Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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El regreso de Damián
Dos días después de haber enviado la carta, Elizabeth recibió finalmente una respuesta de Damián.
La encontró sobre el escritorio del despacho mientras revisaba algunos documentos del territorio. Al reconocer el sello de la Escuela de Herederos, dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y tomó la carta entre sus manos.
La abrió con cierta emoción, aunque al terminar de leerla no pudo evitar quedarse unos segundos en silencio.
La respuesta era extremadamente breve.
Damián le informaba que regresaría a la mansión como siempre durante sus vacaciones, pero que esta vez iría acompañado de alguien. No explicó quién era ni respondió ninguna de las preguntas que Elizabeth había hecho sobre sus estudios, sus amigos, su habitación o las cosas que necesitaba.
Tampoco consideraba necesario que Sir Casian fuera a recogerlo.
Eso era todo.
Elizabeth volvió a leer la carta una segunda vez y después sonrió.
—Al menos respondió.
Para ella, aquello ya era suficiente.
No esperaba que Damián confiara en ella después de una sola carta. Ni siquiera esperaba que estuviera dispuesto a hablarle cuando llegara. Sabía que el muchacho era mayor que Bastian y que, por lo que había podido descubrir de su historia, había aprendido desde pequeño a desconfiar de las personas.
Si necesitaba meses para comenzar a confiar en ella, tendría paciencia.
Guardó cuidadosamente la carta dentro de uno de los cajones de su escritorio y continuó con sus asuntos. Sin embargo, desde ese momento comenzó a sentir todavía más curiosidad por conocer al hijo mayor del Señor del Norte.
También había una cosa que le llamaba la atención.
Damián había dicho que regresaría acompañado de alguien, pero no había explicado quién era aquella persona.
Elizabeth no sabía si se trataba de un amigo, un compañero de estudios o simplemente alguien que necesitaba permanecer temporalmente en la mansión.
Decidió no preocuparse demasiado.
Cuando llegaran, lo descubriría.
Durante los días siguientes, la mansión continuó transformándose.
Las remodelaciones que Elizabeth había ordenado estaban llegando a su fin y los nuevos muebles comenzaron a ocupar las habitaciones que llevaban años descuidadas. También habían terminado varias de las mejoras realizadas en el pueblo, mientras los trabajadores continuaban reparando caminos y estructuras que necesitaban atención.
Los nuevos uniformes para los empleados finalmente llegaron a la mansión. Elizabeth se aseguró personalmente de que cada trabajador recibiera el suyo y de que fueran adecuados para las condiciones del Norte.
La diferencia comenzaba a notarse.
La mansión ya no parecía tan abandonada como cuando había llegado.
El pueblo tampoco.
Los habitantes habían trabajado con mayor entusiasmo desde que comenzaron a ver que su señora realmente estaba invirtiendo recursos en mejorar el territorio. Elizabeth todavía tenía una enorme cantidad de problemas por resolver, pero por primera vez podía observar resultados concretos.
También había terminado una de las cosas que más disfrutaba.
El invernadero.
Había utilizado su magia para crear un espacio lleno de plantas, flores y pequeños árboles que pudieran crecer incluso bajo las condiciones del Norte. Con el tiempo, aquel lugar se había convertido en uno de sus sitios favoritos de la mansión.
Bastian también lo adoraba.
Pasaban allí algunas de sus tardes cuando Elizabeth conseguía terminar temprano con sus obligaciones. El pequeño podía jugar mientras ella le enseñaba nuevas palabras, le ayudaba a escribir y, algunas veces, simplemente permanecían juntos hablando de cualquier cosa que llamara su atención.
Sin embargo, mientras se acercaba el regreso de Damián, Elizabeth comenzó a preguntarse cómo sería realmente el muchacho.
Por eso, una mañana decidió hablar con Sebastián.
El mayordomo se encontraba organizando algunos documentos cuando Elizabeth levantó la mirada desde su escritorio.
—Sebastián, quiero preguntarle algo.
