Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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El origen del monstruo
Sara miraba el techo de su cuarto, con el ceño fruncido.
—Sistema, esto no está bien. El señor Torrealba es cruel. No tiene sentimientos y va a llevar a su familia a la destrucción. Adrián no va a permitir que ese hombre le haga daño a Julian, lo ama demasiado. Pero Torrealba es impredecible.
> *Es verdad, heroína. ¿Y qué podemos hacer?*
De repente, el celular de Sara vibró. Un mensaje de un número desconocido.
> *Hola. Tú eres Sara, ¿verdad? Disculpa, soy Gigi. La hermana menor de Julian.*
Sara parpadeó. Recordó el expediente que había comprado: Julian tenía, aparte de Albert, dos hermanas menores por parte de Leonor y Torrealba.
> *Hola. ¿Qué deseas?* respondió Sara.
> *Por favor, avísale a mi hermano Julian que la abuela está muy enferma. Y que mamá está en el hospital. Él entenderá.*
*¿Él entenderá?* Sara reenvió el mensaje tal cual a Julian.
La respuesta de Julian llegó en segundos:
> *Entendido, bebé.*
Y nada más.
Sara se quedó mirando la pantalla.
> *Heroína...* —susurró el sistema, con un tono sospechosamente emocionado—. *Aquí hay información jugosa. ¿No quieres saberla?*
—No, sistema. Siempre me haces gastar mis puntos en chismes. Más parece que tú eres el que quiere leer la novela que yo.
> *¡Esta información solo te costará 100 puntos! Está de oferta.*
Sara rodó los ojos.
—Eres un chismoso. Sí. Pero... está bien, suéltalo. Cómprala.
> *¡Transacción completada!*
La pantalla del sistema se expandió, proyectando una imagen tridimensional en el cuarto rosa. Era como ver una película en tiempo real.
Una habitación de hospital modesta. Una anciana yacía en la cama, conectada a tubos, con la piel pálida y la respiración agónica. A su lado, Leonor, la madre de Julian, le sostenía la mano. Se notaba que había tenido una vida dura; las líneas de su rostro hablaban de cansancio y resignación.
—Mamá, por favor... todavía no mueras, mamá —sollozaba Leonor.
La anciana, a duras penas, levantó la mano y le acarició el rostro. Una lágrima cayó por su mejilla.
—Rayos, qué dramático —comentó el sistema, comiendo palomitas virtuales.
—Shh. Guarda silencio —lo regañó Sara.
En la imagen, la puerta se abrió. Entró una muchacha de unos quince años, de ojos grandes y cabello revuelto.
—Mamá, ya le avisé a Julian.
Leonor la miró, asustada.
—Gigi, ¿por qué le avisas a tu hermano? ¿Y si tu padre lo ve?
Gigi resopló, cruzándose de brazos.
—Papá ya se fue. Seguro que se fue a apostar o a beber, que es lo único que sabe hacer. Así que Julian no se cruzará con él.
Leonor se apretó las manos, nerviosa.
—Pero tu padre... Dios, Gigi...
—Mamá, no te preocupes. Si es necesario, yo misma empujo a papá por las escaleras.
—¡Gigi! No digas esas cosas, es tu padre.
Gigi la miró, con una seriedad que no correspondía a su edad.
—Pero mamá... él es malo.
De repente, la puerta volvió a abrirse. Entró una figura encapuchada, con mascarilla y lentes oscuros. Cerró la puerta con seguro y se quitó el disfraz.
Era Julian.
Leonor ahogó un grito.
—¿Viniste?
Julian solo asintió. Se acercó a la cama. La anciana, al verlo, abrió los ojos y levantó la mano con las pocas fuerzas que le quedaban. Julian corrió a tomársela.
—Abuela...
La mujer le sonrió. Miró a su hija, lo miró a él, y exhaló su último aliento.
—Te estuve esperando... —susurró, antes de cerrar los ojos para siempre.
Leonor rompió en llanto.
—Qué bueno que te pudo ver antes de dejarnos —dijo Gigi, secándose una lágrima.
Julian se quedó mirando el rostro sin vida de su abuela. Su mandíbula se apretó.
—Debieron avisarme antes. No esperar a que sufriera tanto solo para verme. —Respiró hondo, recuperando la compostura—. ¿Ya tienen todo para el funeral arreglado?
—Sí —dijo Leonor, sorbiéndose la nariz—. Llamaré a la funeraria para que se lleven su cuerpo.
Julian asintió. Leonor pasó por su lado hacia la puerta, pero de repente se detuvo. Regresó y lo abrazó con fuerza.
—Julian, hijo mío... perdón. Perdón por no haber sido una buena madre contigo. Pero...
Julian la observó. Y por primera vez, Sara vio que no había rencor en sus ojos. Solo una tristeza infinita.
—Tranquila, mamá. Sé que trataste de hacer lo mejor que pudiste. En serio, no te guardo rencor.
Leonor se secó las lágrimas y salió de la habitación para hacer los trámites.
Gigi se acercó a su hermanastro, mirándolo de abajo arriba.
—Julian, estás más alto. ¿Es cierto que tienes novia?
Julian la miró, levantando una ceja.
—¿Dónde quedaron tus modales?
Gigi chasqueó la lengua.
—¡Bah! Soy tu hermana menor. Tengo derecho a burlarme de ti. También tengo derecho a robarme tus caramelos. —Sonrió, una sonrisa brillante, espontánea.
Sara sintió un pinchazo en el pecho. Gigi era, claramente, el único rastro de alegría pura que había en la vida de Leonor. Teresa y Albert vivían consumidos por el resentimiento, pero Gigi... Gigi era luz.