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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cinco dias

El primer día no se llamaron.

El segundo, Ronaldhino envió un mensaje a las nueve de la noche: *"¿Sigues vivo?"* Mozart respondió: *"Por desgracia. ¿Tú?"* *"Igual. Mañana entreno a las siete. ¿Quieres venir a verme?"* *"¿A las siete de la mañana?"* *"¿Tienes miedo?"* *"A las siete y media."*

El tercer día, Mozart fue al entrenamiento. Se sentó en la grada con el estuche del violín entre las piernas y vio a Ronaldhino correr, regatear, disparar. Lo vio hacer un control con la izquierda que le salió perfecto y sonreír como un niño. Después, cuando terminó, Ronaldhino subió a la grada sudando y le tiró una botella de agua.

—¿Qué te pareció?

—Que juegas como si el balón te debiera dinero.

Ronaldhino se rio.

—Mi padre dice lo mismo.

Aquella tarde fueron a un parque cerca del río. Ronaldhino sacó el violín del estuche y tocó unos compases de Vivaldi. Mozart escuchó con los ojos cerrados. Cuando terminó, le quitó el arco.

—Déjame.

Tocó la chacona de Bach. Los mismos compases que había practicado en el tejado de su casa en Grecia, pero aquí, al aire libre, con el ruido del río de fondo, sonaban diferentes. Más tristes. Más libres.

Ronaldhino no dijo nada cuando terminó. Solo asintió.

—Tú también —dijo Mozart.

—¿Yo también qué?

—Tienes cara de que quieres tocar algo.

Ronaldhino tomó el violín. Tocó una pieza que Mozart no reconoció. Algo lento, melancólico, con una melodía que se repetía como una pregunta sin respuesta.

—¿Qué es?

—No sé. La inventé.

Mozart lo miró.

—¿La inventaste?

—A veces hago eso. Se me ocurre algo en la cabeza y lo toco antes de que se me olvide.

Mozart sonrió.

—Yo hago lo mismo con el fútbol. Jugadas que no existen. Las imagino y después intento hacerlas.

Se miraron. Otra vez esa sensación. Esa coincidencia que no era coincidencia.

El cuarto día jugaron al fútbol en un descampado. Ronaldhino enseñó a Mozart un regate que su padre le había enseñado a los ocho años. Mozart falló tres veces. A la cuarta le salió. Ronaldhino aplaudió.

—No está mal para un músico.

—No está mal para un futbolista que toca Vivaldi.

Se rieron. Se dejaron caer en la hierba, boca arriba, mirando el cielo gris de Manchester.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Ronaldhino.

—Depende.

—¿Cómo es tu madre?

Mozart pensó.

—Pequeña. Terca. Cocina fatal. Se levanta a las cinco de la mañana para practicar y si no lo hace, está insoportable el resto del día. —Hizo una pausa—. Y a veces llora escuchando una pieza concreta de Bach. No sé cuál. Nunca me deja escucharla con ella.

Ronaldhino guardó silencio un momento.

—Mi padre tiene una caja en el armario. Cerrada con llave. Nunca la abre. Una vez la vi por accidente. Dentro hay una nota doblada y una foto vieja. Me sacó de la habitación antes de que pudiera ver más.

Mozart giró la cabeza.

—¿Qué foto?

—Una chica. Joven. Con un violín.

El silencio se hizo largo.

—Mozart.

—¿Qué?

—Creo que ya sabemos la respuesta.

Mozart cerró los ojos.

—Todavía no. Hasta que no vea el papel, no me lo creo.

---

El quinto día, el teléfono de Ronaldhino sonó a las dos de la tarde.

—¿Sí?

—Señor Green, los resultados están listos. Puede pasar a recogerlos cuando desee.

Ronaldhino colgó. Marcó el número de Mozart.

—Ya están.

Un silencio.

—¿Ahora?

—¿Quieres esperar más?

—No. Voy para allá.

Se encontraron en la puerta de la clínica. Ronaldhino llevaba la camiseta de entrenamiento todavía puesta. Mozart tenía una mancha de resina en la manga. Entraron juntos. La misma recepcionista les entregó un sobre cerrado.

—Aquí tienen.

Salieron. Caminaron hasta un banco frente a la clínica. Se sentaron. El sobre descansaba entre los dos, sobre la madera, como si pesara.

—Ábrelo tú —dijo Ronaldhino.

—Ábrelo tú.

—Mozart.

—Diño.

Ronaldhino tomó el sobre. Lo abrió. Sacó el papel. Lo desdobló.

Leyó.

Mozart se inclinó hacia él. Leyó también.

*Probabilidad de parentesco de primer grado: 99,97%.*

*Relación más probable: hermanos.*

Ronaldhino dejó caer el papel sobre sus rodillas. Mozart se echó hacia atrás contra el respaldo del banco. Ninguno habló.

Un autobús pasó. Una mujer cruzó la calle con un carrito de bebé. El semáforo cambió de rojo a verde. El mundo siguió funcionando como si nada.

—Hermanos —dijo Ronaldhino. La palabra sonó extraña en su boca. Nueva. Demasiado grande.

—Hermanos —repitió Mozart.

Se miraron. Y esta vez no hubo risa. No hubo incredulidad. Solo una certeza enorme, silenciosa, que les aplastaba el pecho.

Ronaldhino se pasó las manos por la cara.

—Dieciséis años.

—Dieciséis años.

—Mi padre lo sabía.

—Mi madre también.

—Nos mintieron.

—Nos protegieron.

Ronaldhino negó con la cabeza.

—¿Qué diferencia hay?

Mozart no respondió. Miró el papel. Lo dobló. Lo guardó en el bolsillo de su chaqueta como si fuera algo frágil.

—¿Qué hacemos? —preguntó Ronaldhino.

Mozart miró hacia la calle. Hacia ninguna parte. Hacia todo.

—No lo sé.

—¿Los llamamos?

—No. No todavía.

—¿Entonces qué?

Mozart se quedó en silencio un largo momento. Después miró a Ronaldhino. A su hermano. A la persona que llevaba cinco días siendo su amigo y que ahora era algo más. Algo que todavía no sabía cómo nombrar.

—Primero —dijo—, quiero que me cuentes todo lo que sepas de él. De mi padre. De nuestro padre.

Ronaldhino asintió despacio.

—Y tú todo lo que sepas de ella.

Se quedaron sentados en el banco. El cielo de Manchester, por primera vez en una semana, se estaba despejando. Un trozo de azul apareció entre las nubes. Pequeño. Frágil. Como una promesa.

Y ninguno de los dos se movió. Porque moverse significaba llamar. Significaba preguntar. Significaba que todo lo que habían sido hasta ese momento iba a cambiar.

Y ninguno estaba preparado.

Todavía no.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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