—Por supuesto, señora.
—¿Cómo era Damián cuando vivía aquí?
Sebastián permaneció pensativo durante unos segundos antes de responder.
—El joven amo siempre fue bastante reservado. Incluso cuando era pequeño hablaba poco y prefería mantenerse apartado de los demás.
Elizabeth frunció ligeramente el ceño.
—¿Era así con todos?
—Con la mayoría.
Sebastián acomodó algunos documentos antes de continuar.
—Después de la muerte de su madre se volvió todavía más distante. Además, como el Señor del Norte permanecía durante largos periodos en la guerra, el joven amo pasó gran parte de su infancia bajo el cuidado de otras personas.
Elizabeth bajó la mirada.
Aquello explicaba parte de su comportamiento.
—¿Y con Bastian?
—No puedo decir que fueran muy cercanos. La diferencia de edad siempre fue considerable y el joven amo nunca fue bueno expresando sus sentimientos.
Sebastián hizo una pequeña pausa.
—Sin embargo, nunca vi que tratara mal al pequeño amo.
Elizabeth asintió.
—Eso es importante.
Después de aquella conversación decidió preguntarle a Sir Casian.
El capitán llegó al despacho aquella misma tarde y permaneció frente al escritorio con la postura firme que siempre mantenía.
—Sir Casian, quiero saber cómo es Damián.
—¿Desea saber sobre su carácter, señora?
—Sobre todo.
Sir Casian reflexionó unos segundos.
—Debo aclarar que no conviví con el joven amo durante su infancia. Solo lo conocí durante los periodos en que estuvo bajo mi entrenamiento.
Elizabeth asintió.
—Lo entiendo.
—En combate es excepcional para su edad. Tiene una gran habilidad con la espada, aprende rápidamente y posee excelentes reflejos. También observa a sus oponentes con mucha atención y rara vez comete dos veces el mismo error.
Elizabeth sonrió ligeramente.
—Parece bastante talentoso.
—Lo es.
Sir Casian permaneció serio.
—Pero es extremadamente frío. Durante los entrenamientos casi nunca mostraba emociones. Si perdía, simplemente analizaba sus errores. Si ganaba, tampoco parecía especialmente satisfecho.
—¿Confiaba en usted?
—No podría decirlo.
Sir Casian negó lentamente con la cabeza.
—Me respetaba como instructor y seguía mis órdenes durante el entrenamiento, pero eso no significa que confiara en mí. El joven amo siempre mantuvo cierta distancia.
Elizabeth permaneció pensativa.
Aquello confirmaba lo que ya sospechaba.
Damián no sería como Bastian.
Bastian había sido un niño pequeño que necesitaba desesperadamente protección y que había terminado aferrándose a la primera persona que le ofreció seguridad.
Damián era diferente.
Era mayor, más consciente de lo que ocurría a su alrededor y probablemente analizaría cada una de sus acciones antes de decidir qué pensar de ella.
Elizabeth no tenía intención de apresurarlo.
Podía pasar medio año, un año o incluso más antes de que Damián llegara a confiar realmente en ella.
Y tendría que aceptarlo.
No podía exigirle afecto a un niño que ni siquiera la conocía.
Al día siguiente decidió hablar con Bastian.
Lo encontró en el invernadero, sentado cerca de una de las ventanas mientras observaba a una pequeña criatura que había aparecido entre las plantas.
Parecía un gato, aunque no era exactamente igual a ninguno que Elizabeth hubiera visto en su vida anterior. Tenía el cuerpo cubierto de un suave pelaje azul grisáceo, dos largas orejas y una cola esponjosa que terminaba en una pequeña punta luminosa.
Bastian parecía completamente fascinado con él.
Elizabeth se acercó y se sentó a su lado.
—Bastian, quiero preguntarte algo.
El niño levantó la mirada.
—¿Qué?
—¿Qué piensas de tu hermano?
Bastian se quedó callado durante unos segundos, moviendo lentamente los pies.
