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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Juego de roles / Completas
Popularitas:191.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cap 14: Ataque nocturno

Salí del instituto a las once de la noche.

No era la primera vez, desde que empecé los ensayos de estabilidad acelerada, las jornadas se habían estirado como chicle. Montero se fue a las diez, algo inusual en él, y me dejó con una instrucción seca: «Los datos no se van a ir. Vete a dormir». Lo dije que sí con la boca y seguí trabajando con las manos.

A las once, cuando los números empezaron a bailar frente a mis ojos, decidí que tenía razón. Apagué el equipo, me quité la bata, agarré mi bolso y salí al estacionamiento.

El instituto de noche era otro lugar. Las luces del pasillo se encendían con sensor de movimiento, creando un camino de luz que aparecía y desaparecía a mis espaldas como si el edificio me estuviera despidiendo. El estacionamiento estaba casi vacío, solo mi auto y el de seguridad.

Caminé hacia el auto con las llaves en la mano. El aire de la noche olía a jazmín y a lluvia reciente. Mis tacones sonaban contra el pavimento con ese eco que solo existe cuando no hay nadie alrededor.

Excepto que sí había alguien.

Lo sentí antes de verlo. Esa sensación en la nuca, el instinto primitivo que te dice que algo está mal antes de que tu cerebro procese la información. Me giré.

Dos hombres. Ropa oscura. Gorras. Uno venía por la izquierda, el otro por la derecha. Se movían rápido, con la coordinación de quien ha hecho esto antes.

No grité. No me paralicé. Hice lo que tres años de clases de defensa personal me enseñaron: solté el bolso, agarré las llaves entre los nudillos y me planté con los pies separados.

El primero llegó por la izquierda. Lo esquivé, mal, pero lo suficiente, y le clavé las llaves en el antebrazo. Gritó. Retrocedió. El segundo me agarró por detrás, un brazo alrededor de mi cuello, apretando.

Le di un codazo en las costillas. No fue suficiente. Me apretó más fuerte. El aire empezó a faltar. Veía las estrellas del estacionamiento, las reales, arriba, y las falsas, las que aparecen cuando te están asfixiando.

Pensé: no así. No voy a terminar así, en un estacionamiento vacío, a manos de dos cobardes que ni siquiera muestran la cara.

Le mordí el brazo. Fuerte. Sabor a tela y a piel. Aflojó medio segundo, lo suficiente para que yo girara y le metiera la rodilla donde más duele. Se dobló. Me solté.

Pero el primero ya se había recuperado. Venía hacia mí con algo en la mano, algo que brillaba. Un cuchillo.

Y entonces, un sonido.

No fue un grito. No fue una sirena. Fue el ruido seco de un puño contra un cráneo, un sonido que no se parece a nada que hayas escuchado en una película, porque en la vida real los huesos suenan diferente.

El hombre del cuchillo cayó al suelo como un costal.

Damián Montero estaba de pie donde el hombre había estado un segundo antes. Sin saco. Las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos. La expresión de alguien que está muy, muy tranquilo, y eso era más aterrador que cualquier grito.

El segundo hombre se levantó del suelo. Miró a Montero. Miró al cuchillo que su compañero había soltado. Tomó una decisión: sacó su propia navaja y se lanzó hacia Montero.

Montero se movió con una economía de movimiento que yo solo había visto en el laboratorio, sin desperdiciar un gesto, sin un milímetro de más. Esquivó la primera puñalada, bloqueó la segunda con el antebrazo, y ahí fue cuando lo cortaron. Un tajo limpio en el brazo izquierdo, justo debajo del codo. La sangre apareció de inmediato, oscura bajo las luces del estacionamiento.

No pareció notarlo. Con la mano derecha agarró la muñeca del atacante, la torció y lo tiró al suelo con una técnica que no era de película, sino de alguien que sabe pelear de verdad.

El hombre quedó en el piso, gimiendo. El otro seguía inconsciente.

Montero se volvió hacia mí.

—¿Estás bien?

—Tú estás sangrando.

—Te pregunté si estás bien.

—Sí. Estoy bien. Tú estás sangrando, Montero.

Me miró el brazo como si recién se diera cuenta. La sangre corría por su antebrazo hasta los nudillos, goteando sobre el pavimento.

—Es superficial.

—Es un corte de siete centímetros y necesita puntos.

—Necesita una curita.

—Necesita que dejes de ser terco y me dejes ver.

Seguridad del instituto llegó corriendo, el guardia nocturno que probablemente estaba dormido cuando debería haber estado vigilando. Montero le dio instrucciones con la calma de quien dicta una receta de laboratorio: llamar a la policía, no tocar a los atacantes, revisar las cámaras de seguridad, contactar a Ignacio.

