugió desde el otro lado de la sala.
Todos giraron.
El dragón había conseguido abrir una despensa.
Y estaba saliendo con una cesta completa de manzanas.
—¿Por qué siempre encuentra comida durante los momentos dramáticos? —preguntó Celeste.
—Porque Fulgor posee prioridades muy claras —respondió Basilio.
Por extraño que pareciera, aquella estupidez logró aliviar un poco la tensión.
Solo un poco.
Porque todos sabían que la verdadera batalla acababa de mostrarse.
Y estaba esperando bajo una puerta que no tenía marco.