La Protagonista Marcela: Dulce, obediente y sumisa en apariencia ante su esposo, pero una mente brillante, estratega y creadora de best-sellers mundiales en secreto. Lleva 25 años guardando su identidad con ayuda de su abogada y sus dos fieles amigas.
El Esposo Patricio: Magnate de los restaurantes, controlador y narcisista. Cree que tiene el control absoluto y decide humillarla públicamente para pedirle el divorcio, sin saber que está pisando un terreno minado. Lleva 10 años con una doble vida.
Los Aliados Clave:
Sus tres hijos: Aman a su madre profundamente y el mayor no duda en encarar al padre.
Las dos amigas Regina y Paulina: Cómplices del secreto literario y testigos de la falsedad del empresario.
El Presidente de la Nación: Su amor de juventud, viudo, padre de dos hijas y profundamente enamorado de ella desde siempre. Es el apoyo inesperado que le recuerda lo mucho que vale.
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LOS CRISTALES ROTOS DEL ALMA
El despacho presidencial parecía un campo de batalla. Entre papeles esparcidos, carpetas caídas y fragmentos de cristal brillando sobre el parqué, la figura de Santiago Pineda se erguía rígida, con los hombros contraídos y las manos aferradas con tanta fuerza al borde del escritorio que sus nudillos se veían completamente blancos. Su respiración era pesada, un vaivén acelerado que delataba la tormenta desatada en su interior.
Marcela, con el rostro bañado en lágrimas y el corazón hecho trizas, dio un paso adelante hacia la pantalla del ordenador. Abrió los labios con desesperación, dispuesta a suplicarle comprensión, a explicarle cada uno de los rincones oscuros de aquel pacto de silencio que la había asfixiado durante dos décadas.
—Santiago, déjame explicarte... —balbuceó ella con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse.
—No. Cierra la boca, Marcela. No te quiero escuchar —la interrumpió Santiago con una voz gélida, cortante y profundamente herida, levantando una mano para detenerla de golpe.
Las palabras cayeron como estacas de hielo en la habitación. Jamás, ni en sus años de juventud ni en los momentos más grises de su carrera política, Marcela lo había visto de esa manera. No era solo la furia ciega que había destrozado la lámpara y los ventanales; era una vulnerabilidad expuesta con violencia, un dolor tan crudo y desolador que desarmaba cualquier intento de defensa.
—Tuviste veinticuatro años... ¡veinticuatro malditos años para hablarme con la verdad! —prosiguió Santiago, con la voz quebrándosele a medias entre la rabia y un sollozo ahogado que intentaba contener a la fuerza—. Yo te abrí mi corazón. Te esperé por años, con la esperanza necia de que algún día romperías tus cadenas y volverías a mi lado. Lloré por ti en la clandestinidad, guardando tu recuerdo como lo único sagrado que me quedaba, mientras tú... mientras tú estabas bajo el mismo techo con el hombre que nos destruyó.
Andrés, a su lado, bajó la vista con un nudo en la garganta, sintiendo el peso inmenso de la culpa que su madre había cargado sola, pero comprendiendo también la magnitud de la devastación en el pecho del presidente.
Santiago se pasó una mano temblorosa por el rostro, barriendo las lágrimas de rabia que ya no podía contener, y miró directamente a los ojos avellana de la mujer que había sido el centro de su universo. El dolor en su mirada era insondable.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —continuó Santiago, con un tono que rasgaba el alma, cargado de una desilusión tan densa que asfixiaba—. Decías que me amabas. Yo te amo, Marcela... toda la vida te he amado, con una estupidez que me avergüenza. Pero una verdad tan básica se rompió hoy: el que ama no daña. El que ama no miente de esta manera tan cruel y prolongada.
Se detuvo un instante, respirando con dificultad, antes de asestar el golpe definitivo que trituró cualquier argumento de defensa.
—Y la prueba irrefutable de que no me amabas como decías... es que tuviste dos hijos más con él —dijo Santiago, con una sonrisa amarga, rota y cínica que le desfiguraba el rostro—. Si me hubieras amado, habrías encontrado la forma de escapar, de buscarme, de protegerme a mí también. Pero elegiste quedarte, formar una familia completa con el monstruo que nos destrozó y dejarme a mí en el olvido. Así que no me hables de amor, Marcela. Porque el amor no destruye así.
Las palabras de Santiago resonaron como un trueno en el estudio de la mansión. Marcela sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies; un dolor físico, agudo y punzante le atravesó el pecho, dejándola sin aire. Quiso gritarle que a sus otros dos hijos los crió en medio del infierno y la soledad, intentando sobrevivir sin amor, pero la garganta se le cerró por completo.
—Santiago, por el amor de Dios, no digas eso... —logró sollozar ella, derrumbándose en llanto, con las manos cubriéndose el rostro.
—Terminamos, Marcela —sentenció Santiago con una frialdad desoladora, sacudiendo la cabeza lentamente mientras la miraba por última vez con los ojos anegados de dolor—. No quiero verte. No me busques.
Sin esperar una sola respuesta, con un movimiento brusco, cerró la sesión de la videollamada. La pantalla del ordenador quedó en negro, reflejando el rostro pálido y devastado de una mujer que, tras haber destruido el imperio de su verdugo, acababa de perder lo único que su corazón había amado de verdad.