Mientras él hablaba, yo fui a mi auto y saqué el botiquín de primeros auxilios que mamá insistió en que llevara. «Nunca se sabe, mi niña». Mamá siempre tenía razón.

Lo curé en el laboratorio.

No en su oficina, en el laboratorio, porque era el único lugar con luz suficiente y superficie limpia a esa hora. Montero se sentó en un taburete con la resignación de un paciente que sabe que discutir es inútil.

Le subí la manga. El corte era más profundo de lo que él quería admitir, no necesitaba puntos, pero tampoco era una «curita». Limpié la herida con solución salina. Montero no se movió, no hizo un ruido.

—Duele —le dije.

—No.

—No te estoy preguntando. Te estoy informando que esto duele y que es normal que duela.

Silencio. Después:

—Un poco.

Vendé el brazo con la precisión de alguien que ha trabajado con sustancias delicadas toda su vida. Tres vueltas de gasa, presión uniforme, cinta médica en los extremos. Mientras trabajaba, nuestras cabezas estaban a treinta centímetros de distancia. Podía oler su colonia, algo amaderado, sutil, que apenas se notaba durante el día pero que de noche, en un laboratorio vacío, llenaba todo el espacio.

—Listo —dije, sin soltar su brazo.

—Gracias —dijo, sin retirar su brazo.

Nos miramos. Tres segundos. Cinco. El reloj del laboratorio hacía un ruido que nunca había notado, un tic-tac suave que parecía marcar algo más que el tiempo.

La puerta del laboratorio se abrió de golpe.

—¡Alegra!

Gabriel entró como un huracán, pelo revuelto, chaqueta puesta sobre una camiseta arrugada, ojos enormes de preocupación. Detrás de él, el guardia de seguridad trataba de explicar que no podía entrar sin autorización.

—¿Estás bien? Ignacio me llamó. Dijo que te atacaron. ¿Estás herida? ¿Quién fue? Voy a...

—Gabi. Estoy bien.

Gabriel me revisó de arriba abajo como un escáner humano. Después miró a Montero. Miró el vendaje en su brazo. Miró la gasa con sangre sobre la mesa.

Algo cambió en su cara. La urgencia se quedó, pero la hostilidad, esa resistencia automática que mis hermanos tenían hacia cualquier hombre que se acercara a mí, se suavizó. Como hielo que empieza a derretirse por los bordes.

—¿Usted la...?

—Llegué a tiempo —dijo Montero, levantándose del taburete—. Nada más.

Gabriel lo miró un segundo largo. Después dijo algo que nunca le había escuchado decirle a ningún hombre fuera de la familia:

—Gracias.

Una palabra. Pero viniendo de Gabriel Valdés, que medía su afecto en silencios y sus lealtades en acciones, era un tratado de paz.

Montero asintió una vez. Recogió su saco del respaldo de una silla.

—Seguridad ya tiene las cámaras. Ignacio se encarga del resto. —Me miró—. Mañana quiero verte a las ocho. No a las siete. A las ocho. Duerme.

—Montero...

—A las ocho, Valdés.

Se fue. Gabriel y yo nos quedamos solos en el laboratorio. Mi hermano me abrazó, fuerte, como cuando éramos niños y yo me caía de la bicicleta. Le devolví el abrazo.

—¿De verdad estás bien?

—De verdad.

—Voy a encontrar a quien hizo esto.

—Ya sé quién fue.

Gabriel me miró. Yo pensaba en los hombres del estacionamiento, en sus movimientos coordinados, en su equipo, en el hecho de que sabían exactamente a qué hora salía y por dónde. Esto no era un asalto casual. Era un encargo.

Y solo había una persona que tenía motivo, capacidad y la desesperación suficiente para mandar a dos hombres a atacarme en un estacionamiento oscuro.

Paz Blanco.

La mujer que me robó el novio ahora quería robarme algo más. Pero se equivocó de adversaria. La Alegra que ella conoció, la novia callada, la que aguantaba sin preguntar, ya no existía. La Alegra de ahora tomaba notas, reunía pruebas y devolvía cada golpe multiplicado por diez.

Gabriel me llevó a casa. Me preparé un americano que no me tomé y me metí a la cama sin dormir.

A las dos de la mañana, agarré el teléfono. Quería escribirle a Montero, preguntarle cómo estaba el brazo, darle las gracias de verdad, no las gracias rápidas del laboratorio sino las que vienen con todo el peso de lo que realmente pasó.

No le escribí. Pero me quedé mirando su nombre en la pantalla un rato largo, pensando en algo que no cuadraba.

El instituto estaba al norte de Santa Aurelia. Mi departamento estaba al sur. A las once de la noche, Montero no tenía ninguna razón para estar en el estacionamiento del instituto, él se había ido a las diez.

¿Por qué volvió?