—Damián es grande.
Elizabeth tuvo que contener una sonrisa.
—Sí, es bastante mayor que tú. Pero quiero saber si lo recuerdas.
—Un poquito.
Bastian bajó la mirada hacia sus manos.
—Él no hablaba mucho conmigo.
—¿Pero te trataba mal?
Bastian negó rápidamente con la cabeza.
—No.
Después de unos segundos, agregó:
—A veces me miraba.
Elizabeth inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Solo eso?
—Sí.
El pequeño parecía estar buscando en sus recuerdos.
—Una vez me dio un libro.
—¿De verdad?
Bastian asintió.
—Era grande. Yo no podía leerlo.
Elizabeth sonrió.
—Quizá cuando seas mayor puedas hacerlo.
Bastian permaneció pensativo antes de preguntar:
—¿Va a volver?
—Sí. Mañana.
El niño levantó la cabeza inmediatamente.
—Quiero que vuelva.
Elizabeth sonrió al escuchar la respuesta.
—¿De verdad?
Bastian asintió con entusiasmo.
—Sí. Es mi hermano.
Elizabeth acarició suavemente su cabello.
—Me alegra escuchar eso. Cuando llegue, quiero que seas amable con él.
—Lo seré.
Bastian respondió con una sonrisa dulce, pero después bajó nuevamente la mirada.
Elizabeth notó el cambio en su expresión.
—¿Qué sucede?
Bastian dudó unos segundos antes de abrazarse a su brazo.
—¿Vas a estar conmigo aunque Damián esté aquí?
Elizabeth sintió que algo se ablandaba dentro de su pecho.
—Claro que sí. Que tu hermano regrese no significa que vaya a dejar de estar contigo.
Bastian levantó la cabeza.
—¿Mucho?
—Mucho.
El pequeño sonrió.
—Entonces está bien.
Elizabeth acarició su cabello.
—Además, puedes enseñarle la mansión, el jardín y el invernadero. Estoy segura de que le gustará.
Bastian asintió rápidamente.
—También puedo enseñarle mis juguetes.
—Eso sería muy amable de tu parte.
El niño sonrió satisfecho y volvió a abrazarla.
Sin embargo, mientras permanecía entre sus brazos, sus pensamientos eran muy diferentes a las palabras que acababa de decir.
«Quiero que Damián vuelva... pero no quiero que Liz sea más de él que mía.»
Bastian no entendía realmente por qué sentía aquello. Para él, Elizabeth era la persona que había llegado cuando estaba solo, la que lo había protegido, alimentado, abrazado y acompañado cada día. Se había acostumbrado tanto a tenerla cerca que la idea de compartir su atención con alguien más le resultaba desagradable.
«Si Damián vuelve, Liz tendrá que estar con él también.»
El pensamiento hizo que frunciera ligeramente el ceño.
Entonces apareció otra idea, mucho más egoísta.
«Si no regresara de la escuela, podría tener a Liz solo para mí.»
Bastian sabía que su hermano debía regresar porque era su familia y porque Elizabeth parecía feliz de verlo nuevamente. Por eso, cuando ella le preguntaba, siempre diría que quería que Damián volviera.
Pero en lo más profundo de su pequeño corazón, una parte de él deseaba que las cosas permanecieran como estaban.
Solo Liz y él.
Sin tener que compartirla.
Bastian volvió a abrazarla con más fuerza y escondió el rostro contra su pecho.
Elizabeth no imaginaba nada de aquello.
Solo pensaba que el pequeño estaba nervioso y emocionado por volver a ver a su hermano después de tanto tiempo.
—Te quiero mucho, Liz.
Elizabeth sonrió y acarició suavemente su cabello.
—Yo también te quiero mucho, Bastian.
El niño cerró los ojos con una pequeña sonrisa.
Mientras escuchara aquellas palabras, no importaba demasiado lo que ocurriera al día siguiente.
Al menos eso quería creer.
La tarde pasó rápidamente y Elizabeth continuó preparando todo para el regreso del heredero.