Me dormí con esa pregunta. Y con el olor a madera y colonia que todavía tenía en los dedos, de cuando le vendé el brazo y nuestras cabezas estuvieron a treinta centímetros de distancia y el reloj del laboratorio marcó algo más que el tiempo.

Continuará...

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Luz Mary Ramirez Duarte
Es una historia interesante, sin embargo parece escrita por varias personas que no siguen un hilo conductor. Los personajes inician con una historia, una profesión, una edad y después... ES COMO SI LA.METIERAN EN UNA CAJA LA MEZCLARAN y todo una confusión los científicos se vuelven abogados, los hijos únicos aparecen con hermanos, los hermanos se vuelven primos, las edades cambian de un capitulo a otro.
Aveces me pregunte que se fumaba la escritora de capitulo en capitulo...porque las pérdidas que se pego son barbaras
..
Mila
ay no! otra vez cambiando la trama de los personajes de científico a abogado , o sea vas cambiando las edades y oficios de los personajes de acuerdo a lo que presente la historia
Mila
También le quitaste la mamá a Damian escritora, que le hiciste a Paloma la eliminarte como eliminarte el cuarto de invitados del apartamento de Damian y lo hiciste dormir en el estudio
Mariana Romano
Wooooooiw excelente. 👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼. Buenísimo claro con sus detalles, pero simplemente buenísimo. Felicidades escritora 👍🏼😉
Lucy Ralo
me cambia muchas cosas y me confunde
Edith Valenzuela
Genial, muy interesante está historia, ahora que lo hunda a él y familia
Mariana Romano
Ohhhhh sigamos leyendo con que lo que fue al principio ya jajaja
Mariana Romano
Está re buena 👍🏼pese a ciertos detallitos jajajaja
Luz Mary Ramirez Duarte
🤣🤣🤣 esta novela es una locura🤣🤣🤣 ahora Rubi la hija de la amante (celina) que empezó como adulta y ahora es una niña sobrina de Alegra, hija de Rodrigo🤣🤣🤣
Luz Mary Ramirez Duarte
Buenas la historia, sin embargo parece escrita por varios autores que NO siguen el hilo de la trama... Rubi la hija ilegítima empezó teniendo 17 años y asistía a colegio, unos capítulos después tenía 23 años, estudiaba
enfermería y trabajaba en un hospital. cuando termina el divorcio de la sr Valdes , Rubi tenía 8 años y la sra Valdes literal la adoptó.... La sra Valdes en un capítulo cumplió 53 años y dos más adelante tenía 63 y 30 de matrimonio, Nunca supe si Celina fue amante de Ricardo Valdes 12 0 20 años.... Damián hay mi Damián de ser un científico farmacéutico genio que creo el instituto de investigación más destacado e impprtante paso desde el capitulo 100 hacer un prominente abogado que trabajaba en en bufete.... y Gabriel que realmente no se si es el hermano de alegra que estudiaba medicina unas veces era empresario, otras ingeniero y en el capítulo 115 parece que es investigador farmaceutico ahora es el director del centro de investigación que creó Damián.
IMPORTANTE QUE LOS DIFERENTES AUTORES SE PONGAN DE ACUERDO.☺️
Porque de esta manera pierden credibilidad
Kathita Anfecris Cortes
Buuu ahora el papá está muerto, muy buena historia pero muchos cambios eso la va arruinando, en fin ya queda poco
Mariana Romano
Mmmmm rubí no tenia 23 años ???? Digo nomas es pregunta jajajajaja👍🏼. Me gusta la verdad
Marisol Grillo
escribis muy bien preo se te estan mezclando las profesiones. las edades y los momentos . es capítulos anteriores demian fue a buenos aires teniendo 33 años a una conferencia. en este capítulo ya esta diciendo q fue cuando tenia 19.
Marisol Grillo
q paso ahora es abogado demian
Marisol Grillo
como rubi paso de ser enfermera de 23 años a una niña de 8 año, y como paso demian de tener una mana q cerro un ala de la casa xq su marido la abandono a estar fallecida. no se sigue el hilo de la historia
Kathita Anfecris Cortes
De viva a muerta y de muerta a viva, pero aun es interesante la novela
Kathita Anfecris Cortes
Muy buena historia pero con mucha incoherencia ya sea en edades de los personajes y nombres, de científico bajo a abogado 🤭🤭
Isabel Brondino
Larga como esperanza de un pobre nace con uno y pasa la. vida rsperando y no termina😂😂😂
Isabel Brondino
Me canse de leer casi todo repetido no narran bien la historia los personajes estan muertos despues estan vivos ,cansadora 😂
Isabel Brondino
Me canse de leer casi todo repetido no narran bien la historia los personajes estan muertos despues estan vivos ,cansadora 😂
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