Había ordenado que la habitación de Damián estuviera completamente preparada, aunque no sabía si él apreciaría los cambios. También pidió que se revisaran nuevamente las habitaciones de invitados, pues el muchacho que lo acompañaría permanecería en la mansión durante las vacaciones.
Elizabeth todavía no sabía quién era aquel invitado.
Damián simplemente había dicho que llegaría acompañado.
No había mencionado su nombre, su familia ni siquiera si se trataba de un amigo.
Elizabeth decidió no hacer demasiadas preguntas.
Cuando llegaran, lo descubriría.
La noche anterior al regreso, Elizabeth tuvo dificultades para dormir.
Se encontraba acostada mientras pensaba en todo lo que había sucedido desde que había llegado al Norte.
Cuando conoció a Bastian, nunca imaginó que terminaría encariñándose tanto con él.
Ahora estaba a punto de reencontrarse con Damián, un niño de once años que ya conocía aquella mansión, pero que todavía no la conocía a ella.
Elizabeth sabía que probablemente no tendría ninguna razón para confiar en ella.
—Espero hacerlo bien.
No sabía si Damián la aceptaría como madre, pero tampoco esperaba que lo hiciera.
Primero quería que pudiera sentirse seguro en la mansión. Después, con el tiempo, quizá pudiera construir una verdadera relación con él.
A la mañana siguiente, Elizabeth se levantó temprano.
Bastian estaba especialmente emocionado porque finalmente volvería a ver a su hermano y prácticamente no dejó de preguntar cuándo llegaría.
—¿Ya viene?
—Todavía no.
—¿Ahora?
—Bastian, apenas acabamos de desayunar.
El pequeño bajó la cabeza.
—Ah.
Elizabeth sonrió.
—Llegará cuando llegue el carruaje.
Bastian continuó desayunando, aunque cada pocos minutos miraba hacia las ventanas. Parecía impaciente por volver a encontrarse con su hermano después de tanto tiempo.
Elizabeth tampoco podía evitar mirar hacia el camino de vez en cuando.
Finalmente, cerca del mediodía, uno de los sirvientes llegó rápidamente hasta el despacho.
—Señora.
Elizabeth levantó la mirada.
—¿Sí?
—El carruaje del joven amo se aproxima por el camino principal.
Elizabeth dejó inmediatamente los documentos sobre el escritorio.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Después de tantos días esperando, finalmente iba a encontrarse cara a cara con Damián.
Se levantó y salió del despacho.
Bastian la esperaba en el pasillo y corrió hacia ella.
—¡Liz!
—¿Vienes conmigo?
—Sí.
El pequeño tomó su mano y ambos caminaron hacia la entrada de la mansión junto a Sebastián.
A lo lejos, el carruaje comenzó a acercarse por el camino principal.
Bastian sonrió al reconocerlo.
Por fin volvería a ver a su hermano.
Mientras tanto, dentro del carruaje, Damián observaba por la ventana con una expresión fría e inexpresiva. Reconocía el camino y sabía que aquella era la mansión donde había pasado parte de su infancia.
A su lado viajaba el joven que lo acompañaba.
—Entonces finalmente voy a conocer el famoso Norte —comentó mientras observaba el paisaje.
Damián apenas lo miró.
—No es tan interesante.
—Eso dices porque creciste aquí.
Damián volvió la mirada hacia la ventana.
—Solo estaremos durante las vacaciones.
Su acompañante sonrió ligeramente.
—¿Y qué hay de la nueva señora?
Damián permaneció en silencio durante unos segundos.
—No lo sé.
—¿No has hablado con ella?
—No.
—¿Y te escribió?
—Sí.
El muchacho lo observó con curiosidad.
—¿Le respondiste?
—Lo necesario.
Su acompañante soltó una pequeña risa.
—Eso suena exactamente como tú.
Damián no respondió.
Su expresión volvió a endurecerse mientras observaba la mansión acercarse cada vez más.